Por: Ignacio Zuleta Ll.

“In varietate concordia”

¡Un país sin guerra! De hecho, un continente, Europa, que después de sufrir la calamidad de la demencia y la escisión en dos guerras mundiales, logra re-conocer en su diversidad de lenguas y culturas un conglomerado de seres humanos con voluntad de convivencia en la concordia: la Unión Europea.

Esto lo reflexiono desde España, después de haber aterrizado en Suiza esa confederación helvética ejemplar el día que en Colombia se rearman las Farc y arrojan otra vez la sombra amarga. Una desgracia.

En contraste envidiable con mi dolor de patria, veo a mi lado en las refulgentes playas de Salou en Tarragona cómo los visitantes eslovenos, franceses, rusos, italianos, españoles, y los migrantes de otros universos, disfrutan de las sencillas prebendas de la paz: los padres varones retozando con sus críos bajo la mirada sonriente de las madres, el sol mediterráneo, las expectativas de muerte natural… y un aire de disfrute con la aguda conciencia del otro, del nos-otros, en el respeto de la presencia ajena que se refleja en la cotidianidad más evidente: se puede atravesar la franja de peatones sin ser atropellado, la arena de las toallas se sacude lejos del vecino, el ruido se limita a los audífonos. Se ve que gozan de certidumbres básicas, de un tejido social que les ayuda dentro de las limitaciones del sistema y de la resiliencia del planetaa sobrellevar sin abrumarse las obligaciones y esperanzas de estar vivo.

La paz, que para nosotros es esquiva, aquí es un hecho y se disfruta. Aún están los ancianos, los libros de historia y los museos que les recuerdan a los hijos y a los nietos que los horrores existen en el mundo y que el odio, el hambre, la incertidumbre y la zozobra son indeseables y que la paz y libertad, por muy precarias, deberían ser el máximo anhelo de la especie y que jamás pueden darse por sentadas. Se construyen y se defienden con ahínco.

Porque por más que Heráclito afirmara que la guerra es el motor de muchas cosas, el “lloroso de Éfeso” no lo decía en tono de alabanza a este aspecto siniestro de la naturaleza de los hombres. En la paz, como se siente flotar en estos vientos tibios del viejo continente, hay posibilidad de desarrollar las sociedades y sus gentes sin tanto sufrimiento, sin tantas amarguras. En la paz florecen mejor las civilizaciones, las artes, los sueños, las naciones.

Habrá quien crea que la guerra y la violencia son inevitables, e incluso necesarias. Quienes las promueven, sin embargo, usualmente se lucran del desastre. Lo cierto es que sentirse respetado, y aprender a respetar la diversidad de las razas, credos y costumbres individuales o políticas, es un sentimiento afable y noble.

Por el momento esta pax paneuropea parece redundar en el bienestar de unas naciones ya dotadas del uso de razón, que hacen la apuesta de tratarse mejor unas a otras, emparejar un poco las diferencias de riqueza, minimizar las fronteras siempre falsas y cultivar la cooperación entre estas tribus heterogéneas de todo un continente. ¿Cuántas generaciones tendremos que sacrificar los colombianos para entender que la paz es un tesoro?

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