Por: Juan David Zuloaga D.
Atalaya

Tres palabras

“Me vienen a la cabeza tres palabras —dijo Jesús Vidal hacia el inicio de su discurso de recibimiento de la estatuilla como mejor actor revelación en la más reciente entrega de los Premios Goya—: inclusión, diversidad, visibilidad”. 

“Señoras y señores de la Academia, ustedes han distinguido como mejor actor revelación a un actor con discapacidad, ustedes no saben lo que han hecho”, sostuvo inmediatamente antes de contarle al público esas tres palabras que le venían a la cabeza.

Tras cinco años de trabajo en el teatro, su primera aparición en el cine le mereció la valiosísima distinción de mejor actor revelación en los premios. Además del honor de haber obtenido dicho reconocimiento, viene a sumársele al mérito el hecho de ser un actor con discapacidad; en este caso, una discapacidad visual del 90 % y ceguera total en el ojo derecho. Estos obstáculos, sin embargo, no han hecho mella en el temple de una persona que se graduó de la carrera de Filología Hispánica primero y que cursó una maestría en Periodismo después.

Convocado por Javier Fesser para ser parte de una película que narra la historia de un equipo de baloncesto de personas especiales, participó con éxito en un filme que además obtuvo esa noche el premio a la mejor canción original y a la mejor película. Los casi seis minutos de su discurso sacuden de emoción y mueven al llanto. Son un canto de gratitud y, a la vez, una invitación sincera para seguir adelante, aunque desde las graderías el camino parezca largo o el partido se dé por perdido.

Quienes tenemos en la familia o en nuestro círculo más íntimo personas con discapacidad no sólo intuimos las dificultades por las que tuvo que atravesar Jesús Vidal para que, una noche que de seguro no había podido imaginar, recibiera uno de los más altos honores del cine español, sino que tenemos la certeza de las dificultades y las barreras que, día tras días, deben afrontar los discapacitados (“diferentes” los llama Jesús Vidal) en el para nosotros continuo y tranquilo discurrir de los días. Un pasar del tiempo y un andar del mundo que, en su homogeneidad, jamás hace un alto en el camino para facilitarles la vida a quienes no cuentan con la dicha de poder andar el camino sin una silla de ruedas o sin un lazarillo que ayude a sobrellevar una ceguera. Quizás no por maldad, a veces tan sólo porque la normalidad se da siempre por sentada. Y la sociedad no se detiene a imaginar caminos más expeditos y más sencillos para quienes no tienen el privilegio de gozar de las plenas facultades del cuerpo o del espíritu.

Por eso el discurso de Jesús Vidal aquella noche de los Premios Goya no pudo ser más elocuente ni más oportuno. Y yo, desde esta columna, conmovido y emocionado, con lágrimas en los ojos y melancolía en el corazón, le agradezco por esas palabras llenas de genuina y entrañable gratitud.

Desde Colombia, y en nombre de tanta gente que no puede expresárselas, de corazón, muchas gracias, respetado Jesús Vidal.

@Los_atalayas

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