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9 Aug 2021 - 12:12 p. m.

Cuatro contemporáneos: Gaviria, Galán, Lara y Samper

El historiador Álvaro Tirado Mejía recordó la generación de liberales que marcó las últimas décadas del siglo XX. Algunos fueron asesinados, otros llegaron a la presidencia y tuvieron que capotear el complejo país de los años 90.
El historiador Álvaro Tirado Mejía dejó en el papel sus memorias de algunos de los momentos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en el libro El Presente como Historia, que estará en librerías desde esta semana.
El historiador Álvaro Tirado Mejía dejó en el papel sus memorias de algunos de los momentos más importantes de la segunda mitad del siglo XX en el libro El Presente como Historia, que estará en librerías desde esta semana.
Foto: Cortesía

El historiador Álvaro Tirado Mejía consignó sus memorias en el libro El Presente como Historia, de editorial Debate y que estará en las librerías desde esta semana. Entre los varios capítulos, el también académico tuvo un apartado especial para recordar la generación de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, César Gaviria y Ernesto Samper, todos jóvenes liberales que marcaron las últimas décadas del siglo XX. Algunos fueron asesinados por las manos del narcotráfico y otros alcanzaron a llegar a la presidencia. El Espectador reprodujo este capítulo, en el que Tirado Mejía recordó a estos cuatro líderes del liberalismo.

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En las postrimerías del gobierno de Virgilio Barco, después de sortear todas las formas concebibles de la violencia, el país parecía vislumbrar una nueva esperanza de renovación institucional mediante una nueva Constitución, conducente a la anhelada paz. Entre los líderes jóvenes más destacados, contemporáneos y animados en el mismo espíritu liberal, se destacaban César Gaviria, Luis Carlos Galán, Ernesto Samper y Rodrigo Lara, que había sido asesinado. Con fundadas esperanzas el país aspiraba a que recogieran con éxito la bandera de modernidad.

Conocí a César Gaviria a principios de los años ochenta cuando era parlamentario. En un par de ocasiones lo invité a Medellín, a la Corporación Foro Regional, para participar en mesas redondas sobre la economía colombiana. Era una persona brillante, especialmente inteligente, que puede lograr una gran abstracción y, al mismo tiempo, mover las fichas políticas con realismo y frialdad. Durante el gobierno del presidente Barco fue el encargado de comunicarse conmigo para ofrecerme el cargo de primer Consejero Presidencial para los Derechos Humanos. Al inicio de ese gobierno, César Gaviria había ocupado con éxito el Ministerio de Hacienda y más adelante había sido transferido al Ministerio de Gobierno por su pragmatismo. En efecto, el manejo del esquema Gobierno-oposición, planteado y llevado a cabo por el presidente Barco, estaba teniendo dificultades y era necesario poner al frente a un político, pasar de la politología a la política. Pudimos trabajar coordinadamente durante el desempeño de mis funciones como Consejero Presidencial para los Derechos Humanos, debido a que teníamos identidades democráticas y profundo respeto por los derechos humanos. Ya César Gaviria había denunciado en el Congreso la presencia de más de cien grupos paramilitares en el país y su acción funesta. Juntos presentamos un proyecto de ley que permitía ejercer funciones de protección de los derechos humanos a los personeros municipales.

Al igual que el gobierno del presidente Virgilio Barco (1986- 1990), el de César Gaviria (1990-1994) tuvo que afrontar una situación de violencia antiestatal muy delicada y ambos, con coraje, enfrentaron el narcoterrorismo de los diferentes carteles que azotaban al país. En el Gobierno de Barco fue un buen ministro de Hacienda, y como ministro de Gobierno manejó unas situaciones de orden público complejas, los procesos de paz con el m-19 y el epl concluyeron en su gobierno y adelantó el manejo político para la Constituyente, que se realizó durante este. Por muchos aspectos su mandato amerita el término de “revolcón”, que él acuñó en su posesión. Tal vez la obra más importante como gobernante fue la Constitución de 1991, en la cual tuvo un gran desempeño Humberto de la Calle como ministro de Gobierno. Su apertura económica ha tenido partidarios y contradictores, de la misma manera que amplios sectores criticaron el manejo que se le dio a la detención de Pablo Escobar en la cárcel La Catedral.

