Por: Salomón Kalmanovitz

Un mundo raro

Mientras la bolsa de Nueva York aumentaba sistemáticamente, Donald Trump vociferaba que el éxito era resultado de sus “grandiosas” políticas de reducir impuestos y favorecer a los ricos. La semana pasada las cotizaciones del índice S&P de 500 empresas cayeron 6 %, la caída más brusca en dos años, resultado de su política comercial confrontacional y caótica; por esta vez, el presidente guardó un silencio prudencial.

La política comercial de Trump impone tarifas a productos como el acero y el aluminio, que son insumos de miles de productos industriales norteamericanos y que traban las cadenas internacionales de insumo-producto que caracterizan a las grandes corporaciones modernas. Aunque la medida fue corregida con muchas excepciones para Canadá, México y Europa, fue seguida por aranceles estampados contra China, por un valor de US$60.000 millones. China respondió con la imposición de cargas a las exportaciones de soya y carne de cerdo de Estados Unidos, y amenaza además con liquidar buena parte de la deuda norteamericana que ha comprado por décadas, precipitando un aumento inusitado de las tasas de interés que tendría que pagar el tesoro norteamericano. En una guerra comercial todos pierden.

La mayor parte de la profesión económica está de acuerdo en que los déficits comerciales de los países se deben a excesos de gasto interno, asociados en especial al gasto público. Estados Unidos tuvo en 2017 un déficit fiscal de 3,5 % de su PIB y otro en su déficit en cuenta corriente de 2,4 % del PIB. A pesar del déficit externo, la producción industrial está creciendo casi al 4 % anual, o sea que su aparato fabril se complementa bien con las importaciones.

La perspectiva es que el recorte impositivo aprobado por el Congreso va a aumentar el déficit fiscal y con ello también el gasto en general y en importaciones. Las restricciones contra un país se convertirán en oportunidades para otros países o simplemente en desvíos de comercio. Por ejemplo, se reducen las importaciones de acero de China, pero aumentan las de Vietnam de acero y otras manufacturas chinas. El nacionalismo obtuso no puede reconocer la naturaleza del problema y los remedios que encuentra enferman tanto a Estados Unidos como al mundo. Se evidencia el carácter destructivo de la extrema derecha gobernando al país más rico del mundo.

La extrema derecha colombiana, que mucho se identifica con Trump, muestra rasgos similares: durante las dos administraciones de Uribe Vélez se devolvieron tantos impuestos que el país acumuló déficits fiscales estructurales que Santos no enfrentó de manera adecuada. Esos faltantes fueron financiados con un aumento vertiginoso de la deuda pública interna y externa y causaron déficits externos sistemáticos, incluso en tiempos de las bonanzas de precios de petróleo y carbón. Su caída tuvo efectos contractivos desastrosos que aún padecemos.

Las propuestas electorales de Iván Duque en materia económica son igualmente peligrosas. Está resuelto a reducir impuestos de nuevo; para pasar la amarga píldora, va el dulce del aumento del salario mínimo. Lo cierto es que va a causar consecuencias nefastas: otro aumento de la deuda pública con la pérdida del grado de inversión del país, espantando la inversión extranjera; una reducción dramática del gasto social con menos educación pública, y la imposibilidad de invertir en infraestructura.

Es la conjura de la extrema derecha mundial tocando a la puerta del país. ¿Se la abriremos?

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2018-03-25T21:00:43-05:00

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2018-03-25T21:13:53-05:00

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