Por: Sorayda Peguero

Un olor en la memoria


“Ya escapé de los nazis una vez. No me van a derrotar ahora”. Imagen de Marianne Rubin captada por Lena Schnall, su nieta

Antes de aprender a identificar personas y cosas a través de la vista, y antes de pronunciar la primera palabra, nos guiamos por los olores. Los olores tienen un impacto importante en nuestro cerebro. Los olores crean memoria.

Jorge Senprúm sobrevivió al Holocausto. Estuvo dos años en el campo de concentración de Buchenwald, uno de los más grandes de Alemania. En una entrevista publicada por El País en el año 2000, el escritor y político, que nació en Madrid en 1923 y murió en París en 2011, dijo que lo que más le inquietaba del futuro era la extinción de la memoria. A Senprúm le preocupaba que los testigos del exterminio nazi estuvieran desapareciendo. Y se lamentaba de no haber podido explicar, ni siquiera a través de la literatura, lo más significativo de su experiencia en Buchenwald: el olor a carne quemada.

“¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? —decía Semprún—. (…) Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros”.

El olor a carne quemada salía de los hornos crematorios, una herramienta utilizada por los nazis para incinerar los cuerpos de los prisioneros asesinados en los campos de concentración. Después, utilizaban la grasa humana fundida para hacer jabón, y trituraban los huesos en una máquina que los convertía en polvo.

Marianne Rubin también se salvó del Holocausto. Tenía seis años cuando huyó de Alemania con su familia judía. Ahora tiene 90 y vive en Westchester, un condado de Nueva York. El otro día salió a la calle con un cartel que decía: “Ya escapé de los nazis una vez. No me van a derrotar ahora”. Su nieta, Lena Schnall, le hizo una foto que compartió con un mensaje en su cuenta de Instagram. En la foto se ve a Rubin sosteniendo el cartel, manifestándose en una plaza de Manhattan contra el griterío desatado por la “supremacía blanca” en Charlottesville, Virginia. “A los 90 años, mi preciosa abuela sigue ahí afuera luchando e inspirando (y recordando al mundo lo que pasa cuando guardamos silencio)”, escribió la nieta de Rubin.

Resulta agotador ver las noticias estos días. Quiero creer que los que se complacen en el sádico placer de la involución no llegarán muy lejos. Caminé por La Rambla de Barcelona un día después de los ataques terroristas. Vi auténticos gestos de humanidad. Vi el rastro de muerte que dejó la furgoneta que conducía el asesino. También vi las noticias. Vi que en Madrid un grupo de neonazis interrumpió el minuto de silencio dedicado a las víctimas por los ataques. Vi que otro grupo de neonazis trató de manifestarse en La Rambla de Barcelona. Vi que “supremacistas blancos” se manifestaron el 12 de agosto en Charlottesville. Vi que todavía hay gente capaz de salir a la calle con una capucha del Ku Klux Klan, y de saludar a sus camaradas levantando el brazo.

Me pregunto qué pasará cuando no quede nadie que pueda hablarnos del olor a carne quemada. De los látigos y la horca, de los crematorios y las cámaras de gas. Veo a Marianne Rubin, que dice que no ha olvidado la noche que los nazis entraron en su casa. Cuando arrojaron a su padre al suelo y ella lo ayudó a levantarse. La veo espléndida, con sus gafas de montura fina, su pelo corto y ondulado, sosteniendo su manifiesto rebelde. Y pienso en todo lo que habrán visto sus ojos. Pienso en las cosas terribles que no debería volver a ver.

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