A finales del Gobierno del presidente Barco se realizó una reunión de la Internacional Socialista en Viena, a la cual acudí a nombre del Partido Liberal con César Gaviria, quien acababa de dejar su cargo de ministro. El embajador de Colombia era Mario Laserna, quien nos había preparado algunas entrevistas y que muy amablemente quiso acompañarnos a una reunión sobre el Partido Liberal y la Internacional Socialista, con la dirigencia del Partido Socialdemócrata de Austria. El embajador Laserna hizo una presentación y antepuso que él pertenecía al Partido Conservador, tradicional contradictor político del Partido Liberal, pero que consideraba adecuada la participación de este último en el esquema socialdemócrata por el papel que había desempeñado en la historia de Colombia y porque era un partido democrático y con contenido social. En nuestras conversaciones de viaje le pregunté a Gaviria por sus aspiraciones y, de manera muy sincera, me contestó: “Hombre, yo soy un parlamentario de provincia, entonces voy a considerar mi lanzamiento como senador de mi departamento”. Al poco tiempo ya era presidente.

Aprovechando la cercanía de Praga, organizamos un viaje con César Gaviria y su esposa Ana Milena. Praga es una de las ciudades más bellas del mundo y, para esa época, Checoslovaquia estaba regida por un gobierno dentro del bloque que se proclamaba comunista. En el ambiente se sentía una gran tensión política porque el régimen soviético, con sus satélites, ya estaba debilitado y, muy especialmente, porque los checos tenían presente la reciente invasión soviética que había terminado por la fuerza el experimento de la Primavera de Praga. Enrique Parejo era el embajador de Colombia en esa ciudad, fue nuestro anfitrión y nos acogió muy amablemente. Lo habían trasladado de Hungría a Praga, después del atentado que casi le cuesta la vida en Budapest. Ya Galán adelantaba su campaña presidencial y había nombrado a César Gaviria jefe de debate, pero uno notaba cierto malestar en el embajador. Deduzco que Parejo, que había acompañado a Galán en el Nuevo Liberalismo, aspiraba a ser su segundo, y posiblemente se sentía desplazado por Gaviria que acababa de salir del oficialismo. Allí contamos con la fortuna de tener un guía de primerísima calidad que nos había recomendado la Embajada, un profesor de Historia del Arte, que hablaba un perfecto español porque la investigación de su tesis doctoral la había hecho en México sobre la influencia arquitectónica de las iglesias jesuitas en las iglesias coloniales.

Por esa misma época, en Viena se iba a celebrar una exposición excelente sobre la pintura en el periodo de Carlos V. El profesor, como gran experto, había pedido permiso para visitarla; sin embargo, las autoridades le habían impedido salir del país porque él era uno de los firmantes de los manifiestos que se produjeron por esos días, pidiendo libertades públicas y criticando al Gobierno y la presencia soviética. Por supuesto, esa experiencia me sirvió para confirmar el tratamiento que se daba en ese tipo de régimen a los artistas e intelectuales, y la negación de las libertades de pensamiento, expresión, locomoción y muchas otras más.

En mi calidad de miembro de la cidh, coincidí en la oea con César Gaviria quien, en una campaña relámpago, apoyada eficientemente por la canciller Noemí Sanín y el embajador en la oea, Julio Londoño, fue elegido secretario general de esta entidad. En ambas funciones tuvimos una comunicación esporádica y oficial, en la medida en que la Comisión Interamericana es un órgano independiente.

César Gaviria jugó un papel importante en la renovación de la oea, una organización bastante anquilosada. Durante su mandato, con su apoyo se realizó la discusión y aprobación de la Carta Democrática, uno de los instrumentos más importantes de la organización. Asimismo, el sistema de derechos humanos fue objeto de su preocupación y tanto la cidh como la Corte Interamericana de Derechos Humanos contaron con su apoyo para sus gestiones y para la obtención de recursos. Durante el proceso de su elección como secretario general, algunas ong colombianas hicieron campaña en su contra so pretexto de que no estaba comprometido con los derechos humanos, pero, paradójicamente, al terminar su periodo, la cidh reconoció su compromiso con ellos y el que hubiera respetado la independencia de la Comisión para nombrar a su secretario ejecutivo.

