Por: Arturo Charria

Tlatelolco, 50 años después

Frente a la Plaza de las Tres Culturas, en Ciudad de México, se levanta un gran bloque de apartamentos. Cientos de ventanas apiñadas cuentan con una vista privilegiada de la ciudad: en frente está la plaza; a su izquierda, la iglesia colonial de Santiago y al norte, las ruinas prehispánicas de Tlatelolco. Es una plaza que bordea el corazón de la capital federal, pues a pocas calles quedan la Plaza Garibaldi, el Palacio de Bellas Artes y el Zócalo.

El edificio, que tiene por nombre “Chihuahua”, parece una colmena de cemento y hormigón. Desde cualquier ventana se puede ver lo que ocurre en la plaza y, de ser necesario, apuntar en dirección a la plaza, como ocurrió el 2 de octubre de 1968 en los hechos conocidos como “la masacre de Tlatelolco”. Esa tarde miles de estudiantes universitarios salieron a marchar por las calles de la capital de México, estaban en huelga general desde julio de ese mismo año. Los días pasaban entre movilizaciones, mítines, asambleas y enfrentamientos con la policía. La ciudad, al igual que el mundo, estaba convulsionada: Estados Unidos ardía en protestas por la guerra de Vietnam y por el asesinato de Martin Luther King; Praga veía como se desmoronaba su primavera; y en París los jóvenes pensaron que soñar lo imposible era suficiente para hacer la revolución.

Esa tarde, sin saberlo, los estudiantes cumplieron para siempre la cita con la historia. Pero no fueron los primeros en llegar; antes lo habían hecho policías vestidos de civil y granaderos del ejército que se ubicaron estratégicamente en el edificio que da sobre la plaza; desde la terraza y algunas ventanas esperaron con sus fusiles la llegada de sus víctimas. Al final de la tarde, cuando el mitin terminaba, comenzaron a sonar las primeras balas, sonaron durante mucho tiempo, como un aguacero interminable sobre un techo metálico. La confusión se convirtió en certeza cuando los primeros cuerpos cayeron y los estudiantes descubrieron que no pisaban el rígido piso de la plaza, sino el mullido cuerpo de sus compañeros. Esa noche, en el noticiero del Canal 2, se pasaron imágenes que no se volvieron a ver durante mucho tiempo: se trataba de ráfagas de fusil que se disparaban desde el edificio y que era lo único que brillaba en la oscuridad. Desde la tarde habían cortado la luz y los teléfonos del sector.

Al día siguiente la periodista y escritora Elena Poniatowska fue a la Plaza de las Tres Culturas. Lo que vio fue aterrador: “las puertas de los elevadores perforadas por ráfagas de ametralladora, las ventanas estrelladas, todos los comercios cerrados, los aparadores de la tintorería, de la cafetería, de la miscelánea hechos añicos, la papelería destruida, las hojas rotas, las huellas de sangre en la escalera y la sangre sin lavar, la sangre encharcada y negra en la plaza. La desgracia era finalmente una foto fija”.

Un periodista del periódico inglés The Guardian que se encontraba cubriendo el preámbulo de las olimpiadas que comenzarían en 15 días en Ciudad de México calculó en 300 el número de víctimas. Lo hizo contrastando el número de familiares que esperaban les entregaran los cuerpos de sus hijos. En ese entonces en los Campos Militares acostumbraban a entregar los cuerpos dados de baja cremados. En México varios Campos Militares cuentan con hornos crematorios para uso interno. El horno crematorio del Campo Militar Número Uno estuvo encendido durante días enteros. La versión oficial habla de 58 muertos durante la “confrontación”.

En la plaza se levanta un monolito conmemorativo que parece minúsculo ante la dimensión de la plaza y de los hechos. Quienes asisten al lugar para sentir en el asfalto la respiración de la memoria no encuentran nada que les hable de la tragedia. Tan solo se observa una plaza que da sobre un enjambre de apartamentos de clase media. Quizá eso es lo que estremece al ver las ventanas del edificio “Chihuahua”: la terrible cotidianidad que tienen ciertos lugares que nada tienen de especial, salvo haber sido escenarios del horror. 

Estos lugares se multiplican por el mundo y en ocasiones se vuelven espacios de peregrinación, son Auschwitz, la esquina de la Jiménez con Séptima en Bogotá, la Escuela de Mecánica Armada en Buenos Aires, es la Plaza de las Tres Culturas en Ciudad de México. Ahora que se cumplen 50 años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco podríamos parafrasear los versos de la poeta colombiana María Mercedes Carranza: “Quieto el viento, / el tiempo. / Tlatelolco es ya / una fecha”.

 

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