Por: Juan David Ochoa

Ultrajes de ministro

A estas alturas históricas, después de los escándalos descomunales de un país enfermo y de los últimos fondos de la incredulidad, los exabruptos de un político entre un discurso corriente no deberían resultar tenebrosos. El espanto y el terror ya mutaron con las últimas reservas de la digestión, y ninguna palabra debería aterrorizar tanto como los ríos de muertos que han sobrepasado al lenguaje, pero ese es el talento más recio de esta clase política de canallas: superar siempre la crudeza del horror, rebasar la infamia y los límites de los ultrajes y revictimizar sobre los muertos humillados.

Sobre las montañas de crímenes que siguen acumulándose en las regiones rezagadas por las obligaciones del Estado, el ministro Luis Carlos Villegas ha revictimizado los cuerpos con una máxima acostumbrada por la frivolidad obscena de los balcones ministeriales: “La mayoría de los crímenes son fruto de un tema de linderos, de un tema de faldas, de un tema de reivindicación, de un tema de pelea por rentas ilícitas”, lo dijo así, con ritmo y reiteración, y hace énfasis en una enumeración larga de posibilidades y versiones para que el mismo número de muertos pueda caber en ese ancho margen de retórica y abstracción lingüística. Pero la estrategia, más que convencer sobre la culpa ausente del Estado en un evidente exterminio sistemático que trabaja a la sombra del poder, reafirma el desbarajuste social bajo las capas mediáticas de la guerra. Temas sin resolver en la estructura de un país sin progreso, bestias crecientes entre la cotidianidad de los excluidos (linderos- rentas ilícitas). El Ministerio de Defensa busca defenderse con evasivas de mundos lejanos, pero se culpa en su torpeza, y culpa al Establecimiento y al orden, al Gobierno y a sus propuestas fallidas de reestructuración, a sus bases institucionales que promueven el equilibrio y a sus programas a punto de finalizar en el tiempo con una firma inestable.

Que la cifra de líderes sociales asesinados en los últimos dos años supere el número de 200 muertos, justo en la coyuntura de una restauración territorial y un giro en el paradigma de sus dominios, explica un flagrante interés en impedir los virajes de la historia, y que los muertos justamente sean ellos, los principales rostros de la gestión práctica, no es una abstracción lingüística. Los muertos siguen cayendo muy lejos del radar del poder y de los núcleos altamente mediáticos, y si necesitaban un impulso leve para merecer la atención nacional, ya la tienen, pero para recrudecer la indiferencia burlesca del mismísimo Ministerio de Defensa que los acusa de esposos infieles y de malos deudores y de muertos superfluos.

No puede ser que ocho años después en el poder, las pésimas capacidades del Gobierno para tratar y comunicar temas sensibles sigan errando con tanta vileza y cretinismo. No puede ser que entre los nuevos muertos de una guerra terminada el ministro de Defensa se encargue de banalizarlos sin la intención mínima de querer esclarecer la sistematicidad de un exterminio a un mismo perfil. No puede ser que en las regiones donde ronda el exterminio siga zumbando la ausencia del Estado a pocos meses de una elección presidencial que intensificará las bombas de tiempo de un posconflicto sin norte.

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