Tras su importante labor como gobernante y en la oea, César Gaviria ha compartido sus actividades personales con las políticas y en los últimos años como dirigente del Partido Liberal. Sin embargo, en esta época no ha mostrado el mismo ímpetu renovador que lo caracterizó y su acción política se ha reducido a administrar lo que queda del viejo Partido Liberal.

Como ya se ha anotado, la primera vez que vi a Luis Carlos Galán fue en Medellín, en 1963, en un congreso de estudiantes en el cual mostró sus dotes de orador. Tiempo después tuve la oportunidad de un acercamiento más directo con él, que se prolongó durante el resto de su vida. La Corporación Foro Regional, que yo dirigía, inició sus labores en 1981 con un foro sobre los problemas de las grandes ciudades en Colombia en el que participó Luis Carlos Galán. Recuerdo que fui por este al aeropuerto Olaya Herrera de Medellín, el de Rionegro no existía aún, y en el trayecto me comentó sobre su urgencia de hablar con el doctor Carlos Lleras, que se encontraba en Europa, sobre un movimiento aparte que quería lanzar y que se convirtió en el Nuevo Liberalismo. Comentó que el doctor Lleras parecía reacio a acompañarlo en esa empresa que significaba vuelo propio, como efectivamente sucedió. Carlos Lleras Restrepo fue uno de los más importantes estadistas que ha tenido el país y una de las figuras históricas del Partido Liberal, pero, seguramente, en su madurez quería reservarse la gran influencia que siempre tuvo dentro del partido. Galán no esperó su decisión y procedió a crear su movimiento, lo cual dejó ciertos resquemores.

Tuve una buena relación con Galán, a pesar de que nunca pertenecí a su grupo político. Aprecié su trabajo en la revista Nueva Frontera, que dirigía el doctor Lleras, y admiré su temprano liderazgo. Participé con él en un seminario que propició Ernesto Samper, como director de la Asociación Nacional de Instituciones Financieras (anif), sobre la abstención electoral. Pude conocerlo más de cerca cuando se agravó la situación de derechos humanos en el gobierno de Turbay. Fuimos adversos al Estatuto de Seguridad, y por esa época se realizó el primer Foro Nacional de Derechos Humanos, al que acudieron representantes liberales, conservadores, comunistas, socialistas, de la Iglesia, y entre ellos se destacaba un grupo: el Nuevo Liberalismo, y muy especialmente Luis Carlos Galán. El Nuevo Liberalismo estuvo representado por Galán, su esposa Gloria Pachón, Enrique Parejo, Jaime Vidal Perdomo, César Pardo y otros dirigentes.

Estando en la Consejería de Derechos Humanos, viajé con Galán a la Florida para hablar con las comunidades colombianas en el exterior; también a Guayaquil, Ecuador, a un congreso latinoamericano, y constaté su don de gentes, su acercamiento a la población y sobre todo su seriedad. Galán no perdía un minuto, incluso en los vuelos hablaba de los problemas del país, no había en él nada de banalidad. Era muy natural. Estaba muy ilusionado con su futuro político. Me invitó a conocer la nueva sede que refaccionaba en Bogotá para su movimiento y llamaba la atención cómo disfrutaba refiriéndose a las reuniones que se celebrarían allí y la pasión y el convencimiento con que él hablaba sobre el futuro de Colombia. Su porvenir político se estaba despejando hacia la Presidencia.

Durante mi gestión en la Consejería tuve los apoyos francos y decididos de Luis Carlos Galán y de su grupo, sólidos defensores de los derechos humanos y de la pulcritud en el manejo de los asuntos del Estado. Al terminar mi gestión se trasladó desde Bucaramanga para acompañarme en un acto que se celebró en el Hotel Tequendama en Bogotá, con motivo de mi retiro y como manifestación explícita en favor de la vigencia de los derechos humanos.

