Un nuevo ultraje

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Alicia Arango no es una advenediza entre el gabinete ministerial de Iván Duque. Fue la primera secretaria privada de Álvaro Uribe en los años crudos y directora del Centro Democrático en sus tiempos de renovación cosmética para seducir distraídos y dispersar con artificios los viejos olores de un partido empantanado por el horror. Dogmática y doctrinal, ha seguido el evangelio del prohombre sin deslices, y ha ocupado progresivamente posiciones íntimas hasta tener voz y voto en decisiones trascendentales. No por suerte es ahora la ministra del interior, y no por otra razón ha tenido el aval para elegir a Rodrigo Tovar Vélez, hijo del tenebroso ex jefe paramilitar del bloque norte “Jorge 40”, en la coordinación de víctimas del ministerio. Alicia Arango lo defiende entre la tormenta, y dice que “ha luchado desde el día en que nació por quitarse un estigma que no le pertenece”. Pero eso no ha sido lo que ha dicho Rodrigo Tovar en comentarios recientes sobre el pasado y el prestigio de su padre. El 17 de julio del 2017, describiéndolo como un preso político, reveló su dolor por su permanencia en una celda de Estados Unidos sin que le hubieran probado un solo delito, y ha insistido en su inocencia, aunque las víctimas, los desplazados y los movimientos financieros en sus computadores personales demuestren lo contrario. Dirigió el Bloque Norte con todos los recursos del sadismo expuesto en las plazas de todas las regiones de su dominio para intimidar a los posibles rebeldes a su causa y fue el cerebro en el Cesar y en el Atlántico de esa operación nacional de exterminio contra todo lo que pareciera una traición al nuevo paradigma del conservatismo radical que empezaba a representar Álvaro Uribe en los tiempos recobrados. Parece que tampoco ha sido suficiente para su hijo el reconocimiento de 600 crimines directos y una participación en 3.500 crímenes colaterales de esa limpieza profunda que representaba con heroísmo quien se hacía llamar “Jorge 40” por los cuarenta días del diluvio universal y los días en el desierto del mesías con quien parecía compararse.

Alicia Arango, fanática del paradigma que no traicionará jamás, ha nombrado a Rodrigo Tovar Vélez como una afrenta a los enemigos de la causa. Lo hace a pocos a meses del regreso del comandante a Colombia y sin que importe demasiado que las víctimas aún esperen la reparación que los cerebros de Ralito prometieron. Lo nombran conociendo perfectamente la crudeza de sus métodos y el simbolismo de ubicar a su hijo defensor justo allí para representar a las víctimas que esperaban una figura que entendiera la dimensión de los hechos y los incumplimientos de las promesas. Lo hacen entendiendo que el nombramiento revictimiza y ahonda el dolor de los afectados que reciben la noticia como una profanación, como lo hicieron también con el Centro Nacional de Memoria Histórica y con su director negacionista Darío Acevedo, defendido contra toda tempestad para que las verdades del uribismo permanezcan con bravura y tesón sobre todos los muertos.

 

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