Por: Julio César Londoño

Un ábaco de coágulos

La vileza de nuestra clase política es tan vieja y resobada que ya hay que buscarla en las páginas interiores de los periódicos. Sin embargo, lo que se ha visto en los últimos días supera todas las marcas de la ruindad.

Estábamos acostumbrados a que los políticos se robarán el 30 % y “desgreñaran” el resto, pero no esperábamos que sometieran lo más sagrado, la paz, es decir, la vida de los colombianos, a sus mezquinos cálculos electoreros. El chantaje al Gobierno por parte de los senadores de la oposición (Cambio Radical, Centro Democrático y Partido Conservador) y la ineptitud del Gobierno para organizar cosas tan elementales como las zonas de concentración de los guerrilleros, y su obstinación en ignorar que los asesinatos de líderes sociales obedecen a un patrón, tienen colgando de un hilo el proyecto más crucial de la historia de Colombia, la consolidación del proceso de paz. Parece que todos, guerreristas y pacifistas, conspiraran para torpedearlo.

Rafael Nieto, prominente alfil de los guerreristas, los representa con absoluta fidelidad. Cuando le recuerdan el peligro del fracaso de la paz, Nieto repite con admirable seguridad, sin inflexiones en la voz, que “estamos dispuestos a asumir los costos de la continuación de la guerra con las Farc”. Le pregunto a este valiente aritmético: ¿quiénes son los que “estamos”? ¿Usted y su señora madre? ¿Harán aportes la juiciosa bancada del Centro Democrático, los palmicultores, los esmeralderos, las grandes compañías mineras, las Bacrim y la Federación de Granaderos, o como se llame esa esforzada pionera del paramilitarismo? ¿Ya tramitó las vigencias futuras para otros 60 años de guerra?

Supongo que incluyó en sus cuentas no solo los “costos” de los pertrechos de los soldados sino también las piernas de los niños voladas por las minas quiebrapatas, los cientos de miles de muertos, los miles de secuestrados, los millones de desplazados, la vasta contrarreforma agraria para-narco-guerrillera y los siete potosíes invertidos para que soldados pobres se maten con campesinos pobres mientras señoritos como usted atizan desde sus burbujas blindadas la iniciación del segundo tiempo de la guerra. ¡Qué coraje el suyo! ¡Qué habilidad para manejar los coágulos de su ábaco!

Su proyecto es tan sencillo, señor Nieto, que resulta inexplicable que no se nos haya ocurrido antes. Permítame resumirlo: volvemos a “la gran fiesta de la guerra”, como la llamaba con irónica agudeza Estanislao Zuleta. Inundamos de nuevo los campos colombianos con ríos de sangre y vísceras durante otros 60 años. Y entonces un día (digamos el 25 de noviembre de 2077), cuando los nietos de Uribe, Santos, Naranjo, Márquez y Timochenko, y los de Nieto, no puedan con la resaca de la orgía, los mandamos a que desenguayaben otros seis años en La Habana, y discutan cierto inciso del parágrafo 47 de la cláusula 198 de la enésima enmienda al Acuerdo Final del Teatro Colón. Y cuando esté listo el Acuerdo Final-Final y lo sometamos a otro plebiscito, cruzamos los dedos para que a ningún ministro le dé por publicar una cartilla que ofenda la sensibilidad de los protomachos. O el espíritu del Levítico.

Aunque parezca un chiste malo, este escenario es altamente posible hoy. Aunque suene demencial, a medio país le simpatiza. Un puñado de señores adictos a la sangre y al poder lo tiene convencido de que es más urgesnte sacarle los ojos al último nieto del último guerrillero, que el desarrollo del campo; que la justicia vindicativa es primero que la justicia social, y que la agónica Venezuela es capaz de exportar el miserable modelo que a duras apenas se sostiene dentro de sus fronteras.

 

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