Por: Héctor Abad Faciolince

Un escritor jubilado

¿Se jubilan los escritores? Es raro ese verbo, jubilarse, y también el sustantivo, jubilación, si los asociamos al acto de escribir. Don Joan Corominas, en su Diccionario etimológico de la lengua castellana, dice que la expresión empezó a usarse hacia 1605 por el júbilo, es decir, “por la satisfacción del que ya no ha de trabajar”. Pero, aun suponiendo que el pensamiento, la lectura y la escritura (las tres actividades principales del escritor) fueran un trabajo, para mí no sería nada jubiloso dejarlas de practicar. Abandonar ese supuesto trabajo sería muy parecido a dejar de vivir, a dejar de entender la experiencia de la vida.

Todo esto viene a cuento porque en Colombia los hombres se jubilan (nos jubilamos) a los 62 años. Como voy a llegar a esa edad dentro de 16 meses, el otro día recibí la visita de una asesora del fondo de pensiones al que estoy afiliado desde que cometí el error de salirme, hace ya mucho tiempo, de la Seguridad Social del Estado. La “ejecutiva de inversiones”, que es el nombre elegante de la eficiente asesora, se podía conectar en línea con el fondo y calcular exactamente la pensión que empezaré a recibir cuando me jubile, en octubre del año 2020. Tras introducir una serie de datos en el sistema, obtuvo el resultado: cuando llegue a la edad requerida, y tras completar más de 1.150 semanas de cotización, recibiré una jugosa jubilación vitalicia de un $1'894.000 (unos 550 dólares).

De los muchos años que llevo trabajando (si es que escribir es un trabajo, repito), algunos de ellos, más de siete, los hice camellando en países extranjeros. Esos años y esos aportes, al menos para efectos de la pensión, son irrecuperables y se perdieron. El salario mínimo en Colombia, con subsidio de transporte, es de $925.148 mensuales. Es decir que el año entrante voy a recibir una jubilación que es el doble del salario mínimo, y la gran mayoría de los trabajadores colombianos se pensionan con el salario mínimo, y sin subsidio de transporte, pues se supone que los jubilados ya no van a ninguna parte.

Miro en silencio a la asesora, hago mis cálculos mentales y luego le digo eso: que no debería quejarme pues voy a ganar, hasta que me muera, el doble del salario mínimo. El problema es que esa pensión no me alcanza siquiera para pagar la cuota mensual de la hipoteca del apartamento donde vivo. En todo caso sería una vergüenza y un insulto, en este país de pobres verdaderos, quejarse de pobreza.

La conclusión real, y muy feliz, es otra: el júbilo de un escritor consiste en no jubilarse. En no poder ni querer jubilarse: esa es la alegría. Ese es el grito: tendré que seguir escribiendo hasta el último día de mi vida o hasta que las neuronas se degraden, decaigan y se desconfiguren. Esa es tal vez la dicha y la recompensa del trabajo artístico: los pintores, los músicos, los poetas, los actores, los directores de cine, los lectores de libros, los dibujantes, los que tienen un trabajo científico o contemplativo, no nos jubilamos nunca. Con razón dice Claude-Edmonde Magny, en su estupenda Carta sobre el poder de la escritura (dirigida a Jorge Semprún), que “un escritor esclerótico, un Rimbaud fallido, es un espectáculo tan deplorable como un atleta obeso. La literatura es como la acrobacia que uno realizaría sin red: no se puede fallar”.

Pero, ¿qué sería fallar en literatura? Esto no tiene nada que ver con el éxito de ventas o de lectores. Ni siquiera tiene que ver con el acto de publicar mucho (Kafka y Pessoa son ejemplos mayores de genios casi inéditos en vida). Fallar en el ejercicio de la escritura sería no hallar dentro de sí una voz verdadera, la cuerda secreta que quizá cada uno lleva, pero que es tan difícil de alcanzar y de tocar. El júbilo, la verdadera alegría que permite jubilarnos, es decir, retirarnos a morir tranquilos, es llegar a plasmar en la escritura nuestra verdadera y auténtica experiencia de la vida.

 

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