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Valor del ritual democrático

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Tulio Elí Chinchilla
04 de junio de 2010 - 05:13 a. m.
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NO ESTÁ DEMOSTRADO QUE LOS PROcesos eleccionarios seleccionen a los mejores.

Esa pretendida virtud de la democracia es falsa o dudosa en muchos casos, amén de que el término “mejores” incorpora inevitables juicios valorativos. Por ello no es trasplantable al juego electoral el efecto maravilloso que posee la competencia en el mercado (según equiparación propuesta por el economista Schumpeter). Por otra parte, gracias al Teorema de Arrow sabemos que la “voluntad colectiva” —mayoría— es un fantasma cuya existencia depende de reglas cuantitativas algo caprichosas, y, peor aún, que tal voluntad puede escoger de manera ilógica. Una mayoría puede decir por ejemplo: A mejor que B, B mejor que C y C mejor que A. ¿Qué valor tiene, entonces, el procedimiento democrático?

Norberto Bobbio, filósofo político, prefirió definir la democracia de modo minimalista (sin exceso de promesas y sin seres fantasmagóricos): un simple procedimiento mediante el cual los ciudadanos podemos cambiar de gobernantes sin derramar una sola gota de sangre. Esta parece ser la mayor virtud de las elecciones, y ello la salva, pero no la única. Cuando la justa democrática se despliega sin acorralamiento alguno tiene un efecto educativo profundo en el ciudadano, efecto que lenta y acumulativamente puede ir labrando resultados cada vez más mostrables.

El procedimiento democrático se asemeja a un ritual laico (marcar un papel, depositarlo en la urna, abrirla, contar votos, proclamar resultados), con el que las sociedades contemporáneas —de seres que se ven a sí mismos como libres e iguales— legitiman sus decisiones colectivas y evitan así la guerra civil permanente. Civilizarse es sustituir la contienda violenta por la confrontación simbólica, ritual. Aunque esa virtud puramente ceremonial o procesal hace valioso el mecanismo, éste por sí mismo no asegura la validez ética del resultado.

El efecto pedagógico fue resaltado por el pensador liberal John Stuart Mill. La democracia ayuda a moldear ciudadanos como sujetos morales, al inducirlos a un reiterado ejercicio de autoconstrucción deliberativa de preferencias individuales acerca de lo público. Ejercicio que obliga a pensar y desear más allá del reducido espacio de su autointerés, lo cual al mismo tiempo retroalimenta la probabilidad de decisiones plausibles. Por eso, mientras más debates públicos haya, mejor; cuanto más rondas electorales sucesivas haya, más formativo y educativo resulta el procedimiento. Que haya una segunda vuelta electoral cualifica esa virtud.

Bajo tales elucubraciones, preocupa la persistencia de ese 50% que nuestra democracia no logra atraer a las urnas. Sorprende que ni la diversificación del abanico de opciones, ni los fogosos debates y las coloridas campañas, ni los estímulos logren vencer tal barrera. La abstención creciente en Escandinavia obedece a la percepción de que quienquiera que gane, no desmontará el alto nivel de bienestar alcanzado. Pero entre nosotros, ¿será que el censo electoral es poco realista? ¿Será qué la marginación social de millones de ciudadanos los hace no participativos? ¿Cómo romper la desconfianza y la indolencia predominante en la población juvenil?

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