Por: Antieditorial

Voto en blanco y estigmatización

Por Alexandra Olaya-Castro

La validez del voto en blanco nunca ha estado en cuestión para quienes somos críticos de esta opción en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales 2018. Son sus obvias y peligrosas implicaciones en este momento histórico lo que yo y muchas personas cuestionamos.

Quienes han anunciado su voto en blanco se han concentrado en presentar sus razones para tomar esta decisión, pero han dejado de lado un análisis completo de las implicaciones de este voto en este momento coyuntural. Como su editorial indica, finalmente el presidente será o Duque o Petro, y dados los resultados de la primera vuelta es fácil entender que el voto en blanco tiene como consecuencia evidente el ceder el gobierno al uribismo encarnado en toda su expresión en Duque y su conglomerado de apoyos conservatistas. ¿No encuentran ustedes muy extraño que quienes anuncian o apoyan el voto en blanco, incluso su editorial, omiten esta obvia y muy probable implicación?

Esta consecuencia efectiva del voto en blanco es potencialmente catastrófica para nuestro país y sus procesos democráticos, como lo ha argumentado elocuentemente Rodrigo Uprimny en su reciente columna. Y como lo notamos millones de ciudadanas y ciudadanos, quienes escogemos a Petro, no necesariamente porque nos represente en su máxima expresión, sino porque entendemos que los riesgos de un gobierno de Petro son mucho menores. Además, el diálogo que se ha generado entre Petro y varias corrientes políticas que han sido sus críticos (lideres del partido Verde, jóvenes representantes del liberalismo) ya nos muestra que “tender puentes” no puede quedarse en un discurso vacío y conveniente, sino que se da de varias formas y está sucediendo en este momento y con Petro.

Ustedes dicen que el voto en blanco será “una manera eficiente de decir que la vigilancia será implacable”. ¿En serio? ¿De verdad pueden sostener que la vigilancia a un gobierno uribista “será implacable” cuando las tres ramas del poder (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) estén dominados por Duque-Uribe y sus apoyos? La vigilancia se garantiza cuando hay una independencia de poderes.

Finalmente, ustedes en su editorial se unen a los muchos que, de manera estigmatizadora y poco veraz, llaman a Petro “extremista”. Pero, yo les pregunto: ¿Es extremista promover un discurso en el que los derechos humanos y la vida sean respetados? ¿Es extremista proponer programas para lograr un país menos desigual? ¿Es extremista que las minorías del país tengan representación? ¿Es extremista que las madres de Soacha tengan voz? ¿Es extremista hablar de justicia social y paz en un país en donde asesinan líderes sociales casi a diario? ¿Es extremista denunciar a la parapolítica que ha plagado a Colombia? A mi manera de ver, lo verdaderamente extremista es, por ejemplo, el asesinato de miles de jóvenes humildes, quitarles su honra para presentarlos como trofeos de guerra, y pretender que este hecho no debe ser sopesado fuertemente al momento de ceder el país a Duque-Uribe con un voto en blanco.

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