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Como la segunda guerra del Golfo, en el 2003, la Segunda Guerra Mundial comenzó a partir de una mentira. En el Golfo la mentira consistió, por parte de los Estados Unidos, en declarar que Irak disponía de armas de destrucción masiva, apoyando el argumento con fotos trucadas que el propio secretario de Estado, el por lo demás honesto general Colin Powell, presentó al Consejo de Seguridad de la ONU como pruebas concluyentes. Poco más tarde reconocería la profunda vergüenza personal que aquello le produjo y lo llevó a abandonar la política.
En Europa, la Segunda Guerra Mundial se inició a partir de la noticia de un ataque de Polonia a Gleiwitz, una estación de radio alemana cercana a la frontera. El ataque fue, en verdad, una farsa: lo organizaron las SS, disfrazando a un grupo de sus miembros con uniformes del ejército polaco. La consecuencia fue que a las 4:45 a.m. del 1.º de septiembre de 1939 (se cumplieron ahora ochenta años), el buque alemán Schleswig-Holstein comenzó a bombardear las fortificaciones del puerto de Danzig. Y más o menos a la misma hora, la poderosa Luftwaffe —súper entrenada en la Guerra Civil Española— bombardeó la pequeña ciudad de Wielun, el Guernica polaco.
El desarrollo de esa guerra es conocido de sobra. La lucha de los Aliados, iniciada en solitario por Inglaterra y proseguida luego en estrecha alianza con la Unión Soviética y Estados Unidos, terminó barriendo del escenario bélico a las potencias del Eje: la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini, el Japón de Hirohito. El precio a pagar fue una carnicería sin parangón en la historia del llamado Homo sapiens. Y el holocausto: seis millones de judíos sacrificados en el altar de una supuesta pureza aria. (Basta mirar los retratos de Hitler, Himmler, Goebbels o Göring para decirse con toda razón que si ellos eran exponentes de esa raza supuesta, mejor fuese regresar a los árboles de donde descendió el Pitecanthropus erectus).
Las hostilidades cesaron exactamente seis años y un día después de haber comenzado: el 2 de septiembre de 1945, en la bahía de Yokohama, a bordo del acorazado estadounidense Missouri, el ministro japonés de Asuntos Exteriores firmó el acta de rendición incondicional del Japón. Pero en relación con esta guerra, el gesto que prefiero recordar es uno que tuvo lugar el 7 de diciembre de 1970, en Varsovia, cuando el canciller alemán Willy Brandt se hincó de rodillas ante el monumento a las víctimas del alzamiento del gueto judío en la capital polaca.
Por gestos como este es que uno piensa, optimista incorregible, que quizá le queda un margen de esperanza a las estirpes condenadas a no tener una segunda oportunidad sobre la tierra.
