Universidades y estudiantes en crisis

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No se conocen aún las estadísticas acerca de la matrícula en las universidades y demás instituciones de la educación superior. Quizá con algunas excepciones, para el segundo semestre el desplome pueda oscilar entre el 30 % y el 60 %. Las principales afectadas, por razones obvias, son las universidades privadas en las regiones y, sin duda, en Bogotá. Aunque el abanico de precios de las matrículas de las universidades privadas es amplio, los hogares colombianos tienen enormes dificultades en financiar el estudio de sus hijos. El contraste con países de alto ingreso como Alemania, en el que la matrícula es gratuita, no puede ser mayor.

El precio estándar prepandemia al semestre en la U. de los Andes era de $ 17 millones (medicina: alrededor de $ 25 millones). Los precios para estudiar, digamos que economía o administración de empresas, fluctúan entre $ 6 millones y $ 13 millones por semestre (El Tiempo, 19/11/19). ¿Cuáles son los costos de posibles créditos? ¿Qué ingresos requieren los hogares si tuviesen que pagar estos montos?

Dos factores contribuyen a la caída abrupta, sin precedentes, de la matrícula. Por una parte, la incertidumbre de muchos jóvenes de si tiene sentido pagar millones por cursar un semestre con clases virtuales mal dictadas. Por otra, la crisis económica de millones de hogares que hace imposible el desembolso de tales recursos.

Por el lado de las universidades, la reducción de los ingresos está conduciendo a muchas a una crisis de liquidez que ya venía anunciándose en años anteriores y que, gracias a programas como Ser Pilo Paga, venía siendo atenuada.

Con excepciones, las universidades colombianas han perdido años valiosos haciéndole el quite a la virtualidad. La mayoría salieron del paso en este duro primer semestre de 2020 transponiendo contenidos que se ofrecían en los ámbitos presenciales al escenario virtual. Sin consideraciones de orden pedagógico, muchos docentes consideraron que hablar durante una hora, ordenar la realización de trabajos y proceder a evaluaciones ha sido suficiente. No es así.

La virtualidad ofrece inmensas posibilidades a las universidades. Para ello, sin embargo, hay que comprender que los modelos pedagógicos basados en el profesor que todo lo sabe, por un lado, y en los estudiantes que todos lo escuchan, por otro, debe ser sustituido por una concepción totalmente diferente. El maestro se convierte en orientador y en articulador y promotor del trabajo colaborativo; los estudiantes en micromentores, en actores que adquieren la competencia del trabajo en equipo y la de enfrentar la avalancha de información propia de los buscadores sabiendo discernir lo que es y no es relevante.

Como lo demuestran estadísticas de los llamados MOOC (cursos masivos abiertos en línea), ofrecidos a millares de parte de las más prestigiosas universidades del mundo en los más diversos tópicos, la tasa de abandono es superior al 80%. En otras palabras, capacidades como la de auto-aprender deben ser construidas. He ahí una dimensión de la formación que las universidades deben contemplar en la nueva era de la virtualidad.

Seguir en lo mismo quebrará a numerosos centros de educación superior. Excepto si se liberan de costos fijos asociados a sus campus, liberando fondos para invertir en la preparación, técnica y pedagógica de sus docentes, y en buenas plataformas que hagan de la virtualidad un espacio formativo de primer orden que aproveche las potencialidades de la economía digital.

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