Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Tu rayo con las sombras lucha

Mi amiga Isabel Barragán y yo estamos en el Mimo’s de Santafé Medellín. Nos sentamos en una banca a chupar cono. Ella está como junio, soleada, sexy, tierna y hermosa. Pienso decirle algo así como “lástima que seas ajena”, pero me callo a tiempo. Abre su bolso y saca Guayacanal, el nuevo libro de William Ospina, en Literatura Random House.

“¿Te gusta William?”, me pregunta, con la lengüita en la punta del mimo. “Poseo problemas”, confieso, la cabeza gacha de vergüenza. “Ese man votó por Óscar Iván Zuluaga, o sea, votó por Uribe”, digo. “Una cosa es la política y otra muy distinta es la literatura”, me regaña. “Su trilogía de la Conquista me parece farragosa”, replico. “Y para acabar de ajustar, la única novela que me gusta de él, El año del verano que nunca llegó, una sofisticada autoficción, no le gusta a casi nadie”. “No me cuentes tu vida, Mejillón. A mi manera de leer, Guayacanal es la evocación literaria de un pasado entre idílico y atroz, la muy bien escrita reconstrucción o reinvención de una infancia feliz, de una familia amorosa y tierna, desde la colonización hasta la violencia del medio siglo XX pasando por el hoy de fantasmas en que vivimos”. “Hmm…”.

Isabel pestañea como una diva. “William sabe reconocer en ‘los rostros jóvenes, llenos todavía de ansiedad y de sueños, los rostros que más tarde la vida deformó sin misericordia, endureció con desengaños, afligió con tragedias, ensombreció con crímenes’. ¿Sí ves? Hay nostalgia y hay memorias. Sin moralinas ni pedagogías. No es una novela ensayística. Guayacanal es una novela nemorosa”. “¿Cómo fue?”. “¿No sabes qué quiere decir nemoroso?”. “Todavía no”. “Nemoroso significa cubierto de bosques”. “Ah, eso es lo que me desanima: tanta botánica: guarumos, carboneros, guaduales, cafetos, guayacanes y otras yerbas”. “¿Te choca el campo?”. “Me recuerda a monseñor Miguel Ángel Builes, mayordomo del infierno, que excomulgó a mi papá y lo echó de Santa Rosa de Osos. Y también me resucita a Desquite, Sangrenegra, Efraín González, los cortes de franela, la chusma liberal, los pájaros godos, las peleas de borrachos a machete, sangre, sudor y lágrimas”.

“Ay, no, pobre el huerfanito”, se me burla Isabel en la cara, mimo de por medio. “Yo soy urbano”, trato de defenderme. “A mí me encantan los carros, los buses, las busetas, las sirenas de las ambulancias, el metro, los bomberos a la lata cuesta arriba o cuesta abajo, las minifaldas, los escotes, las camiseticas ombligueras”. “Que no me cuentes tu puerca vida, Mejía. Yo sí te digo una cosa: para quien haya tenido abuelos o bisabuelos campesinos, Guayacanal será como reencontrarse con sus ancestros”. “Vale. Para mí, Mamá Rafaela es Mamá Julia, mi santa abuela de San Jerónimo, Antioquia: la misma mantilla de seda negra, la misma mirada fervorosa, los mismos hábitos de crianza. Y Benedicto, el marido de Rafaela, se gastaba el mismo aire melancólico de Mingo Granados, don José Domingo Granados Jiménez, mi padrino”. “¿Ya la leíste?”. “Pues, sí”, admito como un antihéroe, no me jodan la vida. “Es una novela enternecedora”, digo. “O sea que te gustó a pesar tuyo”. “Argh…”. “Huy, eres un perro más duro que un roble”. “No me mientes más matas, por favor”.

Rabito: “Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir? Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas”. Elegía a Desquite. Gonzaloarango.

@EstebanCarlosM

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2019-06-15T00:00:52-05:00

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2019-06-15T00:15:01-05:00

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