Por: Salomón Kalmanovitz

Una crisis desperdiciada

La Gran Depresión de los años 30 tuvo consecuencias políticas e ideológicas profundas. Indujo el triunfo del nazismo en Alemania y del fascismo en Japón, pero también el recambio en Estados Unidos a favor del partido demócrata y al Nuevo Trato de Franklin Roosevelt. En todos ellos se potenció la intervención estatal, que fue fundamental para sacarlos de la larga recesión en que cayeron después de la implosión de 1929. La crisis también catalizó la profesión económica, que fue desafiada por un nuevo paradigma.

La idea de que el sistema capitalista funcionaba armónicamente y en equilibrio perpetuo fue cuestionada por John Maynard Keynes, quien desarrolló una teoría más acorde con el comportamiento observado del sistema: crisis económicas y financieras recurrentes, desempleo a veces desbordado de hombres y máquinas, destrucción de valor a todo lo largo y ancho del planeta. Keynes sentó las bases de la macroeconomía moderna y de las cuentas nacionales que hoy permiten auscultar el crecimiento y la salud de las economías de todos los países del mundo.

En 2008 estalló una grave crisis financiera que precipitó sendas recesiones en Estados Unidos y Europa, obligando a la intervención masiva de los gobiernos para salvar al sistema bancario regular y a la banca de inversión que fue aventurera en el diseño de nuevas y peligrosas herramientas financieras. La ingeniería financiera se inventó derivados nocivos que precipitaron la ruina del sistema inmobiliario y la quiebra de multitud de entidades y personas. Al sistema se le permitió prestar dinero a familias que no tenían capacidad de pago, conociendo que el gobierno vendría a salvarlo, igual que sucedió con los bonos de agua en Colombia, aunque las familias perdieron sus viviendas y los municipios sus acueductos. Gracias a las enseñanzas que legaron la Gran Depresión y el keynesianismo, la crisis fue superada tras varios años de penuria, no sin dejar profundas heridas en el cuerpo social de desempleo crónico y de empobrecimiento.

Las consecuencias esta vez fueron distintas: avanzó la derecha política sobre Estados Unidos y en muchos países de Europa y se fortalecieron las instituciones económicas y las teorías responsables del desastre. La teoría de la eficiencia de los mercados que informa que las crisis financieras son imposibles sigue impávida. La teoría de las expectativas racionales que dice que las personas actúan siempre optimizando su bienestar sigue en pie, como si no hubieran sido masivamente estafadas. La ingeniería financiera, con toda su capacidad de hacerle daño al cuerpo social, continúa prosperando, como lo prueba la preeminencia de la banca de inversión y su influencia sobre las políticas públicas en Estados Unidos y con el ministro Carrasquilla en Colombia.

Un libro reciente de Philip Mirowski, que se puede traducir como Nunca dejes que una grave crisis económica se desperdicie: de cómo el neoliberalismo sobrevivió al colapso financiero, cuenta precisamente esta historia. Los mandarines de la economía en Estados Unidos hicieron caso omiso de cómo se habían equivocado de manera sistemática antes y después de la crisis reciente; reinan en las facultades más prestigiosas del mundo, donde rehúsan enseñar historia para ocultar lo ocurrido: pérdidas enormes en bienestar de las poblaciones y miseria por doquier, pero siguen defendiendo la ausencia de regulación financiera, los bajos impuestos y la penuria pública.

 

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