Por: Carolina Botero Cabrera

Vales menos que una bala

Por Yovana Sáenz*

Mi nombre es Yovana Sáenz, soy líder defensora de derechos humanos de mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado. Soy directora de la Fundación Nacional Defensora de Derechos Humanos de Mujeres Víctimas de Violencia Sexual (Dhefensoras) y la secretaria general de Mujer y Género de la Asociación Nacional de Afrodescendientes Desplazados (Afrodes), Capítulo Bogotá-Región Centroandina. Participo en diferentes espacios como en el Grupo Distrital de Seguimiento al Auto 092 de 2008 (decisión por la que la Corte Constitucional adoptó medidas de protección de los derechos de las mujeres víctimas del desplazamiento forzado), en la Red Nacional de Mujeres Defensoras y en la Mesa de Garantías de Protección a Mujeres Líderes, entre otros.

Este trabajo lo he realizado desde el 2000 cuando me tocó salir desplazada de un municipio del Tolima hacia la ciudad de Tumaco. Ahí conocí por primera vez qué era eso del desplazamiento forzado. También, a pesar de mi dolor, aprendí que teníamos derechos y que existían leyes que nos protegen como la que creó el Sistema Nacional de Atención Integral a la Población Desplazada por la Violencia.

Fue en ese entonces cuando empecé mi trabajo como lideresa, que también vino acompañado de grandes dolores de cabeza como la multiplicidad de amenazas de muerte, además de que nos declararon objetivo militar en Tumaco. De allí salí a causa de las amenazas y de un atentado en contra de mi vida y la de mis hijos, que en ese entonces estaban muy pequeños.

En el 2007 llegué a Bogotá, donde me vinculé a Afrodes Nacional. Además, participé en las audiencias públicas que dieron paso al Auto 005/09 para comunidades negras y al Auto 092/08 para mujeres. Esta última decisión ha sido una herramienta muy útil para la protección y la defensa de las mujeres víctimas del conflicto armado. Nos ha permitido saber más sobre nuestros derechos. Esto ha tenido un costo.

En 2009, fui víctima de violencia sexual en Bogotá, un ataque que claramente buscaba silenciarme a mí y a todas las mujeres que estaban haciendo valer sus derechos como desplazadas por el conflicto armado. Los victimarios no dudaron en apuntar sus armas a mi cabeza, diciéndome que valía menos que una bala y que si seguía hablando lo mismo les pasaría a mis hijas, de las que sabían dónde vivían, sus horarios, etc. Las armas no estaban cargadas, pero en aquel momento hubiese preferido que lo estuvieran. El temor que me invadió casi logra su objetivo.

“Te dejaron viva con voz. Grita, levántate que tú no eres la única ni la última. Todas te necesitamos”. Estas fueron las palabras de Ana Angélica Bello Agudelo, una compañera lideresa quien no dejó que me rindiera. La situación, sin embargo, no mejoró. Después de esto, violaron a tres más de mis compañeras. Las amenazas siguieron llegando.

Ahí fue cuando intervino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, otorgando medidas cautelares a 14 mujeres víctimas en Colombia. Este fue un punto de inflexión que nos permitió comprender que el Estado colombiano no sabe cómo proteger a las mujeres defensoras ni entiende cuáles son nuestras dinámicas. En esa época, nos ofrecían un esquema de protección que constaba de una camioneta y dos hombres armados.

Señores y señoras, los que me violaron fueron dos hombres armados; irónicamente, mi protección estaría en manos de dos hombres armados. Junto con otras lideresas, rechazamos esa medida, aunque la compañera Angélica decidió aceptarla. Con el tiempo, quedó demostrado que una medida de ese tipo no es protección para una mujer víctima de violencia sexual. Solo bastó un segundo de impotencia y desespero para que se quitara la vida con el arma de su escolta. A la fecha, aún no sabemos por qué Angélica tenía guardada el arma de su escolta.

Este doloroso caso me permite reflexionar sobre cómo le fallamos. De un lado, el Estado le falló por no tener medidas idóneas para la protección de las mujeres víctimas, que debería incluir acompañamiento psicosocial; de otro, nosotras también le fallamos por no habernos dado cuenta a tiempo de que ella no había superado su dolor.

Cuatro años después y gracias el apoyo psicosocial de la Fundación Círculos de Estudios, en donde participé en un proceso de acompañamiento con un grupo de 20 mujeres víctimas de violencia sexual, pude reconocer mi situación. Esto me permitió aceptar el esquema de protección que me proponían.

La violencia sexual es un delito que no contamos y que no denunciamos por vergüenza. En esta sociedad, a las mujeres se nos juzga, se nos acusa, se nos señala por hablar alto y, claro, por denunciar. El conflicto armado ha usado el cuerpo de las mujeres como arma de guerra. Sin embargo, nuestro trabajo como defensoras ha permitido que más de 1.200 mujeres víctimas del conflicto armado hayan denunciado y contado la verdad de lo que les ha pasado en sus vidas y en sus cuerpos.

Al día de hoy, a pesar de que mi análisis de riesgo sigue siendo muy alto, mi esquema de protección ha sido disminuido a un solo hombre armado a pie. Habito en una de las zonas más peligrosas de la ciudad, Altos de Cazucá, en el límite entre Soacha y Bogotá. Mis horarios comienzan muy temprano en la madrugada hasta tarde en la noche. Combino mi trabajo como defensora de derechos humanos con mis estudios de Derecho. Nada de esto ha sido considerado en mi esquema, después de años de riesgos no cuento con una medida idónea de protección.

Esto no es protección. En un abrir y cerrar de ojos, pueden matar a mi escolta, matarme a mí y matar a mis hijos. Sé que a este Estado no le interesa ni entiende nuestro trabajo, mucho menos el de mujeres empoderadas como nosotras que defendemos nuestros derechos. Aun así, de algo sí estoy segura y es que no pararé de hacer lo que me gusta, lo que hago con el corazón.

* Nota de Carolina Botero: Una lideresa en mi lugar. Invito a este espacio a Yovana Sáenz para que nos explique en primera persona por qué tenemos que cambiar de estrategia de protección. Las lideresas y defensoras de derechos humanos necesitan enfoque diferencial. Permítanme agregar brevemente que esto también obliga a pensar en sus comunicaciones digitales.

 

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