Política

10 Jun 2021 - 1:00 p. m.

10 años de la Ley de Víctimas: el laboratorio de paz o la asociación de enemigos del pasado

Desde hace tres años, Asorepad, una asociación de víctimas y victimarios, trabaja por el desarrollo de una granja turística que promueve la reconciliación y la resiliencia en el Urabá, región que registra más de 629.000 víctimas del conflicto.

Erick González G.*

—Dicen que cuando uno se está muriendo, uno comienza a recordar todo lo pasado. Veía un túnel, por el que iba subiendo, y veía las imágenes de mi vida. Comencé a recordar desde lo último que había vivido hasta cuando era pequeño. Recordaba el batallón, los compañeros, a la familia, a mi mamá, pero también llegué a ver el ataúd mío, a lo lejos, hasta que alguien de la guerrilla dijo: “¡Muchachos, nos vamos!”. Esa frase me despertó. Eran como las cinco de la mañana. Comencé a arrastrarme para ir al hospital y me estrellé con el pie de un guerrillero, que tenía una pistola. “¿Quién es usted?”, me preguntó. “Soy el hijo de ‘El Loco’”, le respondí. “Yo soy del pueblo, soy un conocido… Me hirieron”, le decía. “Sálgase de aquí”, fue su respuesta. La energía se me había ido… pero sentí que la guerrilla comenzó a evacuar el pueblo, y el alma me llegó al cuerpo. Lo mío fue en un atentado terrorista del Epl al municipio de Turbo. El Ejército se dio cuenta de que había un herido, creyeron que era guerrillero. Estaba vestido de civil porque había pedido un permiso. No tenía mi billetera, no tenía mi código militar, que metí allí, porque los guerrilleros se la llevaron, ya que eso es un premio de guerra… los ascienden de rango. Entonces me identifiqué: “Francisco Javier García Zuleta, de la compañía de Ayacucho, batallón No. 13, de la Policía Militar, código militar 880298”.

— “Este man es militar” —verificaron—. Me montaron en un carro. Hasta allí me acuerdo…

De repente, en esa reunión en la que Francisco narró su historia, alguien que reconoció su relato se le acercó…

—Señor Francisco García… Yo me acuerdo de usted. Soy Alfredo Leal, exmiembro del Epl. Fuimos culpables de lo que le sucedió. Ese 23 de octubre de 1988 teníamos el plan de tomarnos a las 10 de la noche los municipios de Turbo, Apartadó, San Pedro de Urabá, Arboletes, Necoclí, Chigorodó y Mutatá, como parte del paro armado de 40 días que hicimos ese mes de octubre. Éramos los autores intelectuales de los paros. Esa noche, en Turbo íbamos a tomar el comando de la Policía, el apostadero, la base de la Armada Nacional. Yo estuve afuera de Turbo, pero no ingresé al pueblo, porque el grupo de choque, que era el grupo de avanzada, el que abría fuego, cometió un error. Y en realidad el problema fue que el pueblo estaba muy despierto y no se podía agredir al pueblo. Y esa toma fue un fracaso. En 1991, nos desmovilizamos y creamos el movimiento político Esperanza, Paz y Libertad, con sede en Apartadó, pero las Farc nos consideraron traidores. Y como civil, fui víctima de esa guerrilla, mataron a un primo, pero hoy no guardo resentimiento.

—Pero eso, y por la masacre de La Chinita (23 de enero de 1994), la masacre de Bajo del Oso (20 de septiembre de 1995), la masacre de Osaka (14 de febrero de 1996), comandada por Karina, pensamos: “No nos vamos a dejar que nos maten”, y tomamos la decisión de incorporarnos a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) para salvarnos. Organizamos un grupo y nos presentamos en la vereda El 35, por San Pedro de Urabá, donde estaba el fuerte de las AUC. En ese entonces nuestro comandante fue Carlos Castaño, quien nos vio como civiles, no como guerrilleros. “No quiero que me los toquen”, dijo. Fue un entrenamiento cortico por la experiencia militar que ya teníamos. Así cambiamos las escopetas del Epl que era el armamento preferido, porque era mejor para una emboscada que el fusil –los balines de los cartuchos se dispersan– por el AK-47 y el lanzagranadas MGL de las Autodefensas, aunque en el Epl también usábamos carabina M1 y fusiles R-15, M-16, M-14. En el 2005 me desmovilicé.

Finalizada su presentación se abrazaron y se perdonaron. Por lo acontecido esa noche del 23 de octubre de 1988, Francisco se salvó de tres balazos: del primero, porque a pesar de estar tendido, el culatazo del fusil hizo que la bala se desviara hacia el brazo; del segundo, porque el pistoletazo fue hecho a mayor distancia e ingresó por un costado del rostro que le perjudicó el globo ocular y le atravesó la nariz; del tercero, porque al enterarse de que había sobrevivido, a los ocho días del suceso la guerrilla lo buscó en su casa para rematarlo, pero no lo encontró.

