Por: William Ospina

Un gran libro: “Sacrificio de dama”, de Julio César Londoño

Mucho hemos discutido con Julio César sobre el tema de si hay o no progreso en el arte. Mi opinión es que no: cada obra excelente construye su propio paradigma y las obras del futuro no pueden ser mejores, así como, aunque pasen los siglos, no son mejores las rosas.

Julio piensa que si todo borrador puede pulirse, no hay obra que no pueda ser superada por un trabajo o una inspiración posterior. Pero en eso estamos de acuerdo. La discusión no es sobre si una obra, Homero incluido, puede ser mejorada, sino sobre si el arte posterior supera al anterior, si necesariamente Dante es mejor que Homero y Shakespeare mejor que Dante y Joyce mejor que Shakespeare; si Leonardo es mejor que el pintor de Altamira y Picasso mejor que Leonardo.

No tenemos ninguna razón para afirmarlo. Lo que pasa es que lo nuevo parece mejor que lo viejo porque su lenguaje nos resulta más familiar y más cercano, pero de corregir eso ya se encargarán los siglos, que convierten toda actualidad en un vestigio y todo progreso en un ejemplo de lo rudimentario que era el pasado. Hay progreso en la vida, en la técnica, en la ciencia, tal vez en la filosofía, pero no en el arte, donde cada gran obra es un diamante que nunca se apaga.

Quiero recordar una anécdota de un escritor que queremos mucho, Gilbert Keith Chesterton. Como era tan buen lector y tenía tan buena memoria, Chesterton citaba a sus autores sin ir a consultar en la biblioteca. Cuando escribió su maravillosa biografía de Robert Browning, citó de memoria todos los versos que menciona en la obra.

Cuando los editores leyeron el manuscrito descubrieron que Chesterton había alterado muchos de esos versos de Browning, y fueron a buscarlo y a pedir su permiso para restituir en la edición los versos originales. Dicen que Chesterton, que, como se sabe, era un varón descomunal y vehemente, exhaló el quejido de un elefante moribundo y los autorizó a hacer esas correcciones. Pero cuando Borges se enteró de esto exclamó en tono de queja: “¡Y ahora nos quedamos sin saber cómo había mejorado Chesterton los versos de Browning!”.

Un día yo le conté a Julio César un argumento de Villiers de L’Isle Adam en su libro Cuentos crueles, donde un muchacho ingenioso le dice a un rey malvado una absurda mentira y obtiene con ello grandes beneficios. He descubierto que en este libro magnífico, Sacrificio de dama, Julio César, tan ingenioso e inventivo como el muchacho del cuento, decidió reinventar ese relato, manejó el argumento de una manera irresponsable y genial, y ha logrado en La oración del relojero mejorar el cuento de Villiers de L’isle Adam, encontrando una solución sorprendente que incluso lo cambia de género. Convirtió un cuento psicológico en un cuento fantástico, gracias a las artes del olvido y de la libre creatividad.

Ya se sabe que la historia de la literatura es la historia de sucesivas variaciones creadoras sobre unos temas eternos. Los argumentos tal vez no son muchos, pero lo que se necesita son lectores lúcidos e imaginativos capaces de retomarlos y darles nuevas soluciones.

Un gran escritor produce la impresión de que este mundo visto y cantado millones de veces es algo inesperado y desconocido, y Julio César pertenece a ese linaje de amenos reinventores del mundo. En Los dos magos, vuelve a contar una historia que conocemos desde niños y sin embargo logra mantenernos en vilo, como si la estuviéramos oyendo por primera vez. Julio César podría convertir la historia universal en un relato de ficción, y quién sabe qué parábolas desconcertantes podría ofrecernos inspirándose en el rostro de Nefertiti o en el otoño particular de cada ceiba. Escribe con alegría, con diablura, con una tal riqueza de recursos y frescura de la imaginación, que sus cuentos y ensayos tienen de sobra lo que más hay que pedirle a la literatura: amenidad. Borges dijo que es lo único de lo que un libro no puede prescindir, de encanto. Si un libro es muy legible no necesita nada más: ya lo tiene todo.

Como Borges, Julio César prefiere los cuentos y los ensayos a las novelas. Sabe que una novela es el viaje por una mina buscando un diamante, y que en cambio los cuentos, como los poemas, son el diamante. Y ya se sabe que los diamantes son eternos. Ahora bien, el ensayo, un género que Julio César practica con elegancia y con brillo, es algo tan esencial, que ante un ejemplar de los Ensayos de Montaigne, el fundador del género, ya resulta encantador leer el índice, ya allí sentimos que estamos ante algo estimulante y necesario.

Hay un escrito sobre la filosofía del siglo XXI, donde Julio César formula su sospecha de que la filosofía no es un conjunto de exploraciones aisladas y sin rumbo sobre temas y sistemas del universo, sino una aventura secreta en la que hay un proyecto común, avances comprobables, y una aproximación casi novelesca a resultados sorprendentes.

Esto nos lleva de nuevo a la pregunta sobre si hay progreso en las obras del espíritu humano. No sé si Julio César conozca la obra de Danilo Cruz Vélez, el más importante de la tradición filosófica colombiana. Lo cierto es que la obra de Danilo, que algunos ven como un mero repaso de la filosofía occidental, es mucho más que eso: es la revelación de que esa sospecha de Julio César es verdadera.

Danilo recorre la filosofía de Occidente mostrando cómo gira toda en torno de unas cuantas preguntas, que no siempre son respondidas, pero que salen de manos de cada pensador cada vez mejor formuladas, más precisas y agudas, más capaces de asediar el misterio del mundo, y cada vez más cerca de descifrarlo.

Esa aventura de la inteligencia humana interrogando las claves de este sueño cósmico, acercándose a través de mil tensiones, intrigas y clarividencias a la inminencia de una revelación que podría cambiarlo todo, que Julio César sospecha, es lo que Danilo rastrea brillantemente: convierte la historia de la filosofía en un diamante capaz de iluminar, antes del fin, el sentido de nuestra presencia en el mundo.

Qué bueno es comprobar que nuestra lengua, con su sed de belleza y su vocación de verdad, es capaz de acercarnos a esos prodigios y de producir ese estremecimiento. Sólo quiero añadir algo más: no es imposible que el deslumbrante texto Las hormigas, esas gigantes, presentado aquí como un ensayo, sea el mejor relato que se ha escrito en Colombia.

 

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