
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
He oído decir que hay países que no tienen una constitución escrita. Son países de una larga historia, donde los grandes asuntos de la vida y los pequeños asuntos del Estado se rigen por las tradiciones, la costumbre, el espíritu de las leyes y el sentido común.
En cambio, hay sociedades donde se piensa que cada cosa de la realidad tiene que estar reglamentada, y me recuerdan aquel libro oriental que legislaba sobre todas las circunstancias humanas y en el que se lee que un viernes por la tarde un sastre no puede salir a la calle con una aguja. Caprichosas normas añadidas a la realidad por el ocio de algún legislador y que están en el otro extremo de las prolongadas costumbres, a las que se ha llegado, sin duda, por una experiencia de años o de siglos.
Es cuando faltan las costumbres cuando terminamos legislando sobre todo, y Nietzsche tenía razón cuando dijo que cualquier costumbre, hasta la más inexplicable —como la costumbre de los kamchadales de que no se puede quitar el hielo de las botas con un cuchillo, o la de los japoneses de que no se deben pinchar los alimentos con los palillos sino solo tomarlos con ellos—; cualquier costumbre, decía, es preferible a la falta de costumbres. (Recomendamos el especial de El Espectador sobre los 30 años de la Constitución. Video testimonial de los exconstituyentes de 1991).
Hace días tuve un sueño extraño: soñé que alguien me decía que la Constitución no es la solución, sino que la Constitución es el problema. Al despertar me pregunté qué querría decir aquel sueño, y fue entonces cuando recordé que hay países que no tienen constitución escrita o que, al menos, no dependen de ella de una manera tan paralizante como el nuestro.
Más de una vez he oído decir que en los países donde más abundan las leyes es donde más se las transgrede, y Colombia parece hecha para demostrar esa afirmación. Aquí no son unos cuantos infractores los que se atreven a transgredir la ley; a veces sentimos que la sociedad entera tiene la tendencia a transgredirla, y más asombroso es advertir que incluso la transgreden los encargados de dictarla, aplicarla y sancionar su violación.
Naturalmente, cuanto más se la profana más se alza el grito de alarma, más se proclama el anatema, más nos estremecemos de un sentimiento de escándalo sincero o simulado. Y sin embargo nos resultan muy familiares las expresiones “por debajo de cuerda”, “por debajo de la mesa”, “aquí entre nos”, “cómo arreglamos”, “cómo voy yo”, “cómo le hacemos”...
Unas leyes severas, incluso inflexibles, como en la naturaleza, son necesarias, pero esas tienen que ser las que dicta la costumbre y el sentido común: aquellas cuya validez todo el mundo reconoce. Lo extraño es que haya leyes que nadie reconoce, que nadie acata o, peor aun, leyes que no logran tener utilidad porque ni siquiera tienen sentido. Si una licencia de conducción es la prueba de que alguien sabe manejar un vehículo, ¿por qué habría de tener caducidad? ¿Corre alguien el riesgo de que se le olvide manejar de la noche a la mañana?
Yo llevo casi treinta años hablando de los terribles dramas de la convivencia en nuestro país, de la violencia que nos arrebata día tras día vidas de ciudadanos, de la falta escandalosa de trabajo formal, de la crisis tremenda de la justicia, de las cosas que hacen que Colombia sea uno de los países más desiguales del mundo, de nuestro pobre acceso al conocimiento, de la creciente pérdida de libertad que nos impone este modelo, de los antiguos y mezquinos poderes que continuamente impiden la paz. Qué asombroso es leer, en el preámbulo de nuestra Constitución, vigente hace ya treinta años, estas palabras: “El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano, representado por sus delegatarios a la Asamblea Nacional Constituyente, invocando la protección de Dios, y con el fin de fortalecer la unidad de la Nación y asegurar a sus integrantes la vida, la convivencia, el trabajo, la justicia, la igualdad, el conocimiento, la libertad y la paz, dentro de un marco jurídico, democrático y participativo que garantice un orden político, económico y social justo, y comprometido a impulsar la integración de la comunidad latinoamericana, decreta, sanciona y promulga la siguiente Constitución Política de Colombia”.
A veces pareciera que en nuestro mundo las palabras van por un camino y la realidad va por otro. Hace mucho tiempo Barba Jacob escribió aquellas palabras paradójicas: “La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”: aquí por lo menos es evidente que las palabras no han bastado para lograr que los hechos ocurran. Un famoso pensador afirmó que no son las constituciones las que hacen a los países sino los países los que hacen a las constituciones, y que es un error pensar que son los árboles los que mueven el viento.
Pero quisiera reflexionar aquí no solo sobre la ley sino sobre la letra de la ley, sobre el lenguaje. Ningún lenguaje es inocente, pero el de la ley bien podría ser el menos inocente de los lenguajes. Sabemos que son los pueblos los que hacen las lenguas y que son tardíamente los gramáticos quienes los codifican y sistematizan sus leyes. Pero eso no significa que los pueblos no puedan volver a crear, modificar, reinventar los lenguajes. La lengua solo está viva si se mueve, si dialoga con el mundo, si toma continuamente el pulso de la realidad, si se deja electrizar y moldear por ella.
