Por: Patricia Lara Salive

¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Esta historia, de un exparamilitar con el que conversé hace poco, ilustra cómo operaba la justicia para ellos. Vale la pena recordarla ahora, cuando se considera inconcebible que los jefes guerrilleros no paguen cárcel, y tantos se hacen cruces porque militares y empresarios puedan ser juzgados por la JEP.

Resulta que Argemiro, como tantos, llegó a la guerra porque la vida lo puso en ese camino: cuando era adolescente, veía cómo las Farc, en el Cesar, cometían abusos y empezó a sentir rabia contra la guerrilla. Ingresó al Ejército. En su segundo combate, la guerrilla mató a su mejor amigo, un cabo, y a dos soldados más. Entonces peleó con tanto deseo de venganza y tanto arrojo que le dieron la medalla de orden público y lo ingresaron a un grupo especial de contraguerrilla. Enterada, la guerrilla le envió una carta diciéndole que lo había declarado objetivo militar y que, cuando se quitara el uniforme, lo matarían. Por ese motivo, al salir del Ejército, el segundo comandante del batallón, que conocía su situación, le preguntó qué iba a hacer. “Irme para la civil”, dijo. “Usted no puede hacer eso porque lo matan. Hay unos ricos y ganaderos que van a crear un grupo de choque contra la guerrilla. ¿Quiere irse con ellos?”.

Así fue como Argemiro hizo parte de la escolta de una rica familia del Cesar. Su misión era cuidar al patrón y bajar a cuanto sospechoso de ser guerrillero hubiera por ahí. No recuerda a cuántos mató… Con esos ganaderos duró cuatro años. Luego fue a Aguachica y trabajó en una empresa de muebles. Pero seguía conectado con los paras. Un día mató a un tipo que, según él, humillaba a la gente. “Y se me desbarató ese mundo”, dice. Entonces montó un grupo de cuatro o cinco y se dedicó a delinquir, a extorsionar, a robar ganado, carros... En esas estaba cuando, a raíz de un secuestro, a fines de 1989, lo capturaron y duró preso siete meses. Pero el mayor, su amigo, a quien después mataron las Auc por no haberles pagado un armamento, lo sacó de la cárcel. Entonces siguió delinquiendo. Después, por recomendación de los paras y del mayor, se empleó como escolta de otro ganadero, quien acabó despidiéndolo. Y le dio tanta rabia que secuestró a su antiguo patrón. Lo capturaron y permaneció en la cárcel 11 años. Al salir, en el 2002, trabajó un año como cocinero y luego ingresó a las Auc. Y se dedicó al narcotráfico. Primero lo mandaron a Venezuela, y después al Caquetá. Y delinquiendo y narcotraficando duró hasta que se desmovilizó en el 2006, como uno de los 590 hombres del Bloque Sur Andaquíes del Caquetá. Entonces se fue en bus a Medellín, y luego llegó a Bucaramanga, acogido al programa de reinserción. Recibía un subsidio de $380.000 mensuales, estudiaba cocina y asistía a talleres con sicólogos que le enseñaron a reintegrarse a la sociedad. Después lo llamaron porque le iban a hacer una investigación dentro de lo que fue Justicia y Paz. Entonces lo obligaron a aceptar los delitos de concierto para delinquir y porte ilegal de armas. Le dieron nueve años de condena. Pero como había tenido buen comportamiento, se los redujeron a 40 meses que aún está pagando de una manera muy cómoda: trabaja en un restaurante que puso con su mujer y, simplemente, no puede votar, ni ejercer sus derechos políticos, ni desempeñar cargos públicos. ¡Eso es todo!

Bien vale la pena recordarlo hoy: así era la justicia para los paras en épocas de Uribe…

www.patricialarasalive.com, @patricialarasa

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