Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Para mí que usted debe estar loco, señor juez. No me cabe otra explicación para su interminable obsesión de enfrentarse todos los sábados y domingos de esta vida, una, dos y tres veces, a 22 iracundos futbolistas que lo culpan y lo insultan por cada una de sus decisiones.
Y todo a cambio de 50 mil pesos por partido, que en últimas son 40 o 30 si les restamos los buses, el agua, el almuerzo. ¿O por sentirse importante durante 90 minutos?, le pregunto. ¿O para creer que en realidad usted decide quién gana o quién pierde? Está loco, señor juez, por no decir demente. Sí, ya sé, ya sé que usted me recordará que yo algún día dije que hay que estar loco para creer en el fútbol, en el amor y los políticos, pero que es necesario ser demente para vivir sin sus ilusiones, pero lo suyo...
Lo he visto más de una vez desencajado, arrastrado por el pánico, sin saber si una falta fue falta o no, o un offside o una mano; nervioso, inseguro con las tarjetas, aguantando los insultos sin saber cómo reaccionar y, de pronto, expulsando a cualquier mequetrefe inocente para que no dijeran luego que le daba miedo mostrar rojas. Lo he visto pálido, rodeado de matones, con esa cara de súplica que deben poner algunos cuando los amenazan con un revólver, y lo he visto iracundo pero endeble, haciéndole creer al mundo que con una simple tarjeta puede dominar a cinco orangutanes convencidos de que por un error suyo, señor juez, se les va algo de la vida.
Por eso no lo entiendo. No comprendo su afán de impartirles justicia a unos desadaptados que intentan de cualquier forma y segundo a segundo transgredir las leyes, porque usted sabrá que para ellos un gol, una victoria, valen más si hubo trampas. Usted sabrá mejor que yo, que en esos cientos de campos perdidos de Bogotá donde le toca pitar se va a encontrar con decenas de provocadores que van a la cancha a expulsar sus demonios, y que algunos, usted lo habrá escuchado, van armados. En esas condiciones un gol anulado puede terminar en tragedia, usted lo sabe de sobra, porque tres o cuatro veces lo han golpeado y herido. ¿O es acaso la inminencia de un linchamiento lo que lo motiva? ¿O caminar o correr sobre el filo de una navaja nada más que con un silbato en la boca, pues así, sólo así, en medio del riesgo, la vida tiene sentido?
