De haberse demorado el asesino cinco segundos más, a Germán Vargas Lleras le habría caído la lluvia de balas que en la noche del viernes 18 de agosto de 1989 acabó con la vida de su mentor, Luis Carlos Galán. De no haberse echado hacia atrás, la tarde del 13 de diciembre de 2002, cuando abrió una agenda empacada como regalo, el explosivo mensaje de sus enemigos le habría destrozado el rostro y no sólo los tres dedos de su mano izquierda.
Tres años más tarde, habría salido herido, igual que seis de sus escoltas, de haber estado en el primer carro de su caravana, tal como pensaban quienes activaron los 50 kilos de explosivos dentro del corsa parqueado frente a Caracol Radio, en el norte de Bogotá, el 20 de octubre de 2005.
Entre una y otra historia, el pequeño avión que lo lleva a Valledupar se sacude. Vargas Lleras admite que odia volar (dicen, incluso, que hace poco el pánico en una turbulencia llegó a los alaridos). El candidato detiene un segundo la entrevista, tensa la espalda, prende un Marlboro y retoma en segundos la conversación, como si nada.
“¿Usted cómo hace para manejar el miedo?”. Sonríe un poco, esa disimuladísima sonrisa que está presente en cada uno de sus afiches de campaña, desde que se lanzó al Concejo de Bogotá en 1988. “¿Miedo hacia qué? —dice—, yo hace mucho tiempo que estoy curado de espantos”.
Hasta su primer semestre de universidad —es abogado del Rosario—, el mundo político de Germán Vargas Lleras (Bogotá, febrero 19 de 1962) se circunscribía a las rejas que protegían los patios de la Casa de Nariño, por donde corrió de niño durante la administración de su abuelo, el presidente Carlos Lleras Restrepo (1966-1970). “Era otra Colombia, más tranquila”, recuerda uno de sus familiares, rememorando las tardes de fútbol en las calles del barrio Quinta Camacho, sin escoltas ni amenazas.
Un día la vida cambia. Su madre, Clemencia, muere por una afección cardíaca. Su muerte deja un vacío absurdo y permanente en los tres hijos Vargas Lleras (Germán, José Antonio y Enrique). Sin embargo, la pérdida termina de sellar un pacto entre el abuelo y los nietos.
Y en el caso de Germán —tenía 13 años al morir su madre—, la complicidad con su abuelo-presidente lo llevaría en cuestión de unos pocos años a convertirlo en su más cercano asistente, pasando tardes y tardes juntos, leyendo antologías de periódicos que Lleras encargaba a la Biblioteca Nacional, y que el joven Germán resumía uno a uno, como ayuda-memoria para que el abuelo redactara Crónica de mi propia vida, su autobiografía, cuyos fragmentos iba publicando en Nueva Frontera, revista que fundó en 1975 y dirigió hasta su muerte, en 1994.
“Carlos Lleras recibía consultas de Estado constantemente, y Germán estaba siempre al lado”, recuerda un familiar. El terreno estaba más que abonado para cuando Luis Carlos Galán, consentido del entonces presidente y cercano colaborador de su publicación, se llevó a Germancito, como le dicen algunos de sus compañeros de la época, a militar en el Nuevo Liberalismo.
Entonces, por recomendación de Galán, se fogueó con éxito en el pequeño municipio de Bojacá (Cundinamarca), donde a los 19 años salió electo concejal. Arrancaban los ochenta y debutaba así en las plazas, en el volanteo y las “terapias”, como solían decirle sus compañeros al arte de hablar en un día con 50 ó 60 líderes o habitantes de una localidad.
Sus amigos de movimiento lo recuerdan como un hombre hábil, organizado y vehemente, muy preocupado por la estructura de sus programas políticos, y dueño de un particular “apego por la burocracia”. “Era un hombre que siempre llegaba con sus recomendados, siempre tuvo claro que tenía que tener representación en sitios clave como la Contraloría o la Personería”, dice un viejo militante de la época.
Desde entonces, con contadas excepciones, Germán Vargas Lleras les hace el quite a los cargos públicos o los puestos diplomáticos (le parecen “aburridísimos”). Lo de él es la política electoral: primero con Galán en el fondo de sus afiches, cuando llegó al Concejo de Bogotá en 1988 y 1990; luego con las banderas rojas del liberalismo oficial, con las que arribó por primera vez al Senado, en 1994 y repitió en 1998, y finalmente con Álvaro Uribe, a quien acompañó como senador en 2002 y parte de su período en 2006.
Con respecto a él parece haber varios consensos. El primero es que es un político astuto. El segundo, que es un hombre coherente, de principios. Alguien “con el que se pueden hacer negocios de palabra”, dice uno de sus amigos, y de quien siempre se esperan comentarios francos y directos. Rara vez felicita a alguien por su trabajo. Pero cuando algo no está bien hecho, “se le sale el Lleras”, como dice Leonor Bogotá, su legendaria secretaria.
Cuando está bravo, Vargas Lleras habla duro, aprieta los dientes sin parar y pone a todos a su alrededor a correr, hasta que aquello que desató el desequilibrio de su genio quede resuelto. Una vez solucionado el asunto, vuelve la calma, como si nada.
