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Una niña y siete buitres

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Para los pueblos indígenas, violar a una niña embera chamí “que no ha conocido varón” es un delito equivalente al de matar un río del territorio. Ambas, agua y niña, son progenitoras y fuentes de vida.

No voy a escribir su nombre. La llamaremos Dogadiuma, que significa “el ser que brota de las arenas del río”. El río es la sangre del cuerpo y la arena representa “seres únicos, unidos para un fin bonito”.

Doce años de una vida sitiada por el dolor. Las 13 personas de su núcleo familiar han sufrido desplazamientos, dos asesinatos, un suicidio, y a ella la desaparecieron 15 horas, mientras la violaban siete soldados de la patria, más exactamente, del pelotón Buitre 2.

Colombia: 6.479 casos de abuso sexual contra menores de edad en los primeros cinco meses del 2020. Avergüenza un Estado incapaz de proteger a sus niños, niñas y adolescentes, a sus líderes sociales y a los firmantes de paz. Avergüenza que el crimen y las amenazas pasen por la tangente de los gobiernos y por la médula del pueblo. Y sí, me avergüenzo de no haber sido capaz de evitar una sola sentencia de muerte.

A la hora de enviar esta columna, Dogadiuma no ha recibido atención con enfoque étnico; no se encuentra en un entorno indígena ni se ha activado la ruta de medicina tradicional para sanar su cuerpo y su mente.

Su madre habla poco español. ¿Por qué querría aprenderlo? ¿Para qué? Si es obvio que el lenguaje amasado por la violencia y la pobreza es el idioma de esto que llaman su país. Sabe que las mujeres indígenas han sido destrozadas física y espiritualmente por hombres legal e ilegalmente armados, que han visto en ellas un trofeo de guerra, un instrumento de intimidación, y han producido, sistemáticamente, graves desarmonías en los pueblos indígenas. Tanto que, mientras en Colombia la tasa de suicidios es de 4,4 por cada 100.000 habitantes, en las comunidades indígenas la tasa es de 500 por 100.000, principalmente a expensas de niños, niñas y adolescentes embera, wounaan y gunadule.

Dice en el informe “Tiempos de vida y muerte” -investigación magistral de la ONIC y el Centro Nacional de Memoria Histórica (cuando la memoria era una cuestión de honor)- que, en Cumaribo, Vichada, “se instaló el Batallón de Infantería Nº43 en un número que supera a la misma población indígena (...) trayendo consigo embarazos no deseados”.

Dogadiuma no quiere regresar a su territorio; tiene miedo y tristeza; está separada de ella misma y la familia suplica que se realice el ritual del Jaibaná para volver a armonizar cuerpo y territorio.

El daño fue brutal, devastador, implicó un secuestro y los delitos cometidos por los siete bárbaros no admiten eufemismos, ni decir que fue abusivo lo que fue violento. Son repugnantes los conceptos amañados de la Fiscalía y las declaraciones de una senadora cabalmente perversa; y tampoco cabe el acto de fallida demagogia de un presidente que parece haber olvidado que las leyes no se aplican con retroactividad. Todo mal. Y no, no, señor Barbosa: la Fiscalía no le dio “un motivo de satisfacción a los colombianos”, le dio otro gran motivo de vergüenza.

No son siete manzanas podridas. El árbol está enfermo y el país no se da por notificado.

¿Cómo vamos a suturar el espíritu, el río y la arena de nuestra niña de 12 años? Colombia lleva siglos dándose la espalda a sí misma.

Por un país que rompa el silencio y no la vida, #NiUnaMás #NiUnaMenos.

ariasgloria@hotmail.com

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