Sin embargo, a menudo la gramática, que es una parte de la lengua y no su dueña, tiende a asumir el papel de guardiana severa de una pureza que a menudo no es más que un molde que inmoviliza la lengua y corre el riesgo de fosilizarla. Grande era el latín, pero si unos tribunales hubieran impedido su transformación, hoy no existirían el francés, el italiano, el portugués, el inglés, el rumano, ni esta lengua que hablamos.
Alguna vez Borges se atrevió a llamarla “ese latín venido a menos, el castellano”, y es verdad que por mucho tiempo el castellano perdió el poder reflexivo del latín, su intensidad filosófica, su perspicacia científica; siguió sometido a las pautas y a veces a las tiranías taxonómicas del latín, perdió la fuerza oratoria, la lógica jurídica y hasta el esplendor literario de la lengua de Séneca, Lucrecio, Plinio, Cicerón y Virgilio. Pero fatalmente tenía que perder lo que perdió para poder ganar lo que ha ganado.
Para mí como escritor siempre ha sido muy importante pensar en el modo como llegó a estas tierras la lengua que hablamos. A un continente donde no existía la propiedad privada, el principio de la propiedad llegó en el filo de las espadas, pero el sentido de la propiedad llegó con la ley. Es quizá por eso que aquí, donde estaba el reino de la tradición oral, el título de propiedad se llamó la escritura, con un sentido casi bíblico, inquietantemente religioso. Y desde muy temprano el peso de la ley positiva primó sobre el poder de la costumbre.
Mucho tiempo en los campos, fieles a la vez a la fuerza del mestizaje y acaso a una herencia de hidalgos, aquí se respetó la palabra antes que la intimidación de los códigos. Pero si ya había una distancia, un vacío, una zona de frío y a veces incluso un abismo entre la realidad y el lenguaje, esa distancia empezó a ser mayor entre la letra de la ley y la conducta.
Mucho se sabe que la ley es un límite, mucho se sabe que una vez establecida legítimamente tiene poder coercitivo, mucho se dice que la ley es la garante del orden social, porque de no ser por ella el hombre sería un lobo para el hombre. Pero todavía nos falta garantizar que a cambio de que el hombre no sea un lobo para el hombre no estemos permitiendo que el Estado sea un lobo para el hombre.
¿Qué Estado es el que supuestamente garantizará nuestro orden social, nuestra convivencia, nuestra dignidad, nuestra prosperidad? ¿Basta que lo llamemos Estado para que automáticamente se tenga por legítimo? ¿Y qué podría pasar cuando muere el consenso o cuando se hace evidente que el consenso no existía?
¿Este Estado —que le debemos a santo Tomás de Aquino, a Hobbes, a Montesquieu, a los collares de sangre (como los llamó Giovanni Papini) de la Revolución francesa, a los cañones de Napoleón— sí interpreta suficientemente este mundo distinto, su naturaleza, su mestizaje, su complejidad cultural? ¿Y el lenguaje en que lo consagramos en nuestras constituciones, en nuestras leyes, sí nos ha permitido hablar con una lengua libre?
Mucho hemos cambiado en el último siglo para que nuestra lógica y nuestras premisas culturales sigan siendo las mismas de don Miguel Antonio Caro. Yo entiendo que hace 130 años todavía estuviéramos sometidos al dios de Israel, a la lengua de Castilla, a las instituciones de Francia y a los tribunales de Roma; yo entiendo que la misa se dijera en latín y que las normas se amonedaran en la jerga singular de los tribunales y en el dialecto especializado de los tribunos.
Pero ese sueño que tuve me hace formular una pregunta: ¿no conviene que los asuntos de la vida se tramiten en el lenguaje de la vida? ¿Hasta cuándo tendremos que creer que nuestra vida cotidiana, nuestros esfuerzos, nuestros amores, nuestros desvelos, nuestros sueños solo pueden tramitarse en la lengua de los tribunales?
Llevamos mucho tiempo viviendo entre el Paraíso perdido y la Tierra prometida. Aquí, donde la ley siempre le dio la razón al más fuerte, y donde los que desconocían la escritura vieron que la escritura ponía sus tierras en manos de otros; aquí, donde tenemos rostros y sueños y manos mestizos, pero tenemos que tener romanos la lengua y el corazón, podríamos atrevernos a sospechar que hay una razón profunda para que la ley no haya entrado profundamente en nuestras conciencias.
Alguna vez la ley se hizo contra nosotros, pero siempre se hizo sin nosotros, sin que cupieran en ella estos toches, estos guayacanes, estos ríos de barro, estas selvas, estos páramos, estas viejas mitologías, estos viejos pactos con la tierra, estos cestos llenos de viejas palabras, estas serranías tatuadas de jaguares y de mapas del cielo, estos pies que se atreven a pisar la tierra, esta sagrada sangre seca en la llanura de las lanzas rotas, y tal vez lo que necesitamos es una ley húmeda de nuestra saliva, encendida en estos volcanes, arrullada por esta música; una ley en cuyo espejo podamos ver belleza en nuestros rostros y antigüedad en nuestras miradas.
Tal vez solo entonces, como oyendo una voz muy profunda que viene de las tumbas y de las estrellas, cada uno de nosotros sentirá que esa es una ley viva y noble que vale la pena respetar, que vale por su capacidad de ayudar y no de intimidar, y sentiremos que transgredirla sería dolorosamente traicionarnos.