¿Un político auténtico o uno común?

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La autenticidad es una de las cualidades de moda y de las más codiciadas en el mundo contemporáneo. Las personas buscan experiencias, compran cosas y admiran a figuras enfocándose precisamente en qué tan auténticas son. Lo curioso de la “autenticidad” es precisamente las contradicciones en las que se cae cuando tanto se anhela. Los hipsters, por ejemplo, se presentan como esa subcultura de lo auténtico y lo único. Sin embargo, caen irónicamente en el cliché mismo de su subcultura y terminan todos haciendo lo mismo: comen productos orgánicos, compran ropa en tiendas de segunda, los hombres llevan la barba de la misma manera, y así.

A los hipsters los acompañan los turistas. La moda desde hace unos años (antes de pandemia) era ir a ese lugar no turístico y exclusivo a donde solo van los supuestos residentes. Las guías del estilo de Lonely Planet son en sí mismas una paradoja: “Hacer turismo en lugares no turísticos”. Esa obsesión por tomarse fotos con la “colección de monumentos”, como la llamaba Barthes, por aparecer junto a la Torre Eiffel o la Estatua de la Libertad es cada vez más obsoleta. Recuerdo un viaje en el que llegué convencida de mi exclusiva y “auténtica” elección al ir a un restaurante local de comida casera atendido por su dueña, una cocinera tradicional que hablaba en un idioma ancestral poco conocido. Al segundo descubrí que éramos solo turistas los que estábamos ahí, todos juntitos dándonoslas de auténticos.

Como todas las tendencias, la obsesión por la autenticidad se ha trasladado a la política y, por ende, a la comunicación política. Una de las características que buscan muchos electores y ciudadanos en sus líderes es que se muestren auténticos, únicos, honestos, “como son de verdad”. Ese capricho que desconoce que todos actuamos y construimos una persona pública distinta a la privada es el que ha alimentado la fama de políticos populistas en tiempos de redes sociales. Recordemos a Trump lanzando insultos y sus electores, contentos de que “fuera honesto”. Una famosa caricatura de The New Yorker muestra una valla de un político lobo diciendo a las ovejas: “Me las voy a comer”, mientras ellas tranquilas piensan: “Lo dice como es”.

Pasamos de la idea del político lejano que debía parecer siempre grande, siempre virtuoso, siempre fuerte, al político cercano, auténtico, que es menos rígido, menos protocolario, menos formal. Un reto que para la comunicación política no es menor. No es fácil lograr mantener la dignidad de la oficina al tiempo que se muestra ese lado más humano, más chueco, sin hacerlo común y corriente. Al final del día, la idea sigue siendo que los líderes sean los mejores entre nosotros, no cualquiera de nosotros.

Cuando pienso en comunicación política y autenticidad, recuerdo al presidente Duque. No sé si sus lapsus son planeados o espontáneos. Cuando acepta que fue un error involuntario olvidar al Amazonas, ¿lo dice por honesto o hace parte de su performance? ¿La foto con la V de victoria al lado de las vacunas, al estilo de estudiantes de primaria, fue planeada o genuina? Me inquieta cuál es el plan de sus asesores de comunicación. ¿Está jugando fallidamente a ser auténtico o es auténticamente común?

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