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Suena inverosímil, pero hace un año la humanidad parecía ignorar la posibilidad de una pandemia de las dimensiones que estamos viviendo. Inverosímil, porque era una catástrofe anunciada desde hace mucho. Stephen Hawking sostenía que el final de nuestra especie podría provenir de una gran pandemia. Pero hubo anuncios más concretos: en 2015 el epidemiólogo Ralph Baric, investigador en la Universidad de Carolina del Norte (UNC), advirtió que un grupo de coronavirus, similar al SARS (2002) o al causante de la gripe H1N1 (2009), podía llegar a producir una pandemia de consecuencias catastróficas. Y en septiembre de 2019 —tarde, es verdad— un informe de la OMS alertó que “el espectro de una emergencia sanitaria mundial se vislumbra peligrosamente en el horizonte” y que, de darse, podría matar entre 50 y 80 millones de personas. También, que los sistemas de salud no estaban preparados para un hecho de esa magnitud.

¿Qué pasó? Toda explicación puede resultar simplificadora. Sin embargo, o las grandes instituciones mundiales, los gobiernos y hasta los medios informativos no vieron venir lo que se anunciaba con pasos de animal grande, o lo minimizaron. En un momento de comunicación global como nunca antes, asombra la mirada cortoplacista de los que podrían ayudar a prevenir desastres. En su bello libro Utopía para realistas, Rutger Bregman hace un diagnóstico: “Las ideas radicales sobre cómo cambiar el mundo se han convertido en algo impensable (…) La política se ha diluido hasta convertirse en la mera gestión de problemas”. Es exacto: mera gestión de problemas, cuando no politiquería, corrupción e intereses económicos de unos pocos.

Lo mismo que pasó con la pandemia está pasando con el calentamiento global. Los científicos lo anuncian, empezamos a ver sus efectos, pero los grandes poderes miran para otro lado. En el terreno de lo político, por otra parte, estamos desde hace unos años viendo venir una posibilidad a la que tememos mirar de frente: la resurrección del fascismo. ¿O qué cosa además de fascista es un gobierno como el de Trump —y otros—, sexista, machista, homofóbico, racista, capaz de separar a los niños de sus padres y de alzar un muro ignominioso contra los migrantes? Más grave aún: que 70 millones de personas lo sigan irrestrictamente y que ya se hable de la posibilidad de que los supremacistas blancos norteamericanos “puedan infiltrarse fácilmente en la policía y las instalaciones militares y nucleares, lo que los convierte en un riesgo para la seguridad nacional extremadamente grave y difícil de detectar”.

“A mí me da miedo cuando escucho los discursos de algunos líderes de las nuevas formas de populismo”, dijo el papa Francisco hace pocos días. “Me parece volver a oír los discursos que sembraban miedo y odio en la década de los años 30 del pasado siglo”. Él y muchos otros lo están viendo venir, incluido Joe Biden, quien no habló de fascismo pero sí de terrorismo interno: “… ojalá pudiéramos decir que no lo vimos venir, pero eso no es cierto. Podíamos verlo venir”. Hay explicaciones sobre el porqué de este resurgimiento. Entender es un primer paso. Divulgar, el segundo. Para que no nos pase como con el COVID-19. Y no olvidemos la amenaza ya proferida: “Volveremos, de cualquier forma”.

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