Yo quisiera quedarme...

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Sé que suena a la letra de una canción de Luis Miguel, o de cualquier cantante de baladas de los 90. Gloria Estefan, Ricardo Montaner, Franco de Vita… todos resultan hoy fieles compañeros de penas y alegrías a la hora de redescubrir que, de alguna manera, durante la pandemia nos hemos despedido de muchos planes y restaurantes. Extrañamos productos que nos hacían felices y, sobre todo, hemos tomado perspectiva sobre lo que queremos y cómo esto nos hace plenos. Quizás hemos cambiado nuestros gustos, pero siempre mantenemos claros nuestros placeres.

Cada uno ha dejado ir esos platos del restaurante preferido, que no aparecen en el menú de domicilios. Terminamos ese idílico amor de sentarse en la mesa preferida a disfrutar de un buen vino, la música del lugar y una excelente compañía. Nos habituamos a esa bolsa segura que dice: “aquí está su pedido”, y nos “acostumbramos” a buscar, en un minuto y corriendo, el espacio para destapar y servir, sin mucha gracia, lo que nos han traído.

Sin embargo, quienes somos tildados de desocupados o enamorados de la vida consentidora hemos logrado disfrutar también con el redescubrimiento de que cocinar es un ritual a veces sencillo, a veces complejo, pero siempre erótico. Un ritual que se transforma casi siempre en un momento “ideal”, en una meditación en movimiento que nos llena el alma y luego la panza. La cocina es donde muchos de nosotros encontramos un clímax creativo que despierta más de un pecado capital y que recorre cada uno de nuestros sentidos.

Tengo claro que hoy estamos dispuestos a casi todo, excepto ser un comensal que no sepa el valor del erotismo gastronómico. Se trata de ese personaje básico que es algo así como un ratón de alacena, que prefiere a diario un par de paquetes de galletas en lugar de aceptar que, si se atreve a esperar unos minutos, podrá terminar cediendo a un lujurioso plato hecho a la medida, lleno de esos sabores y olores que despiertan no solo un voraz apetito, sino unas ganas imparables de reírse, compartir y sentir que hay aún espacios en medio del confinamiento para coquetear y conquistar.

Si se atreven, está prohibido olvidar en esta cuarentena —que ya tiene cara de centena— esos momentos de “coquetería”. Debemos ser capaces de confiar en que el plan de comer delicioso y compartir una mesa puede seguir siendo un espacio de dos, así la casa esté llena. La vida es un ratico donde todo puede cambiar, menos el amor que nos estremece, así estemos lo suficientemente lejos los unos de los otros. Este es quizá nuestro mayor aprendizaje después de semanas de estar encerrados. Por lo tanto, pensemos que la tusa solo es de la mazorca, y que el tedio del domicilio de pollo asado hay que cambiarlo por un par de copas de vino y una buena pasta con parmigiano reggiano y algo de trufa, la que añoro me preparen cada cierto tiempo, y ojalá no de forma virtual.

Con algo sencillo pero sabroso al paladar, queda abierta la puerta para disfrutar de una noche de pasión y lujuria, que con algo de tiempo y sin apuros vuelve a darnos vida. Recortar nuestra distancia con canciones, bocados cálidos y largas conversaciones es el mejor antídoto a la rutina. Nada nunca es para siempre, pero depende de cada uno de nosotros mantener las ganas de cocinarnos, de brindar y mirarnos a los ojos con el amor que nos guardamos. Se vale enamorarse, desenamorarse, extrañarse y hasta confiar en que ese alguien volverá a estar frente a nuestra mesa, y que podremos nuevamente brindar por un presente y un futuro. Pero mientras se acaba esa playlist que les revuelve la cabeza, agarren un sartén, sírvanse un buen trago y tengan la certeza que por lo que se come, se sabe con quien compartirán esos momentos especiales.

Yo quisiera quedarme con los recuerdos de las carcajadas, el olor del parmesano recién rallado y el silencio cómplice de una mesa que recoge la pasión del momento. Si lo dudan, piensen que la ventaja es que se pueden comer un, seis o diez tipos de delicias solos, y así siguen cultivando el momento que pronto tendrán al lado de quienes extrañan.

Para esos momentos yo no dudo en abrir algún vino de El Buen Vivir (@vinos_buenvivir). Los Rueda no importan guarapo malo, todo lo que llega a su cava es una maravilla para maridar con cada una de sus comidas: todas las cepas, todos los precios, muchos países y una forma de estar más cerca del cielo.

Y si lo que quieren es abrir el vino y aplazar la cocinada, les cuento que los domicilios de Semolina (@semolinarestaurante) del Centro Comercial Andino de Bogotá están activos y con sus buenos platos de la carta, que llegan como siempre frescos y en su punto. Y para finalizar y no dejar de lado nunca el romanticismo, les recomiendo siempre tener rosas frescas, mucho mejor si vienen directamente del cultivo. Duran montones y sus precios son maravillosos. A mí me tiene enloquecida la oferta de Pembe (@pembe_oficial): rosas colombianas que llenarán de decenas de colores y amor el aire de su hogar.

@ChefGuty

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