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Debió ser a la mañana siguiente de su magistral huida de la casa de su novia, cuando espantado fingió un dolor de cabeza que nunca tuvo para salir a la calle y devorar kilómetros y kilómetros de huecos y asfalto deteriorado en su Fiat 600, simplemente porque ella le había hecho una cara de mico que él no pudo soportar, una cara de mico que él le había pedido en una fiesta porque en esa fiesta todos los invitados hacían caras graciosas de animales.
¿Que veía miquitos que brincaban por todos lados mientras iba hacia la universidad esa mañana? Tal vez. ¿Que fueron esos micos coloridos y apestosos los que lo hicieron desbordarse en torpezas? Quizás. Nicolás inventó mil excusas para justificar su decisión, tal vez porque ninguna explicaba que hubiera intentado escapársele a un un policía de tránsito en un Topolino, en plena Séptima con 39 y a las seis y media de la mañana para no recibir un parte a todas luces justo, pues no portaba ni licencia de conducción ni tarjeta de propiedad de su carro ni seguro obligatorio ni nada de nada. Huyó, así de sencillo. Huyó a una gran velocidad de 20 kilómetros por hora. El agente del tránsito lo alcanzó en su moto en menos de 30 metros. Él habrá hecho cara de mico, no sé. Estaba perturbado o soñaba con un hipotético triunfo de Millonarios esa noche.
Igual, nunca volvió a ver a su novia y el parte tuvo que tragárselo entero. Se quedó por los años de los años con la imagen aborrecible del mico. Ella, aquella novia desairada, lo llamó en un par de ocasiones para saber por qué se había esfumado y la había dejado con el vino servido. Él le respondió que nada, que después la llamaba, que no se hiciera problemas, que era la vida o que era el destino. En fin. ¿Qué razón sensata podía haberle dado?