A pesar de no pertenecer al Nuevo Liberalismo conservé la amistad con muchos de sus dirigentes y militantes, especialmente los de Antioquia. Entre estos tengo presente a Iván Marulanda, Juan Guillermo Jaramillo, Rebeca Dinner, Silvio Mejía, Luis Fernando Arbeláez, Tulio Gómez y otros más. Siempre aprecié su posición democrática y liberal, así como su valor para denunciar la influencia del narcotráfico en la política en una época en la que sostener estos valores podría tener consecuencias gravísimas. Precisamente, con ellos participé en un comité que se formó en Medellín para ofrecerle un homenaje de solidaridad y desagravio a Enrique Parejo, quien había padecido un atentado ejecutado por el Cartel de Medellín, que lo dejó malherido y casi le cuesta la vida. El homenaje, al que también invitamos a Nancy Restrepo, viuda de Rodrigo Lara, otra de las víctimas del narcoterrorismo, se realizó en el Club Unión y, a pesar de las implicaciones que se podrían derivar de su asistencia, fue muy concurrido. Precisamente por esa posición vertical contra el narcotráfico las cosas se agravaron. Unos pocos días antes de su asesinato, Galán estuvo en mi casa en una comida con un grupo reducido, en el que nos encontrábamos Enrique Santos, José Blackburn, mi esposa y yo. Al producirse el asesinato de Luis Carlos, Enrique Santos escribió una crónica en la que relata algunos pormenores de esta comida, la angustia que Galán sentía por su seguridad, ya que se acababa de librar de un atentado en Medellín. Estaba muy preocupado por lograr un acercamiento con los dirigentes regionales del Partido Liberal, pues ello era necesario para el éxito de su candidatura presidencial. No dejó de preguntar por lo que ocurría en el Partido Liberal en Antioquia. Galán se sentía solo y asediado por tanta violencia, pero al mismo tiempo se le veía sereno y animado cuando visualizaba su porvenir político.

Cuando yo estaba de embajador en Suiza se conmemoró el aniversario de su asesinato y se celebró una misa por Luis Carlos en La Madeleine, en París. Asistimos los embajadores de Colombia que estábamos en Europa y que habíamos tenido relación con Galán y luego tuvimos una pequeña reunión social. Recuerdo que asistieron además de Gloria Pachón, su esposa, que estaba de embajadora en la Unesco, Ernesto Samper, embajador en España; Ricardo Sala, en Alemania; Alfonso Gómez Méndez, en Austria; Álvaro Tirado Mejía; Alfonso Valdivieso, en Israel; César Pardo, en Rumania; y Alberto Villamizar, embajador en Holanda.

Galán inspiraba confianza, fue un hombre recto, muy preocupado por los asuntos del país. Era un demócrata, ejercía un liderazgo cercano a la gente, se acompañaba de una muy buena expresión. Por supuesto, es una banalidad decirlo, pero su muerte fue una pérdida impresionante para el país, una verdadera tragedia. A Gloria Pachón y a sus hijos los aprecio, hacen honor al legado de su esposo y su padre.

Tuve muy buena relación con Rodrigo Lara Bonilla, un hombre muy querido, alegre y capaz. Lo conocí como profesor del Externado, pues siempre tuve una conexión ideológica con esa universidad, con su rector Fernando Hinestrosa y con el maestro Carlos Restrepo Piedrahita, que en ese momento trabajaba en el tema de las constituciones regionales en Colombia. Asistí a seminarios con Rodrigo, el periodista Óscar Alarcón y el magistrado Manuel Gaona Cruz, asesinado en el Palacio de Justicia, con los cuales compartí tertulias y algo de fiesta.

Muy joven, como militante del Partido Liberal, había sido nombrado alcalde de Neiva por el presidente López Michelsen. Luego, durante ese mismo mandato, ocupó un cargo en la Embajada de Colombia en París, donde además adelantó estudios de ciencias políticas y se familiarizó con las ideas que circulaban en Francia. Con el tiempo, Rodrigo se distanció del expresidente López Michelsen. Fue uno de los fundadores del Nuevo Liberalismo y por ese grupo fue elegido senador. Sin embargo, con el correr del tiempo y en una forma amistosa, Rodrigo Lara empezó a distanciarse del Nuevo Liberalismo a causa de una visión diferente de la política. Rodrigo concordaba con su movimiento en lo referente al Estado democrático, a la protección de los derechos humanos y otros aspectos fundamentales, pero era partidario de una acción programática más avanzada o progresista en el campo social. De allí que hubiese iniciado contactos con la Internacional Socialista y asistido a una de las reuniones celebrada por esa organización en Lisboa. En el desarrollo de este proceso estaba tomando contactos con líderes socialdemócratas de la región. Recuerdo un almuerzo en Bogotá al que asistí por invitación de Rodrigo para conversar con Ricardo Lagos, dirigente socialista de Chile y quien más tarde fue presidente de su país (2000-2006), donde se habló de este tipo de acercamientos.

