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hace 5 horas
Por: Manuel Drezner

Un don Juan diferente

En el Teatro Santo Domingo se presentó el esperado Don Giovanni, la inmensa ópera de Mozart esta vez bajo la dirección escénica de Marcelo Lombardero. Este ya había hecho anteriormente en Bogotá un excelente Mahagonny, uno de los mejores montajes escénicos de óperas que se hayan visto en Bogotá, y por eso las expectativas eran muy optimistas. Hay que decir que pareciera que lo que hizo Lombardero en su nuevo montaje fue adaptar sus conceptos de la obra de Weill a la de Mozart, con resultados que pueden ser discutibles. Si en Mahagonny la visión de un pueblo corrupto y dedicado a los excesos es justificable, esto no funciona con Mozart. La obra de este sigue las líneas de la leyenda de Don Juan, un disoluto castigado por sus excesos por un enviado del otro mundo en la forma de estatua de piedra de una de las víctimas del libertino. Así lo vieron Tirso de Molina, en su drama original y así también lo interpretaron Goldoni, Moliere, Pushkin y otros ilustres creadores, cuyas obras tuvieron numerosas adaptaciones operáticas, no solo la de Mozart sino de otros como Righini, Melani y sobre todo Gazzaniga, la inspiración directa para la creación de Mozart y su libretista Da Ponte. De hecho, el título original de la ópera mozartiana es Il dissoluto punito, o sea que el castigo al libertino es el centro argumental.

Pero en lo que vimos en Bogotá no hay estatua de piedra, que es reemplazada por unos videos situados en forma incongruente en un cementerio y tampoco castigo, ya que Don Juan lo evita suicidándose. Este suicidio está completamente fuera de carácter para el personaje, ya que él mismo manifiesta su poco temor a las amenazas. Al suicidarse y no ser llevado por la estatua a los infiernos, ahí queda el cadáver y la afirmación de Leporello que se fue lejos, no tiene sentido. También es dudoso mostrar a Don Juan seduciendo a Zerlina, diciendo que le dará la mano, cuando Zerlina está en un segundo piso y Don Juan en el primero. La figura de Zerlina, una aldeana ingenua es reemplazada por una mujerzuela atrevida y Lombardero hace uso constante de estas malas féminas, hasta el punto que en la escena final el libertino está rodeado por ellas. Eso es no entender el hecho básico que Don Juan es un seductor y no persona que tiene que pagar por el amor.

En algunos momentos Lombardero se vuelve demasiado literal, como cuando Zerlina dice que se va a esconder entre unos árboles y dos comparsas disfrazadas de árbol (juro que esto no lo estoy inventando) entran para ayudar a Zerlina a esconderse. En el resto de la presentación en forma continua aparecen damas semidesnudas sin justificación, en especial en una boda campesina, donde los personajes mismos exigen algo de decoro.

Es una lástima que una persona tan evidentemente talentosa como Lombardero se una a esa detestable tradición de directores escénicos que creen saber más que los creadores de las óperas y las desvirtúan por completo. Y la lástima es doble, porque musicalmente fue una versión bien ajustada, con cantantes que sabían lo suyo y buen equilibrio entre los diversos intérpretes.

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2020-02-28T21:00:00-05:00

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2020-02-28T21:00:01-05:00

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