Por: Luis Felipe Henao

Una revolución de terciopelo para Venezuela

Hace 30 años, Checoslovaquia protagonizó un movimiento sin precedentes en la historia política de la humanidad que constituye un gran ejemplo para resolver la situación venezolana. En noviembre de 1989 un movimiento general de los ciudadanos de ese país concluyó con la dimisión del entonces presidente Gustáv Husák y el año siguiente se presentaron elecciones democráticas por primera vez en muchas décadas. Lo que caracterizó esta revolución es que fue totalmente pacífica, de allí su nombre: Revolución de Terciopelo.

La Revolución francesa y la rusa dejaron millones de víctimas, mientras que el tránsito de Checoslovaquia, Alemania Oriental, Polonia y otros países de Europa Oriental a la democracia fue pacífico y además originó un aumento considerable de la calidad de vida de los ciudadanos. En la actualidad, la República Checa y Eslovaquia ocupan los lugares 34 y 36 en el listado de países por PIB per cápita y poseen una de las industrias automotrices más importantes de Europa.

Pese a que se vean tan lejanas, las situaciones de la Venezuela actual y la Checoslovaquia de los años 80 tienen varios factores en común. En ambos casos se trata de países con regímenes autoritarios de izquierda apoyados por aliados extranjeros poderosos. Hace 30 años, la influencia de la Unión Soviética hacía casi imposible que tuviera éxito un momento de democratización de Europa Oriental. Sin embargo, contra viento y marea fueron cayendo uno a uno los gobiernos comunistas controlados desde Moscú, sin que iniciara una tercera guerra mundial, lo cual demuestra que en ocasiones es más importante el apoyo unánime de la población que la influencia de terceros países.

Si bien es evidente el apoyo que Rusia le da a Venezuela, no es ni un uno por ciento del que la URSS le otorgaba al régimen de Husák en 1989. Mientras que para los soviéticos la situación de Checoslovaquia era un asunto básico de seguridad nacional, para los rusos nuestros vecinos son solo un socio económico y político. En los años 80, la Cortina de Hierro no era una simple área de influencia del comunismo, sino que constituía la primera línea de defensa de los soviéticos en el caso de un ataque de los aliados. En cambio, si bien Venezuela tiene una millonaria deuda monetaria con Rusia, un proceso de democratización no eliminaría esa obligación, sino que por el contrario podría hacer más viable pagar un crédito que difícilmente podría ser cancelado con la actual crisis del régimen de Maduro.

Por ello, las dificultades de una revolución de terciopelo en Venezuela son más internas que internacionales. La primera es el apoyo del Ejército de ese país a Maduro; sin embargo, éste se encuentra fraccionado y en un mediano plazo podría ceder a una situación de crisis. Así sucedió en Checoslovaquia paulatinamente ante la presión ciudadana, esperamos que dicha presión en Venezuela deje cada vez más solo al dictador.

Por ello, una vez logrado el apoyo internacional, el mayor reto de Guaidó será alcanzar acuerdos con sectores de venezolanos distintos a la oposición. La única forma de hacer una verdadera revolución de terciopelo es alcanzar un acuerdo nacional sobre temas fundamentales con grupos significativos que en su momento apoyaron a Chávez pero que están inconformes con Maduro. Sin un apoyo firme de la gran mayoría de la población no será posible lograr una transición de terciopelo que genere una verdadera democratización en Venezuela.

 

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