Rabo de paja

¡Vivan los pícaros con suerte!

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Mi amiga Isabel Barragán está de mal genio con la cuarentena, como los burgueses o pequeñoburgueses de este país, incapaces de soportar la soledad. Se quita la mascarilla anticoronavirus y me escupe su malestar. Hoy le estoy pareciendo viejo, cacreco, mal pensado, pasado de moda, inseguro y una tanda de obscenidades que escandalizarían a las neomamás de mi urbanización. Al rato, por fortuna, se acuerda de la novela que está leyendo.

La portada ocupa la pantalla del celular: Aquí sólo regalan perejil, de Luis Luna Maldonado, Alfaguara, 2018. ¿De qué trata?, pregunto para aplacarle la ira. Es un viaje de ida y vuelta, responde con menos tensión. Ajá, digo, pues me quedo en las mismas. Son las aventuras y desventuras de Abilio Ayala Pérez, Abi, un muchacho de Pamplona, Norte de Santander, que emigra a Barcelona para escapar a su historial como contrabandista de la banda de Topo Gigio en la frontera colombo-venezolana y prosperar en el paraíso que en Europa nos tienen prometido a los sudacas.

No hago de spoiler si cuento que los años de Abi en España se parecen más a un purgatorio que a un edén, dice Isabel, cada vez de mejor humor. Abi es un pícaro con suerte, agrega. Pinta, todero, elocuente, enamoradizo, un dechado de virtudes y/o pecados. En Pamplona se encoña de Miladys, una mulata rompecorazones y rompecatres en un prostíbulo del pueblo. Y en Barcelona se encoña de Neus Coma, la dueña del restaurante donde de vez en cuando trabaja de mesero. Como seguro lo habrás podido comprobar en tu ya larga coexistencia, los pícaros con suerte irritan en demasía a los emprendedores paisas y a las histéricas reivindicativas bogotanas. Imagínate, suspiro sin querer.

Con este libro, Luis ganó el Premio Ñ – Banco Provincia – Clarín de Novela, Buenos Aires, 2017, algo excitante, dado el gusto “prolijo” y “reiterativo” de los jurados argentinos, parecidos a sus locutores de fútbol. Isabel se abanica con las hojas de papel. Es un triunfo del desparpajo del esperpento, de la literatura para gozar, de la picaresca.

La donna è mobile / qual piuma al vento: Isabel pasa de la rabia a la coquetería. El día que te olvides de tu falsa modestia, Mejía, puntualiza ella, tendrás que admitir tu parentesco literario o tu hermandad narrativa con Las preocupaciones, de Miguel Manrique, y con Anfiteatro (Consolación de la pornografía), de Sandro Romero Rey, y con Aquí sólo regalan perejil, de Luis Luna Maldonado. Ustedes cuatro comparten el mismo ethos novelístico, Dios los bendiga. Pero, Chabela mía, ¿qué es ese piropo tan bello?, se me escapa. Tampoco se las crea todas, pues, rectifica al instante con la mentirosa acidez de un amor (cuasi) platónico. Sonríe con fina cortesía. Sexy y hermosa, nunca pasará de moda. Al menos para mí.

Rabito: “-Pizza, Abi, quiero pizza –resoplaba y yo tenía que buscar al de la moto, pagarle unas propinas exageradas para arrear el paripé y hacer el servicio a domicilio. Nos propinábamos unos revolcones de antología; al cerrar la puerta ya me esperaba en combinación vaporosa, me arrancaba la ropa y ahí mismo en el pasillo trepaba y cabalgaba el Derby de Kentucky de punta a punta tronchándome la fusta sin piedad”.

Rabillo: “Regreso porque quiero y porque me toca; así como vine, porque me lo busqué, no porque huyera de mi país y su guerrita a cuentagotas, no. Salté el charco porque aquí dizque todo iba bien y me lo creí, creí que aquí regalaban la felicidad, pero no, aquí sólo regalan perejil”. Luis Luna Maldonado. Aquí sólo regalan perejil, mayo 2018.

@EstebanCarlosM

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