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Un perdedor de cien años

Tomas Eloy Martínez

20 de junio de 2009 - 02:46 a. m.

QUE EL NOVELISTA URUGUAYO Juan Carlos Onetti cumpla 100 años es una redundancia, porque ya los tenía cuando nació en Montevideo el 1° de julio de 1909. Pasaba la mayor parte del tiempo en la cama y la inmovilidad centenaria era su manera de entenderse con el mundo.

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En sus años finales recibió todos los honores que de sobra había merecido mucho antes por una obra narrativa áspera y desilusionada como no hay otra en América Latina. Era una personalidad difícil de tratar, desdeñoso aun con lo que le gustaba, malhumorado y de una timidez sin límites. Esas cualidades se reflejan en “el estilo crapuloso” que el escritor peruano Mario Vargas Llosa analiza en su reciente ensayo sobre Onetti, El viaje a la ficción.

Cree Vargas Llosa que esa oscuridad, esa amalgama vertiginosa de historias trágicas y excrecencias del cuerpo, fracasos y humillaciones, desesperados y explotadores es más que una vena narrativa.

“(Es) una protesta contra la condición que, dentro de la inconmensurable diversidad humana, hacía de él una persona particularmente para eso que, con metáfora feroz, se llama ‘la lucha por la vida’ ”, comenta Vargas Llosa.

El propio Onetti se lo dijo a la escritora y periodista uruguaya María Esther Gilio: “Todos los personajes y todas las personas nacieron para la derrota. Uno puede detener la trayectoria del personaje en un instante de triunfo pero, si continuamos, el final es siempre Waterloo”.

Tal vez por eso llegó segundo a casi todos los premios a los que se presentó. Pero el último, y el más importante en lengua castellana, el Cervantes que recibió en 1980, le sirvió como conjuro contra los rechazos.

Primero quedó finalista del premio Farrar y Reinhart, de Nueva York, con la novela Tiempo de abrazar: Le ganó Ciro Alegría con El mundo es ancho y ajeno. Luego, el argentino Marco Denevi lo derrotó en el concurso Life en Español: Su cuento “Ceremonia secreta” se impuso sobre el extraordinario “Jacob y el otro”, que al comienzo no había quedado siquiera entre los seleccionados.

Algo curioso, dado que es fácil reconocer allí la grandeza narrativa de Onetti: La historia ocurre en su ciudad mítica, Santa María, y varias marcas de su estilo —la monotonía y la asfixia de la vida cotidiana, la cruel explotación entre personas— se suceden. Al parecer, ni siquiera lo notó el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, uno de los jurados. Alguien debió de advertírselo porque en el fallo final “Jacob y el otro” fue agregado a una nómina de finalistas que lo omitía en su primera versión.

Ese destino es una ironía para alguien que, cuando debió juzgar, lo hizo con una arbitrariedad casi pueril. Lo vi castigar a autores valiosos, entre ellos al autor argentino Manuel Puig en el concurso Primera Plana-Sudamericana, para el que fue jurado con la escritora argentina María Rosa Oliver y el escritor cubano Severo Sarduy. Había consenso para premiar Boquitas pintadas, que Puig presentó con el título Tangos y boleros, pero Onetti la rechazó sin contemplaciones.

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En 1974, cuando, junto con la escritora uruguaya Mercedes Rein y el crítico uruguayo Jorge Ruffinelli, concedió el premio anual de narrativa de la revista Marcha al cuento “El guardaespaldas”, del uruguayo Nelson Marra, exigió que se aclarase en el fallo: “El jurado Juan Carlos Onetti hace constar que el cuento ganador, aun cuando es inequívocamente el mejor, contiene pasajes de violencia sexual desagradables e inútiles desde el punto de vista literario”.

A la dictadura que dominaba Uruguay no le importó: Encontró que el cuento se burlaba de un comisario muerto años antes por la guerrilla Tupamaros y envió a la cárcel a Onetti (de 66 años en ese momento), a Rein (enferma de cáncer), al autor Marra y al director de Marcha Carlos Quijano.

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Sin el complemento habitual de whisky y cigarrillos, Onetti leyó novelas policiales durante su reclusión en una celda y su posterior traslado a un neuropsiquiátrico, gracias a la presión internacional. El encierro desquició en más de una ocasión a este autor de tantos personajes suicidas y, cuando llegó a España, meses más tarde, creía que lo había perdido todo y que su futuro era un páramo.

“De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor”, dijo al recibir el Cervantes.

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Había pasado mucho tiempo sin escribir y sólo un año antes del premio, en 1979, volvió a publicar: Dejemos hablar al viento. Hasta su muerte, el 30 de mayo de 1994, nunca regresó al Uruguay. José María Sanguinetti, el primer presidente de la recién recuperada democracia, le llevó a Madrid su Gran Premio Nacional de Literatura.

No fue más amable con las mujeres. Se casó cuatro veces, las dos primeras con primas suyas que eran hermanas entre sí: María Amalia Onetti y María Julia Onetti. Cuando se separó de la tercera esposa, la periodista holandesa Elizabeth María Pekelharing, se casó para siempre —los 40 años de vida que le quedaban— con la violinista argentina Dorotea Muhr. La frase con que le dedicó, en 1960, La cara de la desgracia, fue para el lector tan cruel y misteriosa como el propio relato: “Para Dorotea (Dolly) Muhr, ese ignorado perro de la dicha”. La enigmática declaración de amor o compasión o cólera resumía sus tortuosos vínculos con la realidad.

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Rara vez las historias personales de un escritor sirven para iluminar su obra. En el caso de Onetti, las formas ácidas de sus amores son, sin embargo, el preciso complemento de las mujeres estériles, mutiladas o vejadas por la vida que desfilan en sus ficciones implacables. Ciertas frases rápidas como látigos definen esas relaciones. El verso final de un célebre poema de la uruguaya Idea Vilariño —con la que Onetti vivió una desdichada y larga historia sentimental— es el eco de las infinitas amarguras que compartieron.

“No te veré morir”, profetiza Idea. No hay peor condena que ésa en el amor: vivir de espaldas a la muerte de alguien a quien alguna vez se le dio todo.

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Cuando en julio de 1967 el Instituto de Cultura y Bellas Artes de Venezuela, que estaba a punto de conceder por primera vez el premio Rómulo Gallegos, concentró en Caracas a unos 20 escritores y críticos latinoamericanos, Onetti llegó temprano y se encerró en su habitación del hotel Tampa. Se tumbó en la cama, se negó a salir y no hizo otra cosa que escribir, beber whisky, fumar y leer novelas policiales.

Dolly lo amó como era: con su bohemia, su desasosiego, sus excesos galantes. Le aseguró a Vargas Llosa que fue feliz a su lado. Ahora la ilusiona que se le esté leyendo más. “Estos homenajes lo traen a la vista pública”, dijo hace unas semanas, cuando inauguró el Año Onetti en Uruguay con la lectura de fragmentos de El pozo, la primera novela.

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Logró, de algún modo, reconciliarlo con sus orígenes: en la cúpula del legendario Teatro Solís, una foto lo muestra, gigante, mirando a la Montevideo de sus infinitas derrotas.

* Novelista y periodista argentino.

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