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Al Guaviare en nombre de Dios

Manuel Mancera estuvo en La Paz, donde las Farc entregaron otros cuatro plagiados y le dijeron que Íngrid estaba mal. Hecho rutinario para un cura que lleva 20 años en medio de la guerra. Estas son sus vivencias.

Enrique Rivas

05 de marzo de 2008 - 07:00 p. m.
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La primera vez que el padre Manuel Mancera llegó al Guaviare, hace 20 años, sintió como si hubiera ingresado al infierno. Eso jamás se le olvida porque lo curtió en lides contra el demonio. Para él es imposible pasar por alto aquellos días en los que las prostitutas se levantaban la ropa para exhibirle los senos a su paso y los campesinos le daban pasta de coca como limosna. Eran tiempos en los que la muerte abonaba con sangre la selva y la palabra de Dios se perdía en la manigua.

Pero el religioso no sucumbió ante las tentaciones del Guaviare ni se apartó de la fe, aunque hoy sigue inmerso en medio de la zozobra que produce vivir en una zona de conflicto, donde en las últimas semanas el Gobierno ordenó a las Fuerzas Armadas cercar a la guerrilla y en donde casi a diario se reciben noticias de la ex candidata presidencial Íngrid Betancourt o de los demás políticos y militares que aún permanecen en poder de la guerrilla de las Farc.

Desde hace dos años oficia en la vereda La Libertad, jurisdicción del municipio de El Retorno, donde precisamente el pasado 10 de febrero las Farc entregaron a Clara Rojas y a la ex congresista Consuelo González de Perdomo. La misma zona en la que el jueves anterior Gloria Polanco, Orlando Beltrán, Luis Eladio Pérez y Jorge Eduardo Géchem Turbay también recuperaron la libertad en otra gestión del gobierno venezolano y la senadora liberal Piedad Córdoba.

El padre Manuel, de 45 años de edad, conserva en su memoria interminables vivencias que lo atormentan. El Espectador lo visitó en su parroquia y reconstruyó con él parte de su experiencia sacerdotal compuesta de historias que no pueden quedar en el anonimato. Como siete años de bendiciones en el turbulento e insólito municipio de Miraflores, decenas de desapariciones que nunca se contabilizaron en cifras oficiales y por lo menos 700 víctimas de la guerra a las que ha tenido que darles cristiana sepultura.

Una vida religiosa que emprendió en seminarios de Choachí y Medina (Cundinamarca), La Ceja (Antioquia), Itsmina (Chocó) y Bogotá, hasta llegar al municipio de San José del Guaviare en 1988, cuando el padre Juan Manuel Cruz lo presentó ante monseñor Belarmino Correa, quien a su vez lo terminó enviando como misionero a Miraflores, en reemplazo de un párroco que salió corriendo del pueblo después de la primera toma guerrillera de las Farc.

A los 20 días de haber llegado, presenció por primera vez un combate entre el ejército y la guerrilla, ubicados en las dos orillas del río Guaviare. En medio de las hostilidades, el padre Manuel tomó un parlante y, a pulmón abierto, gritó: “¡Cómo es posible que se estén agarrando y disparando al templo!”. Los combates cesaron minutos después y el cura Mancera pasó exitosamente la primera prueba de fuego.

“Todo fue muy duro hasta 2002. Recuerdo que a finales de diciembre, un día me llamaron al despacho porque iban a matar a dos muchachos acusados de violadores, a quienes la guerrilla tenía encarcelados en una residencia. Yo fui a hablar con el comandante Enrique y le expliqué por qué no podía ejecutarlos. Él me respondió que no me metiera. De regreso a la iglesia escuché un disparo y segundos después encontré el cadáver de uno de ellos con un letrero encima: “Lo matamos por violador y siguen otros”.

Al otro día sacó el cadáver sin permiso de la guerrilla y recorrió las calles del pueblo con el muerto. En cada esquina se detuvo a predicar frente a quienes bebían licor, hablándoles del respeto a la vida. A medida que avanzaba en su marcha, el bullicio se fue reduciendo hasta que todo Miraflores quedó en silencio. Sólo escuchó una frase en voz baja: “Lo van a matar”. Pero siguió vivo y con la satisfacción de haber ayudado a huir al otro condenado en el mismo avión que sacó al muerto rumbo a la ciudad de Pereira.

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Así pasó muchos años. Los fieles de sus misas dominicales eran habitualmente raspachines y fueron muchos los cocaleros que tuvo que asistir en sus entierros. Fue testigo excepcional de juicios populares contra ladrones o informantes del ejército, y más de una vez vio largas filas de pobladores pagando multas por no trabajar en labores comunitarias ordenadas por las Farc.

Fue una época en la que la dinámica de la coca trazó las líneas de conducta del pueblo. “Hubo un momento en que ya no circulaba dinero y todo se compraba con gramos de coca, desde los alimentos hasta el licor. Yo celebraba misa los domingos y la gente llegaba a la iglesia a donar bolsas de coca como limosna. Hubo días en que dejaban hasta 30 bolsas. Había que adaptarse a todo, aunque el límite llegó en agosto de 1998, cuando las Farc atacaron la base de Miraflores y se llevaron a muchos policías.

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Ese día el padre Mancera no estaba en Miraflores sino en Villavicencio, y de inmediato tomó un vuelo hasta Barranquillita. Después se encontró a su paso a la guerrilla con los secuestrados. Cinco horas después, encontró la iglesia hecha pedazos y las calles del pueblo repletas de soldados. Pero la masiva presencia militar no duró mucho. Pronto volvió el desorden de la coca y, como hoy lo recuerda, en un solo fin de semana alcanzaron a llegar hasta 1.200 prostitutas al pueblo.

Una situación tan caótica que lo llevó a pedirles a las Farc que intercedieran para que fueran retirados los prostíbulos del pueblo, porque los niños que iban al colegio debían transitar frente a ellos. La guerrilla acató la sugerencia y sólo quedaron los locales comerciales. Los prostíbulos fueron trasladados hacia la salida del pueblo y así nació la zona de tolerancia que bautizaron después como El Cilindrazo, donde muchas jóvenes se hacían en un fin de semana hasta $6 millones.

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“Recuerdo, por ejemplo, una famosa discoteca que se decía había costado $1.000 millones. Se llamaba ‘Sodoma, el templo del placer’, y la gente decía que hasta Manuel Marulanda había estado un día tomando whisky. Yo bauticé el negocio como la maldición del paraíso y el antro del demonio, y según los habitantes, los clientes pagaban hasta $200.000 por ver actos sexuales en vivo. Hasta que un día asesinaron a cuatro empleados y volvió el Ejército. Pero tampoco se demoró mucho esta vez y siguió el caos”.

De esta manera, espantando con una cruz en la mano a sicarios, guerrilleros o paramilitares que han intentado asesinarlo varias veces, o constatando cómo muchos de sus fieles fueron señalados como guerrilleros o paramilitares y luego desaparecidos en las noches, el padre Mancera sigue al frente de su parroquia, aunque admite las dificultades de su oficio: “La Iglesia no se derrumbó en su moral y por eso la gente ha seguido llegando al templo. Ya los cultivos de coca están erradicados, pero el Guaviare permanece en la miseria”.

Por Enrique Rivas

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