Por: Pascual Gaviria

Vieja pelea de vecinos

UN PEQUEÑO RECORRIDO POR LOS barrios del Jerusalén anterior a la fundación del Estado de Israel, una mirada sobre esa ciudad que poco a poco iba convirtiendo sus corredores en laberintos y sus barrios en fortalezas, ayuda a descubrir el ambiente íntimo de pelea de vecinos que está detrás de un conflicto acostumbrado a los titulares de talla internacional. El escritor judío Amos Oz es el guía perfecto para encontrar el tono de disputa menor sobre las aceras del viejo Jerusalén.

La ciudad está en manos de la autoridad británica y los niños judíos gritan British, go home mientras apedrean las patrullas inglesas. El queso que venden en la tienda árabe se ha vuelto sospechoso, es mejor que el queso que hacen los judíos, pero puede ser sucio. Además, la traición al sueño de una patria y una tierra puede estar en las decisiones más triviales. Pero, de otro lado, por qué castigar al pequeño productor árabe, por qué perpetuar el odio entre dos pueblos y llenar la ciudad de vetos y cruces sobre algunas fachadas al igual que lo hacen los extremistas árabes con las casas judías. Los dilemas insalvables aparecen un paso adelante del umbral de cada casa.

De repente “se ha tensado algún músculo oculto” y ya no es posible cruzar la frontera de algunos barrios en la ciudad. Jerusalén era un pequeño crisol cosmopolita: “En cada barrio se rezaba de forma diferente, se hablaba una lengua diferente, se vestía de forma diferente… Lo único que todos tenían en común era un secreto fervor mesiánico. Todos pensaban que representaban la herencia real de Jerusalén, la verdadera religión, la verdadera fe”. Las noches eran más largas y la gravedad un poco más fuerte. A las siete de la noche comenzaba el toque de queda impuesto por los británicos. “Todo estaba cerrado y trancado, las calles de piedra estaban desiertas, cada sombra que pasaba por aquellas callejuelas arrastraba por el asfalto vacío tres o cuatro sombras más”.

Poco a poco el sueño de compartir una patria con los árabes se iba haciendo imposible. Al llegar de esa Europa que les gritaba y les señalaba su ruta desde las paredes con un elocuente “Judíos, a Palestina”, la misma que años más tarde les gritaría con idéntica fuerza “Judíos, fuera de Palestina”, muchos tenían la idea de lograr convencer a los árabes de que su llegada traería beneficios para todos. Pero las funciones del pequeño Amos cambian rápidamente de la diplomacia a la estrategia de guerra. Se encuentra con una niña árabe y siente que tiene las obligaciones de un embajador de ocho años y medio: “Nuestro deber es acabar con la desconfianza y explicarles que somos personas positivas e incluso agradables”. Pero todo termina con un recital exaltado y un accidente infantil, “la intoxicación creciente de la heroicidad” hace que Amos exceda sus destrezas y termine dejando un hierro oxidado sobre el pie del hermano menor de su contraparte árabe. El padre del pequeño embajador intenta pedir disculpas, pero nunca logra ser atendido. Ahora Amos se dedica a afilar su ejército de nueve clips, un sacapuntas, dos libretas, un tintero de cuello largo y un borrador para defender un nuevo kibbutz-fortaleza. La trampa está tendida, los peones de ajedrez son francotiradores: “Alabado sea Aquel que prepara la matanza del enemigo y entonces todo terminará con un canto triunfal”.

Luego de sesenta años del Estado judío, Amos Oz ha dejado de ser un niño fanático y chovinista, para convertirse en un pacifista moderado, un hombre que dice que sólo volvería a la guerra para salvar la vida o defender su derecho a ser libre. Y no es difícil que deba subir a las garitas. Porque Jerusalén sigue siendo una ciudad levantada sobre un suelo predestinado a la “tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término: un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana”.

 

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