El cover, perdonar

Ese abrazo a principios del 2018 marcó y enmarcó la presentación de un pensamiento –en el corregimiento El Reposo, de Apartadó–, del cual se podría afirmar que es más un proyecto del alma que un proyecto de vida: la creación de la Asociación por la Reconciliación, Paz y Desarrollo de Urabá (Asorepad), de la que Francisco es el presidente, agrupación que enarbola la idea de acoger a víctimas, victimarios y exmiembros de la Fuerza Pública afectados por el conflicto; es decir, una asociación de enemigos del pasado con un plan de amistad para el eterno presente y un proyecto productivo para el futuro, y que solo exige como cover el perdón.

Este ideal que se transformó en una granja turística, tuvo en principio el me gusta del Fondo de Reparación de la Unidad para las Víctimas (FRV), que le entregó a Asorepad, en octubre del 2018, en la figura de comodato, un terreno que administra de 3,3 hectáreas, en la vereda El Cirilo, vía Turbo-Necoclí, con el fin de apoyar su proyecto, además de entregarles en diciembre del 2020 insumos como madera, cemento, tanques, láminas, ladrillos, entre otros, para el desarrollo de su plan agroturístico.

—El terreno era casi jungla, monte, una rastrojera. Todo ha sido cultivado, menos los árboles grandes. Es una granja con diferentes tipos de siembra: plátano, yuca, papaya, guanábana, mango, ñame, caña, hortalizas, árboles frutales regados, con el objeto de que alguien que vaya pueda caminar, disfrutar —dice Francisco, con las plegarias puestas en un buen porvenir, y con esa fe que le apuesta a su mar, el Caribe, quizás “porque su niñez sigue jugando en su playa, y escondido tras las cañas duerme su primer amor, porque llevan su luz y su olor por dondequiera que vaya y amontonado en su arena guardan amor, juegos y penas, y porque ellos en la piel tienen el sabor amargo del llanto eterno que han vertido cien pueblos”, parafraseando la inmortal canción Mediterráneo, que el catalán Joan Manuel Serrat bien podría dedicarle al Golfo de Urabá.

—Nuestro turismo es el mar. Para eso hay que instalar cabañas y el acueducto, porque la idea es ofrecer un servicio de esparcimiento, de relajación, de integración, para que se den cuenta de que todo fue hecho por personas que estuvimos en la guerra desde varios puntos de vista, bien sea como víctimas o victimarios, y que hoy estamos integrados, trabajando en esta propuesta, que es un laboratorio de paz —asegura Francisco.

—La idea también es que nos genere un ingreso para trabajar solamente aquí, porque por ahora nos toca trabajar también por otro lado —recalca Alfredo—.

Ambos, pese a haber estado en diferentes puntos de mira, tienen presente el aporte de la Ley de Víctimas que cumple 10 años.

—Gracias La Ley 1448 de 2011 estamos aquí, no existiríamos; en Asorepad nos la creemos, y así sea un comodato lo vemos como nuestro, como nuestro futuro. Si no hubieran ampliado la vigencia de la Ley de Víctimas estaríamos en el limbo, preocupados como un… —madrea Francisco.

—Ha sido positiva la Ley por los proyectos que brindaron. Todos somos víctimas, yo ataqué y me atacaron. Pero falta algo. Hemos tocado puertas para buscar recursos en otras partes… nos dicen sí, pero al enterarse de que las tierras están en comodato, entonces nos dicen no —expresa Alfredo.

—Tenemos el temor de que llegue una carta que nos informe que nos quitan la tierra. Este es un laboratorio de paz, que la gente pueda ver que el que está al lado es el casi me mata. No solo es trabajar con un desmovilizado de un grupo al margen de la ley, sino que también es mi vecino y que convivimos en una sociedad a la que le ha sido difícil aceptar como vecino a una persona desmovilizada. Aquí le decimos a la gente: “El que ve ahí fue del Epl, ese otro era de las Autodefensas, él me trajo aguacate y yo le di plátano, y es vecino mío” —enfatiza Francisco.

Durante la pandemia, su granja turística les ha dado comida como un verriondo, como lo afirman Francisco, Alfredo y otros miembros de la asociación. “La ganancia, además, ha sido la tranquilidad, la integración, la familiaridad y la amistad”.

Por eso sueñan con la prosperidad de esa hermandad, que no repara en el origen chocoano, paisa, costeño… El diagnóstico de ese ensayo fraternal hasta el momento es positivo. “Creemos en el FRV”, dicen. Y por esa fe también sueñan con implementar un proyecto piscícola y con galpones avícolas. Sueñan con otras entidades que “apadrinen ese ideal, como si el proyecto de paz y reconciliación fuera de ellos”, porque como todo ensayo o experimento, este necesita de su laboratorio, y el país, de su ejemplo.

* Periodista de la Unidad para las Víctimas.

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