Torpeza republicana

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Estados Unidos, el país más rico y poderoso del planeta, tiene un modelo de sociedad que el resto del mundo imita desde la Segunda Guerra Mundial. Ese modelo está pasando hoy por una crisis nunca antes vista y eso no es un tema menor, ni para ellos, ni para nosotros, sus imitadores. La crisis viene de atrás, pero ha sido desencadenada por la pandemia del COVID-19 y más concretamente por la manera catastrófica como ha sido manejada por el Partido Republicano, con tres millones de infectados y casi 130.000 muertos. ¿Cómo ha sido posible semejante descalabro?

Ningún gobierno puede hacer milagros para evitar el COVID-19, pero sí puede mejorar o agravar la situación. En el caso de los Estados Unidos el empeoramiento ha sido considerable y de ello ha sido responsable el mismo presidente Trump que, en lugar de apoyarse en la opinión de los expertos para enfrentar el problema, ha desestimado la amenaza del virus, se niega a usar tapabocas, gobierna como si la pandemia no existiera (casi no se refiere a ella) y la emprende contra los estados dirigidos por gobernantes demócratas que hacen justo lo contrario, es decir, tomarse en serio la amenaza del virus. Para decirlo en pocas palabras, en lugar de oír a los epidemiólogos, Trump politiza el uso del tapabocas.

El problema no es solo Trump, sino toda una cultura popular que se sintoniza con él y que ha sido incubada desde hace muchas décadas en lo más profundo del tejido social estadounidense, sobre todo en el sur del país; una cultura que descree del Estado, de la ciencia, de los intelectuales y de todo lo que limite la libertad de individuos consumidores y fieles de una iglesia; una cultura aferrada a costumbres comunitarias, con sistemas educativos y policiales liderados por gente blanca, no pocas veces racista; una cultura que pone una confianza excesiva en la capacidad que tiene cada individuo (con su Biblia) para definir su destino y para entender el mundo, y que, siguiendo esa intuición, se aleja del sentido común que recomienda oír a los que saben; una cultura que piensa en términos patrióticos o bélicos, pero difícilmente en términos sociales. Una cultura, en síntesis, individualmente libertaria y socialmente torpe. No estoy hablando de toda la población de los Estados Unidos, sino de más o menos un 40 %, el mismo porcentaje que apoya a Trump y que espera mantenerlo en el poder hasta el 2024.

Es muy probable que por causa de esta pandemia las cosas en los Estados Unidos empiecen a cambiar, comenzando por el fracaso de Trump en noviembre. Pero una cultura tan arraigada en el tejido social no desaparece de la noche a la mañana. Ya lo vemos con el racismo: a pesar de la guerra de Secesión, del movimiento por los derechos civiles y de muchas otras cosas, la discriminación de la población negra sigue ahí. Se necesita de mucho tiempo y a veces de muchas tragedias colectivas para cambiar la cultura política de medio país. Esperemos que la gente sensata (la otra mitad), que sí cree en la ciencia y en el sentido común, se logre imponer y que nosotros, en el resto del mundo, nos sintonicemos con ellos.

Quién iba a pensar que la crisis del capitalismo salvaje, que los republicanos han promovido como una cruzada desde hace cuatro décadas, no iba a venir tanto de la manera injusta como fomenta la desigualdad, sino de la manera absurda como fomenta la torpeza.

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