Un cargo inútil

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El alto comisionado para la Paz, Miguel Ceballos, más inclinado a fortalecer las tradiciones de la guerra, ha demostrado su incompetencia hasta las últimas posibilidades de lo creíble. Lo había demostrado desde los principios de su posesión, negando las evidencias de la destrucción de un proceso que por lógica natural debía defender, torpedeando las bases de los acuerdos firmados que abrirían otros tiempos de progreso, burlando el sentido común de los testigos que hemos presenciado los esfuerzos para trascender el fango. Ahora intenta con torpeza demostrar un liderazgo ridículo en tiempos en que la minga indígena presiona por un diálogo con su jefe: el otro rostro inútil de un cargo también ausente que intenta demostrar poder y autonomía bajo la furia lunática de su partido. Lo desastroso de Miguel Ceballos es la absoluta vergüenza de sus contradicciones. Su cargo es el antónimo de sus propósitos y sus mandados, la retórica de sus discursos no puede sostener sus intenciones, las órdenes que tiene no pueden sostenerse en el amparo de la paz, una palabra que les queda grande a todos: desde el jefe de prensa de Palacio hasta el más invisible de los ministros deben cumplir a cabalidad con la agenda del impedimento a toda costa de un diálogo que obligue indefectiblemente a la aparición de la verdad histórica. Por eso resulta ridícula la pantomima del falso comisionado de Paz y sus intentos de viaje al Cauca para sostener, por fin, una cercanía con la minga. Lo hacen para calmar el incendio y distraer la atención de los efectos diplomáticos de una concentración pacifica en Bogotá que demostró, entre otras cosas, la vileza y la mentira de los que señalaron anticipadamente la infiltración de disidencias en la marcha de los indígenas. No es necesario un análisis profundo de las propuestas que llevará el comisionado a la mesa del Cauca; el uribismo, por intereses comunes en las tierras arrasadas y por el cumplimiento dogmático de sus juramentos, no concederá una sola de las peticiones de la conversación, y trabajarán únicamente en las ganancias del tiempo y la publicidad que les da la noticia. Lo pudieron haber hecho antes del traslado de la minga a Bogotá, y mucho antes aun de las intenciones de un juicio político, pero lo hacen ahora porque trabajan acorde a los efectos de imagen, y saben que ante los incendios deben ajustar las cargas de la responsabilidad frente a la comunidad internacional que los sigue observando con estupor y espanto. Mientras tanto las comunidades indígenas, con orden, diplomacia y serenidad, lograron dejar en evidencia el talante autoritario del gobierno al que le sigue pareciendo indigno sentarse a dialogar con las comunidades originarias de su territorio. Han vuelto a sus resguardos para esperar las próximas promesas retóricas y dilatorias de un comisionado que cumple las únicas funciones de la parodia.

Posdata. La Fiscalía General de la Nación pretende llevar a juicio a la periodista Diana Díaz, quien filtró el audio demostrativo de la censura de Juan Pablo Bieri en RTVC. Los límites de lo posible siguen desapareciendo ante la vista de todos. La censura es premiada entre juramentos de lealtad, y los denunciantes de los excesos delictivos siguen cayendo entre la persecución y la deshonra.

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