Por: Mauricio Botero Caicedo

Violencia = simbiosis entre la ilegalidad y la subversión

En días pasados tuve oportunidad de leer el libro de Enrique Santos Calderón, El país que me tocó. Ameno y de fácil lectura, es un relato objetivo dentro de los límites que marca la hermandad. Dicho lo anterior, no comparto algunos planteamientos como el que la dejación de armas por las Farc es el hecho más importante de la historia reciente de Colombia y que el país superó una larguísima etapa de su violencia política, dejando atrás miles de muertos y secuestrados. La violencia de hoy —a diferencia de la violencia partidista en los 40, 50 y 60— no tiene fondo político, no obstante que algunos de los grupos ilegales se arropan en un manto ideológico para justificar sus fechorías: es una violencia íntimamente ligada al narcotráfico y a otras actividades ilícitas como la minería ilegal.

El narcotráfico, fenómeno que empezó a surgir en los 80, ha sido y es el principal combustible de la violencia que sigue causando miles de muertos. Entre los subversivos, los “paras” y las actividades ilegales hay una relación simbiótica. Ante la ausencia casi total de respaldo popular (como lo puso en evidencia los escasos 70.000 votos de la FARC en las pasadas elecciones), para financiarse los subversivos y los “paras” entraron de lleno al narcotráfico y la minería ilegal. La simbiosis, entendiéndose como la colaboración estrecha entre grupos que no necesariamente tienen el mismo origen, es lo que redefine la naturaleza de la violencia actual. Las Farc, el Eln y el Epl siempre han afirmado que no son narcotraficantes y que se limitan a cobrar impuestos por brindarles protección a los cocaleros. ¡Basura! Los unos no pueden sobrevivir sin los otros: los subversivos (Farc, Eln y Epl), al igual que los proxenetas, brindan protección; y los otros (carteles nacionales y extranjeros), al igual que las prostitutas, desarrollan el negocio propiamente dicho.

En Colombia ha hecho camino un deplorable mito: que somos un país esencialmente violento. Historiadores de la talla de Jorge Orlando Melo, Malcom Deas y Eduardo Posada Carbó desinflan ese mito y explican que nuestro país, entre 1903 y 1948, tuvo casi medio siglo de paz, con tasas de homicidio más bajas que las de muchos países de Europa y Estados Unidos. El garrafal error de los hermanos Santos es el no haber entendido que, a partir de los 80, la violencia, lejos de ser partidista, era el resultado del contubernio ilícito entre los subversivos y las actividades delictivas. Bo Mathiasen, representante de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, afirma: “Los grupos ilegales en Colombia, si no están en narcotráfico, van a estar en minería ilegal, tráfico de seres humanos, en contrabando o extorsión. Es el dinero el que motiva su existencia…”.

El haber firmado la paz con las Farc —uno y solo uno de los múltiples actores violentos en Colombia— no nos llevó a superar la violencia, como afirma Enrique Santos, porque la violencia actual tiene otra naturaleza y, mientras haya narcotráfico y minería ilegal, sigue y seguirá reinante. Lo único que ha habido es un relevo de actores: de los carteles regionales (Medellín, Cali…) pasamos a los carteles mexicanos; y de las Farc pasamos a los disidentes, acompañados de un Eln y Epl fortalecidos. Hoy hay un mayor número de alzados en armas que cuando Juan Manuel Santos asumió el poder en 2010.

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