El presidente Belisario Betancur lo nombró ministro de Justicia en un periodo en el cual los narcotraficantes, que cada vez cobraban más poder, querían penetrar el Congreso al igual que la justicia. Ya en el Nuevo Liberalismo se había vetado el nombre de Pablo Escobar Gaviria para representar su lista en el Congreso. Como ministro, Rodrigo Lara estaba adelantando una investigación delicada sobre los dineros del narcotráfico en el fútbol profesional. Con el objeto de quitarle piso político al ministro, los narcotraficantes le tendieron una celada. A su campaña había entrado un dinero respaldado por un cheque de alguien que resultó ser narcotraficante. El cheque fue exhibido en un debate contra el ministro por un parlamentario antioqueño del grupo de Pablo Escobar, y Rodrigo no aceptó responsabilidad. A partir de este debate emprendió una dura y peligrosa campaña contra los narcotraficantes para salvar su nombre, que terminó en su asesinato.

De manera coincidencial me tocó conocer de primera mano el asunto de los cheques esgrimidos. Con antelación al debate, al llegar a la presidencia de la Cámara de Representantes, César Gaviria quería realizar un proyecto editorial sobre pensadores de ideas políticas en Colombia, patrocinado por la Cámara. Para hablar sobre ello nos solicitó a Mario Latorre, Fernando Cepeda y al suscrito, que habláramos con el expresidente López, quien haría parte de un grupo consultivo.

Habíamos concertado con este visitarlo en su casa en las horas de la mañana, en una fecha que coincidió con el día siguiente al debate. Los miembros de la Comisión acudimos a la casa del expresidente con César Gaviria. Por supuesto, la conversación se concentró en el debate de la noche anterior. Para nuestra sorpresa y conociendo el fuerte distanciamiento político entre Rodrigo Lara y el expresidente López, este nos comentó que temprano en la mañana y antes de nuestra llegada ya lo había visitado Rodrigo, me imagino, para pedirle apoyo político. En la conversación, en la cual se habló poco de la colección de libros, se exhibieron las fotocopias de los cheques, que habían sido depositados en la Presidencia de la Cámara, en manos de César Gaviria.

A partir de allí, Rodrigo Lara emprendió un ataque frontal contra el narcotráfico a sabiendas de que eso, casi seguro, le costaría la vida, como efectivamente sucedió con su asesinato un poco después. En esos días yo tenía que viajar al exterior y fui a despedirme al ministerio; lo encontré agobiado, psicológicamente destruido, pues se daba cuenta de que el círculo se le cerraba. Estaba desesperado porque sus enemigos llevaban sus tentáculos hasta su despacho en el ministerio, le desconectaban los servicios públicos y le hacían llamadas amenazantes. Una semana después recibí la noticia de su asesinato que, bien pudiéramos decir, fue una inmolación. Rodrigo se sentía no solamente perseguido, sino solo y abandonado, y le dolía la actitud tomada por su grupo, el Nuevo Liberalismo, que llegó hasta a pedir un tribunal de honor para juzgarlo.

Tiempo después tuve la oportunidad de acercarme a la familia de Rodrigo en Suiza, pues su viuda, Nancy Restrepo, era la segunda en la Embajada que yo ocupaba. Siempre he tenido muy buena relación con ella y con sus hijos. Rodrigo, con inteligencia y decisión, ha seguido la huella política de su padre.

A Ernesto Samper lo conocí cuando era director de la anif, entidad gremial que él convirtió en un importante centro de pensamiento y de debate sobre los problemas nacionales. Precisamente desde allí, hace más de treinta años, lanzó en solitario la audaz idea de la legalización de la marihuana, propuesta que hoy en día concita amplio apoyo internacional pero que en su tiempo fue estigmatizada. Asistí como ponente a un foro que la anif convocó sobre el tema de la abstención electoral, en el que participamos, entre otros, Luis Carlos Galán, con quien a partir de allí anudé una muy buena relación y Jorge Mario Eastman, a la sazón ministro de Gobierno del presidente Turbay. Poco tiempo después, Samper aceptó la dirección de la campaña presidencial de López Michelsen y esto, así como su participación en la Dirección del Instituto de Estudios Liberales, dio lugar a que estableciéramos muy buena relación, facilitada y fortalecida por la simpatía y el humor que lo acompañan. Lo invité a Medellín a los debates que se hacían en la Corporación Foro Regional, que yo dirigía, participé con él en muchas actividades del Instituto de Estudios Liberales. Estuve en la reunión de consolidación de su movimiento, Poder Popular, realizada en Villa de Leyva, a donde recuerdo que viajé con Horacio Serpa, un dirigente aguerrido y buen amigo, quien en ese momento era vicepresidente del Senado. Ernesto Samper cumplió una muy importante labor en el Instituto porque desde allí trató de volver a introducir el debate ideológico y las ideas progresistas en un Partido Liberal que perdía mística y al interior del cual, cada vez más, la mecánica política se sobreponía a los programas y a las ideas. Samper y el núcleo de los miembros del Instituto, por sus planteamientos y posiciones políticas, eran el sector del partido que auspiciaba el acercamiento con la socialdemocracia y la Internacional Socialista.

