Por: Iván Mejía Álvarez

Vamos mal

En medio del fervor por los resultados, la cruda realidad del fútbol colombiano es que se está jugando tan mal que cada día tienen más importancia los pegapatadas y destructores. El dato estadístico es revelador: el peor promedio ofensivo de toda la historia de los torneos cortos. Apenas 2,12 goles por partido.

En medio del fervor por los resultados, la cruda realidad del fútbol colombiano es que se está jugando tan mal que cada día tienen más importancia los pegapatadas y destructores.

Cada día hay menos jugadores de talento, se ha cambiado el toque, la circulación y la fluidez por un fútbol vertical en el que no hay espacio para pensar. Hay velocidad y preparación física, pero el ingenio y la creatividad han sido relegados. El fútbol colombiano está olvidando su identidad, renegando de sus principios, se le está cambiando el paladar estético. Las nuevas generaciones, que nunca vieron jugar al Pibe, Willington, Cueto, Uribe y demás futbolistas que hacían del balón un instrumento de juego, están aprendiendo que ligar cinco pases seguidos es una odisea, que lo importante es correr y apretar los dientes.

La camada de técnicos ganadores que han llegado en los últimos años, los Costas, Pelussos, Gregorios, Russos y demás resultadistas, han inculcado un juego mucho más cercano al sur del continente que a la médula de la identidad nacional. Ese estilo de olvidar el balón, pegarle de punta para arriba, defender a muerte el cero, luchar y forcejear durante todo el partido está mucho más cercano al Río de la Plata que a Colombia.

Las finales del torneo decretaron la muerte del “diez”. Sólo Tolima, con Montoya, intentó tener un volante de armado; los demás equipos obviaron ese tipo de jugador y pensaron más en los correlones, los tractores, los gladiadores que en el talentoso. Por eso dolió tanto a los que gustan del buen fútbol la prematura eliminación del único equipo que daba espectáculo, el Júnior de Chará y Teo.

Fue un mal mensaje: no importa invertir en buenos jugadores, lo único que vale es el resultado final, y éste también se consigue sin gastar y con jugadores menos valiosos. El fracaso absoluto de los equipos colombianos a nivel internacional en 2017 no se ha evaluado a fondo. El calendario para el año que viene anuncia rivales muy competitivos. Y si no se refuerzan para jugar, para pensar, para hacer un fútbol diferente, el futuro no es alentador.

Este columnista quiere agradecer a todos los lectores habituales su deferencia. Una feliz Navidad y un 2018 lleno de paz y ventura. Entramos a receso profundamente preocupados por la salud del fútbol colombiano. Vamos mal.

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Iván Mejía Álvarez

Sin folclor

Regularcito

Imer

Bolsillos hambrientos

¿Y el DT?