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Una nota sobre las analogías

Francisco Gutiérrez Sanín

17 de junio de 2010 - 11:41 p. m.

INEVITABLEMENTE, DURANTE ESTA campaña han proliferado las analogías. Éstas, claro, son instrumentos útiles para orientarse en el mundo. Me temo, sin embargo, que las que han circulado en los últimos días generan más confusión que claridad.

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¿Es el precedente básico de la Unidad Nacional de Santos el gobierno de Ospina Pérez? Me parece que no. Aunque por supuesto Ospina tiene una cuota de responsabilidad insoslayable en la caída del país en las simas de la violencia, su propuesta de Unidad estaba basada en un dispositivo de diseños institucionales para incorporar al Partido Liberal tanto al gabinete como a los gobiernos subnacionales, así como en mecanismos de controles mutuos entre los partidos (por ejemplo los llamados “gobiernos cruzados”, en los que un gobernador conservador tendría un secretario de gobierno liberal y viceversa). Esto no funcionó, entre otras muchas cosas porque Ospina les dejó la vía libre a sus propios radicales para que desencadenaran una brutal ofensiva que terminó desestabilizando el esquema. Pero al menos en teoría la Unidad Nacional estaba concebida en términos de pesos y contrapesos. La de Santos está basada en el debilitamiento de toda clase de controles, como lo muestra su aterradora propuesta de pasar la Fiscalía al Ejecutivo.

Menos acertada aún es la idea de que se acerca un nuevo Frente Nacional. El Frente no fue, ciertamente, un paraíso. Pero una evaluación seria y adulta tendría que tener en cuenta que fue uno de los períodos de la historia de Colombia con mayor crecimiento económico, y probablemente el de más progreso en términos de construcción del Estado y política social (cuando dije esto hace un par de años me gané la pataleta, infantil precisamente, de un energúmeno que creyó insultarme diciendo que yo era un viudo del poder. En este sentido no soy viudo, sino soltero). Como sea, si alguien quiere mirar con la nariz levantada la experiencia del Frente, entonces tiene que demostrar que puede hacerlo mejor. Ciertamente, Uribe ha estado muy por debajo de los estándares establecidos por aquel en casi todos los sentidos (ciertamente, también en el de seguridad), salvo en el de los decibeles. El Frente se desgastó entre otras cosas por su bipartidismo asfixiante, sí, pero ni siquiera en este terreno de la tecnología política merece una condenación en bloque. La estigmatización de todo acuerdo como “burocrático”, o de toda forma de gabinete compartido como una suerte de conspiración o como una compraventa, es pésimo análisis y pésima política, y refleja simplemente cuánto hemos desaprendido.

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El Frente también apuntó en la dirección correcta (aunque de manera excesivamente tímida) en el tema tributario. Éste refleja bien las diferencias reales entre los dos candidatos, y también los peligros de las analogías (por ejemplo, la totalmente desacertada identificación de este Santos con Carlos Lleras). Los que han criticado a Santos han enfatizado, correctamente, en que prometer no cobrar más impuestos es irresponsable. Pero la moneda tiene otra cara. La captura de impuestos es un indicador crucial de la capacidad regulatoria del Estado. Sobre la base de un sistema tributario inequitativo, desordenado y débil no se puede construir Estado ni una experiencia de desarrollo viable. Prometer —aquí como en otras áreas— el statu quo es ofrecernos una entrada para una nueva función del mágico circo del subdesarrollo. Que los colombianos vayamos a agotar la boletería este domingo merece una cuidadosa explicación.

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