Por eso no deja de ser sorprendente el hecho de que Samper, sin posesionarse aún pero estando ya elegido como Presidente de Colombia, y teniendo una cita programada y confirmada que ayudé a concertar con Luis Ayala, secretario de la Internacional Socialista en Londres, al llegar a su oficina no encontró quién lo recibiera, lo que dejó en el aire una pregunta sin respuesta: ¿se trató de un muy improbable malentendido en la agenda, o es que acaso hasta allí ya estaban llegando los ecos de lo que más tarde se conoció como el Proceso 8000?

Para mí también fue sorprendente darme cuenta de que el expresidente López Michelsen, a pesar de ser el jefe del Partido Liberal y de su relación con Samper, no votó por este. Yo estaba de embajador en Berna y, como es de rigor, en el Consulado se llevaban los registros de inscripción para las votaciones y las votaciones mismas para los colombianos. Intempestivamente, es decir, unos tres o cuatro días antes de la fecha de las elecciones, supimos que el expresidente López llegaría a Suiza, como efectivamente sucedió. En el entretanto recibí una llamada de una exministra liberal que daba la impresión de actuar por su propia cuenta, para que inscribiera al doctor López porque dadas sus condiciones, su voto era muy importante para el partido. Le respondí que por lo extemporánea de la solicitud no podía hacerlo, máxime que ni siquiera el presunto interesado era quien hacía la petición. La siguiente llamada en este sentido vino del registrador, a quien le di la misma respuesta. Ante su insistencia, le dije que me diera por escrito la instrucción, por lo cual el asunto concluyó.

Durante su estadía de unos pocos días en Ginebra, donde el expresidente López no tuvo actividades oficiales o conferencias como se dijo en algunos medios, lo acompañé con gran gusto debido a la deferencia que él tuvo siempre para conmigo. Por supuesto, no le comenté de las gestiones hechas a su nombre y, como era del caso, él nunca mencionó nada al respecto. De todas maneras, me formulé la pregunta sobre la razón o la causa por la cual el jefe del partido no votó por el candidato.

Al comienzo del gobierno de Samper dejé la Embajada en Suiza, para la cual me había designado la canciller Noemí Sanín en el gobierno de César Gaviria. Me establecí en Bogotá, compartí mi tiempo entre la actividad académica en el iepri de la Universidad Nacional, con mi labor de tiempo parcial en la cidh en Washington. Allí, circunstancialmente, volví al tema de Samper y del Proceso 8000. Estando en Ciudad de México, en una visita de la cidh, recibí una llamada de la Presidencia de la República de Colombia. En seguida pasó el presidente Samper, cordial como siempre, para plantearme la posibilidad de que la Comisión se involucrara en el caso. Para mí fue muy difícil darle la respuesta que le di y expresarle con toda claridad que en la Comisión actuaba como experto independiente y que ni podía ni debía participar en asuntos colombianos. Le sugerí que, si él lo consideraba, tenía el derecho de llevar su caso a la Comisión y que, para el efecto, sería muy conveniente que designase un apoderado judicial.

En cuanto a Ernesto Samper, fue decepcionante lo que sucedió en lo relacionado con el Proceso 8000. Lástima, no solo por él como persona sino también por el país, por los efectos que causó. Los acontecimientos frustraron la posibilidad de un ejercicio más tranquilo de la presidencia de Samper, un hombre brillante, de carrera fulgurante, que se preparó para el cargo y con ideas progresistas.

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