Por: Juan Carlos Botero

Un placer huidizo

Las expresiones artísticas, a pesar de sus muchas diferencias, tienen algo en común: suelen afirmar el valor de la vida. Por eso no es raro que el arte florezca en tierras abrumadas por conflictos sociales, expuestas al hambre, a la injusticia o a la violencia. Rusia en el siglo XIX, los EE. UU. de la generación perdida, América Latina de mediados del siglo anterior son ejemplos de una actividad creativa efervescente, como si, paralelo al dolor y al desaliento, los artistas ofrecieran sus obras como testimonio, prueba y evidencia del valor de la vida.

Colombia es un buen ejemplo de esta paradoja. Nuestro país soporta, a diario, la agresión de los violentos, y todo colombiano vive bajo las nubes negras del secuestro, la pobreza, la extorsión y el crimen. No obstante, y a pesar de un apoyo estatal ínfimo, la proliferación de las artes en el país es sorprendente: cada año hay más exposiciones, festivales de teatro y de música, ferias del libro y de poesía. Hoy Colombia cuenta con nuevas generaciones que trabajan con talento en los campos de la literatura, de las artes plásticas, de la danza y de la música. Sin duda, quisiéramos que hubiera más, más de todo, pero al tomar en cuenta el contexto en el que surge esa inventiva, el resultado es admirable. Es como si el arte fuera el bastión más resistente a la muerte. Algunos creen que esta creatividad es sólo una forma de escapismo. Prefiero interpretarla como la expresión más valiente e imaginativa de nuestra vitalidad. El pesimismo y el cinismo, en un país como el nuestro, siempre me han parecido una equivocación patriótica. Como decía Borges: “La esperanza es un deber”.

En mi caso personal, escribo en busca de un placer huidizo. Para mí lo más grato es cuando siento que he logrado expresar lo que quiero decir a través de las palabras. Y es huidizo ese placer porque no lo siento siempre, y hay meses en que lo percibo con escasa frecuencia. Pero cuando sí lo siento, cuando creo que logré la imagen que deseaba trazar, o la idea que quería articular, o el diálogo que intentaba crear; cuando siento que pude atrapar ese fragmento de la vida con los torpes utensilios de las palabras, que lo pude preservar en su titilante frescura como si fuera para siempre, siento un deleite muy parecido a la felicidad. Ahora, ese placer tiene poco que ver con la calidad del texto. Con toda seguridad, al día siguiente de haber logrado esa frase que me sedujo por su verdad, por su ritmo o transparencia, sé que la misma me parecerá imperfecta, débil, áspera y lejos del blanco. Pero no importa. Si al pulir la frase, tras varias horas de trabajo, siento que la pude rescatar, apretar, redondear o mejorar, entonces sentiré de nuevo esa discreta alegría. Así, aunque el placer sea efímero y la calidad del texto sea defectuosa, su realización habrá sido una fiesta personal.

Admito que me cuestiono mi trabajo a diario, y estoy lleno de dudas sobre la validez del tema y de la forma. Pero tampoco importa. Porque escribir no es una carrera sino una vocación. Y si uno la tiene la debe obedecer, sin que importe el éxito o el fracaso del resultado final. Porque la suerte del texto a menudo depende de factores ajenos a nuestro control, y lo único que nos incumbe es insistir y seguir trabajando. Buscando, anhelantes, ese placer huidizo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Carlos Botero

De tesoros y huracanes

¿Una inocencia poco importante?

El diablo de Alexandria

Lo que hubiera podido ser

¡Bienvenidos al pasado!