El servicio de teléfono celular en Colombia es un dolor de cabeza. Lo digo de manera bastante literal.
Las llamadas se caen, le mandan a uno mensajes invasivos de propaganda (sí, también son lo suficientemente sinvergüenzas como para llamar), y el servicio se interrumpe abruptamente, como llevado por una voluntad propia. Por eso las conversaciones sólo se oyen a trozos. “¿Sí te mandó Pérez una cuerda?” se convierte en “Sí…eres una…erda.” Sí: para una jaqueca.
De la catástrofe del servicio de telefonía móvil en Colombia me ha protegido mi poco espíritu gregario, que me limita el uso del teléfono a lo estrictamente operativo. Aún así, cada vez que hablo con alguien por el desdichado aparatico –que es un flamante teléfono “inteligente“: pero el proveedor no lo es– recibo un masacote de ruidos y palabras. “Vienes…[estática]…reunión... [silencio]…con calle noventa?” Respondo a los gritos: “¿Me repites la dirección?” “…¡enta!...veinti…siete de la maña…!”. “Esto es una…erda!” “¿Cuál cuerda?” Por eso, cuando se anunció el apagón de Claro (realizado el 30 de abril pasado), le hice barra a las gentes que lo estaban organizando (a quienes no conozco, y a quienes por las razones obvias no puedo llamar para darles las felicitaciones). Ahora me entero de que Claro los está hostilizando. Un concejal de Bogotá, William Moreno (cuya afiliación partidista no he averiguado), decidió apoyar la oportuna protesta. Además, denunció que la empresa debe una suma millonaria a la ciudad. En respuesta, la empresa decidió demandarlo.
Pues bien: creo que como usuarios y ciudadanos deberíamos responder a la caradura de Claro como se merece. En los términos del gran Hirschman, usando la salida (dejando de adquirir el servicio) y también la voz (denunciando en voz alta lo malo que es). Porque es en realidad inverosímil, insultante, abrumadoramente malo. La cosa tiene su mérito: hay que estar en una escala superior de la ineptitud para poder llegar a un desempeño semejante. No es algo que logre un cualquiera, digamos un incompetente del montón. En lugar de hostilizar a Moreno –en quien en este caso me siento representado– la empresa tiene que pagar su deuda y presentar públicamente, aparte de las excusas correspondientes, un plan de mejoramiento. Mientras, déjenle de comprar minutos. Y mándenle correos electrónicos –ya que no podrán decir nada inteligible a través de una llamada– exigiendo que lo haga.
Tres cosas finales. Primero: este no es un problema de la clase media. La telefonía móvil es ya, por supuesto, una herramienta de uso masivo entre los sectores populares, y resulta vital para miles de personas que carecen de un aparato fijo. Segundo: este no parece ser un asunto terriblemente complicado. No soy, por supuesto, experto en la materia, y escucharé con atención cualquier explicación. Pero en principio sería escéptico ante una justificación fácil. Por contingencias de la vida, viajo con cierta frecuencia, y en ninguna parte del mundo me he encontrado con un fenómeno semejante. Ni de lejos. Las gentes de Francia y Sudáfrica, de Noruega y de Tanzania, de Inglaterra y del Perú, conversan por sus aparatos sin la sistemática inestabilidad con la que tienen que convivir los colombianos. Tercero: en los contextos en los que hay ciudadanos y consumidores (contra cierta literatura estos dos términos no son antónimos) las empresas le tienen pavor a esta clase de eventos, y prefieren la abrumadora mayoría de las veces invertir su dinero en mejorar que en agredir, y por consiguiente exponerse a la correspondiente publicidad negativa.
¿Y dónde está el Estado?