Por: Santiago Montenegro

Y la coca ahí

Desde hace unas varias semanas, muchos analistas proponen que nos concentremos en discutir los problemas estructurales y de largo plazo. Con la llegada de la paz, argumentan, por fin podremos dedicarnos a resolver problemas como la mala calidad de la educación, la baja productividad, la pésima infraestructura, los problemas de la justicia y la corrupción, entre otros temas.

No puedo estar más de acuerdo. Durante décadas, muchos de los economistas más destacados sólo se interesaron por temas macro de corto plazo, como el déficit fiscal, el monto de la deuda pública o las tasas de interés. Por supuesto, una macroeconomía sana y sostenible es un prerrequisito para lograr un mayor nivel de desarrollo. Pero es necesario discutir y enfrentar también los problemas estructurales, como los mencionados. Desde hace años, en esta columna he insistido en la urgencia de enfrentar, por ejemplo, el problema de la informalidad laboral y empresarial, y me satisface mucho constatar que, finalmente, la informalidad se ha tornado en un tema de discusión pública y que hasta varios de los candidatos a la Presidencia lo han incorporado en sus agendas.

Pero me temo que otro problema al que le he dedicado mucha atención desde hace por lo menos 20 años sigue presente e incluso se ha agravado en los últimos años. Es la coca y el narcotráfico.

Como lo han señalado, con estudios econométricos (no con retórica ideológica o política), los profesores Collier y Hoeffler, de Oxford, y Fearon y Laitin, de Stanford, la prolongación en el tiempo de las guerras civiles y de la actividad de los grupos armados ilegales se debe a muchos factores, pero dos condiciones objetivas son necesarias. Primero, un Estado con unas fuerzas armadas pequeñas y mal preparadas, operando en espacios geográficos complejos, muy montañosos, selváticos y con pésimas vías de comunicación. Segundo, los grupos armados ilegales requieren acceso a grandes y continuas fuentes de financiación, como la extorsión a empresas que extraen recursos naturales o los cultivos ilícitos de la amapola, la marihuana o la coca, y el narcotráfico.

En Colombia, el primer problema comenzó a solucionarse desde comienzos del nuevo siglo, con el fortalecimiento del tamaño y la efectividad de nuestras Fuerzas Armadas y de Policía, las cuales, hasta entonces, tuvieron un tamaño ridículo con relación a los promedios de América Latina. El descenso pronunciado en todas las variables de violencia y la casi eliminación de los grupos armados ilegales fue también el resultado de una erradicación muy grande de los cultivos de coca, la destrucción de laboratorios y los golpes al narcotráfico.

Cuando muchas fuentes serias argumentan que hemos regresado a los niveles de siembras de coca del año 2000, no nos debe extrañar, entonces, que varios espacios que antes ocupaban las Farc los estén invadiendo disidencias de esa misma organización, el Eln y otros grupos ilegales, hechos que son consistentes con la argumentación de la literatura académica.

Este es un problema estructural muy serio al que le debemos prestar tanta o más atención que a la informalidad o la baja productividad. El narcotráfico dispara la violencia, corrompe, financia campañas políticas, distorsiona precios, aprecia la tasa de cambio e inunda el país con contrabando. En otras palabras, si no combatimos el narcotráfico, no sólo no habrá paz, sino que corremos el riesgo de volver a la pesadilla de décadas pasadas, cuando Colombia pareció ser un Estado inviable.

 

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