Un pequeño tesoro

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La he vivido en carne propia. Sé lo que es caer paulatinamente en un vacío profundo, haber perdido sin saber por qué el motor de arranque y quedarme atascada dentro de una burbuja impenetrable, como la de los buzos en el fondo del mar que ven todo, pero no pueden conectarse con el mundo exterior.

La he vivido. Meses enteros, con un hueco interno que hacía imposible tener contacto real con aquellos que estaban a mi lado, como si me hallara al otro lado de un vidrio invisible, espeso, que no podía romper.

La he vivido. Esa angustia de las mariposas negras aleteando dementes en mi estómago, no poder comer porque el solo olor de la comida me cerraba el apetito como si una roca se hubiera atravesado. Escuchar sin saber qué contestar. Tratar de leer y darme cuenta de que el libro estaba al revés... ponerlo al derecho y no entender ni un párrafo. Oír los pájaros cantar aborreciéndolos. Mirar la luna llena y ver una oblea de plástico. Mirar el mar como si fuera un escenario de cartón azul y tiza. Responder con monosílabos... perder las palabras.

La he vivido. Esa imposibilidad física y mental de estar en el mundo sin pertenecer y la angustia de saber que después de dormir llegará un nuevo amanecer. Ese desespero de abrir los ojos y ver todo de plástico, alejado, imposible de asir. No poderme integrar y no poder contar qué sentía porque no sabía qué era.

Ese pensamiento frío y recurrente de morirme, pero sin siquiera saber qué escribiría en la carta de despedida porque no sabía qué decir. Una muerta viva, pero sin nada vivo adentro.

Y no estoy refiriéndome a mis años de consumo. Fue ya sobria, antes de la recaída. Estaba muerta y no sabía por qué. Ese primer vodka después de siete años me salvó en ese momento. Volví a palpitar y a sentir. Descubrí que seguía viva... hasta que la adicción me noqueó.

Me refiero a la enfermedad más cruel, que es la Depresión. Así, con mayúscula. Esa maldita enfermedad que nadie entiende y de la que se habla tan poco, como si fuera un invento personal para no salir, no vestirse, no querer hablar con nadie, no bañarse.

Por eso el libro que acaba de editar Vergara es un verdadero tesoro. Escrito por Juan Carlos Rincón Escalante, abogado de la Universidad de los Andes, periodista y editor de Opinión de este diario, creador de varios proyectos digitales como La Pulla y Las Igualadas, e ilustrado por Cecilia Ramos Valencia, La Ché, viñetista y humorista política, que lo dibuja de una forma fascinante.

Su título es La depresión (no) existe: Guía para no causar daño cuando hables con una persona deprimida.

“¿Por qué estás triste si lo tienes todo en la vida?”. “Tu problema es de actitud”. “Hay gente que está mucho peor de lo que tú estás”. “Sonríe, deja la pereza, piensa positivo”. “Lo que te hace falta es salir, divertirte, viajar”. “No se te ocurra ir al loquero, eso es para los débiles”.

En estos momentos de confinamiento, de soledad, de aislamiento obligado, esta enfermedad puede dispararse y convertirse en el infierno más cruel para el que la padece.

Este libro, además de ser una joya editorial por su diseño, ayudará a las familias y a las víctimas. Debería estar en cada casa, en cada mesa de noche. Así ayudaremos, y se ayudarán, a los que están viviendo en esa burbuja negra y asfixiante, donde se pierde el “ánima” que es el motor de la vida.

Felicitaciones a La Ché y a Juan Carlos. ¡Se la fajaron!

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