El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Un cuento infantil

Juan Gabriel Vásquez

10 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

DE RAMÓN COTE BARAIBAR SABÍAmos que era un gran poeta uno de los mejores de su generación en todo el ámbito de la lengua hispana, y luego supimos, cuando publicó Páginas de en medio, que también podía escribir relatos de muchos méritos.

PUBLICIDAD

Ahora sabemos, además, que es capaz de una de las tareas más difíciles de la literatura: los cuentos para niños. Acaba de publicar Feliza y el elefante, una especie de recuerdo de infancia que, ilustrado por Patricia Acosta, tiene entre otros honores el de ser el primer ejemplar mundial de autoficción infantil. Ramón ha escrito una historia verdadera, en el sentido que daba Hemingway a la palabra: una historia que conoce de tanto haberla vivido y recordado y echado de menos.

El narrador del cuento es un hombre que recuerda unas vacaciones de su niñez, las vacaciones de sus diez años, cuando su madre lo llevó a Medellín y lo dejó en consignación en casa de una escultora. La escultora es Feliza Bursztyn, que le da la bienvenida al niño y durante todas las vacaciones hace lo mejor que podían hacer los adultos: dejar al niño en paz. Mientras ella se encierra en su taller y se dedica a la composición de esos monstruos de hierro soldado que fueron su marca de fábrica, el niño desayuna cantidades ingentes de cereal con azúcar y se pasa el día recorriendo el barrio con una especie de salvoconducto: cada vez que tiene hambre, le basta golpear a cualquier puerta y decir que está viviendo donde Feliza para que los adultos residentes lo inviten a almorzar. Hacia el final de las vacaciones, Feliza le hace un regalo al niño: un elefante de hierro oxidado. El niño se lo lleva a su casa; un día, el elefante pierde una rueda, y Feliza viene para arreglarlo. Lo monta en el baúl de su carro y se lo lleva. Es la última vez que el niño la ve.

Yo no sé si los colombianos de mi generación lo saben o lo recuerdan, pero esta es la segunda vez que la escultora Feliza Bursztyn es protagonista de un texto de la literatura colombiana. En 1982, Gabriel García Márquez escribió en este mismo periódico una columna titulada “Los 166 días de Feliza”, que comienza así: “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10:15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París”. Y luego cuenta lo que le pasó a Feliza: tuvo que escapar de Colombia, dice el texto, “para no ser encarcelada por un delito que nunca le fue revelado”, después de que una patrulla entrara en su casa a las cuatro de la mañana, hiciera una requisa y se la llevara para interrogarla durante once horas. Feliza Bursztyn se asiló en la embajada de México y llegó después a ese París donde murió, según los médicos, de agotamiento crónico. García Márquez estaba presente, y su relato tiene la potencia del testimonio.

Ese destino está, de alguna manera, en las páginas inocentes e inocentemente nostálgicas de Ramón Cote (que ha dedicado el libro a la memoria de Feliza Bursztyn, dicho sea de paso), y leer ambos textos espalda con espalda es una experiencia extraña: hermosa pero inquietante a la vez. “La vi alejarse”, leemos al final del cuento de Ramón, llevándose “mi elefante cojo, mis desayunos y el azúcar triturado entre los dientes”, y llevándose también “mis diez años y, como si esto no fuera suficiente, toda mi infancia”.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.