Por: Columnista invitado

Una deuda que es de todos

Por: Cristina Carrizosa Calle *

En los últimos meses los medios han difundido la noticia que comprueba que la firma de los acuerdos de La Habana ha arrojado el más rentable de los dividendos: el de la vida y la integridad física de miles de colombianos. Se calcula que alrededor de 3.000 vidas se han ahorrado desde el inicio del cese al fuego con las Farc, y el número de ingresos de heridos en combate al Hospital Militar ha sido cero en las últimas semanas. El Batallón de Sanidad del Ejército Nacional pasó de tener 1.200 personas en el 2015, a 80 en octubre del 2016, lo que constituye una verdadera victoria para nuestras Fuerzas Militares y de Policía, y para Colombia entera.

Sin embargo, ésta que ha sido la noticia soñada por años, no puede por ningún motivo opacar la realidad que viven las miles de viudas y huérfanos de los caídos en combate y de alrededor de 13.000 heridos que ha dejado el conflicto. Hombres en una edad promedio de 23 años, cuyo futuro lo truncó una mina antipersonal o un artefacto explosivo, dejando huellas indelebles en su cuerpo, en su mente y en su alma. Son 13.000 hombres que proveían a la manutención de su hogar, pasando a ser sus esposas quienes deben atenderlos solas y al mismo tiempo encarar el drama humano de su esposo o compañero, que por supuesto es el suyo propio.

La oferta del Estado a estos hombres incluye su rehabilitación física e integral a través del Centro de Rehabilitación Inclusiva-CRI del Ministerio de Defensa, así como la solución a sus necesidades básicas a partir de una pensión mínima. También adquieren modesta indemnización que jamás supliría la pérdida de una parte de su cuerpo, así como tampoco el vacío emocional que lo afectará por el resto de su vida. Y entonces es allí donde toda la sociedad debe tomar conciencia de la deuda que tenemos con estas personas. Entender que, a pesar de los horrores del que ha sido el más duro conflicto de la región, Colombia, aun durante el mismo, ya era un país de progreso, en el que se podía hacer empresa, en el que las ciudades florecían y en el que los niños crecían. Todo gracias a estos hombres que mientras tanto combatían en la selva, sirviendo de escudo a las amenazas a nuestra seguridad y de bastón a nuestra serenidad. Con ellos tenemos entonces una deuda enorme, que no es solamente la de las arcas del Estado, sino la del reconocimiento a su sacrificio, la del enaltecimiento a su labor, porque hacerlo también nos enaltece a nosotros como sus compatriotas.

Son ellos nuestros veteranos de guerra. Veteranos, no por lo ancianos, porque son muchachos; veteranos, no por el hecho de dejar de portar su uniforme, porque adquirieron una pensión vitalicia y la condición de soldado se lleva en el alma por el resto de sus vidas; son veteranos de la vida, porque al haber perdido parte de sí mismos, son más sabios, más valientes y más dignos.

El sargento Pedraza, amputado de sus dos piernas como consecuencia de una mina antipersonal, se emociona contando cómo hace algunos meses, en un viaje a los Estados Unidos para asistir como competidor en un evento deportivo, recibía de parte de las autoridades en los aeropuertos estadounidenses y de los mismos ciudadanos de ese país el tratamiento de todo un héroe de verdad. “No podía creer que me hablaban con mucho respeto y admiración”, narra él, sorprendido. En realidad lo sorprendente es que la admiración, el respeto y el reconocimiento que despiertan estos hombres en otras latitudes y que enaltecen esas sociedades, no sean los mismos que demostramos por ellos en nuestro país. Los colombianos debemos imitarlos y entender que sí son nuestros héroes, porque su legado es nuestra victoria.

* Directora Ejecutiva de la Corporación Matamoros.

 

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