Es indudable que su temperamento le genera problemas para sus asesores de imagen. Sin embargo, es inusual que alguien le renuncie. Su equipo en el Congreso se mantuvo casi intacto durante 14 años. Y en su grupo de campaña hay muchos que coinciden con los conceptos de uno de sus más cercanos colaboradores: “Germán ha convertido su mal genio en una forma de gerencia”.
Pero ni eso le basta. Vargas Lleras está encima de todo. Es un microgerente, como dice la jerga tecnocrática. Hasta hace poco, le tenía a todo su equipo libretas separadas con listas de tareas. Sabe qué debe hacerse, cómo y cuándo, y por lo general no hay labor en la que no meta la mano. “Eso es algo que aprendes con la burocracia colombiana”, dice. “En este país hay que estar encima de todo para que funcionen las cosas”.
Es un hombre hermético. Cuando no está haciendo política pasa largos ratos solo, en su cuarto, leyendo y escuchando música (es un experto, y organiza y actualiza su Ipod con la misma meticulosidad y el mismo orden con los que se prepara para un debate). Pocos pueden llegar a él. Nunca nadie lo ha visto llorar. E incluso Luz María Zapata, su compañera desde hace 12 años, guarda en su mesa de noche un librito azul de bolsillo, con el signo zodiacal de Germán Vargas Lleras en el lomo: “Acuario”. “Lo consulto a veces”, confiesa Zapata, “cuando no puedo comprenderlo”.
A veces se aflige, a su manera. Y uno de aquellos momentos en que la tristeza y la política se mezclan en su vida se remonta a la noche en que Luis Carlos Galán fue asesinado en la plaza de Soacha. “Fue frustrante”, reconoce. “Estábamos muy cerca de lograrlo, llevábamos años de trabajo”, agrega. Desde entonces, con la obstinación suicida de quienes saben que para algunos pocos la muerte viene acompañada de la gloria, Vargas Lleras decidió hacer suyas y radicalizar algunas de las banderas más osadas del galanismo.
No demoraron en cobrárselo. En 1995, debutando en el Congreso, se convirtió en el hombre clave para el ministro de Justicia, Carlos Medellín, y en el timonel de la Ley de Extradición, cuando en Colombia aún se lloraban a los muertos caídos durante años por esa causa.
Comenzaron las llamadas. Le decían que tuviera cuidado. Que algo le iba a pasar. Que dejara así —el proyecto se había hundido ya una vez—. Hasta que un día le habló un agente del DAS: “Doctor, hay un plan para llevarse mañana a la niña del paradero del bus”. Su hija, Clemencia, tenía seis años. Al otro día, en lugar de ir al colegio, salió con Beatriz, su mamá, hacia el aeropuerto Eldorado, rumbo a Miami.
En unos años se acabó su matrimonio. Su hija nunca regresó a vivir a Colombia. “¿Nunca pensó en irse detrás de ellas, en aceptar una embajada, en cambiar de profesión?”. Vargas Lleras suaviza la mirada: “No. Era una cuestión de responsabilidad. Había que honrar la memoria de Luis Carlos. Renunciar al Congreso, a mi carrera, se hubiera entendido como un acto de cobardía. ¿Qué iba yo a hacer en los Estados Unidos?”.
El capitán avisa que el avión está próximo a aterrizar. A Vargas Lleras lo esperan en tierra los mismos líderes que vienen ayudándolo desde hace casi dos años, cuando contradijo los deseos de quien había sido uno de sus más importantes aliados —el presidente Uribe—, y se negó a apoyar el proyecto de una segunda reelección inmediata.
En 2001, desde el Senado fue una de las voces más sonantes a la hora de denunciar el carnaval de las Farc en el Caguán. Mucho antes, incluso, que el mismo Uribe, lo que lo convirtió en ese entonces en su más seguro heredero. Muchos afirman que el desplante reeleccionista al Primer Mandatario, sumado a la aparición estelar de Juan Manuel Santos con la ‘Operación Jaque’ y otros pantallazos, además de su incapacidad de generar una alianza con Rafael Pardo, le han granjeado hoy los modestos dígitos que marca en las encuestas.
Pero Germán Vargas Lleras hace lo imposible por restarle importancia a ellas y a los rumores de alianzas. Asegura que el camino no termina ahora y que tiene bancada propia, Cambio Radical, con la que seguirá haciendo política desde el Congreso. El avión aterriza en Valledupar. El candidato sale rápidamente con Elsa Noguera, su siempre sonriente fórmula vicepresidencial, y se esfuma en una caravana de vehículos y escoltas motorizados.
Durante la mañana estarán en un debate sobre la región Caribe. Luego pasarán unas horas en una parranda vallenata donde se le verá largo rato conversar con el ex presidente Ernesto Samper, mientras brillan delirantes los sonidos de Israel Romero, acordeonista del Binomio de Oro. Es tiempo del Festival de la Leyenda Vallenata.
Por la noche, Germán Vargas Lleras y Elsa Noguera, como un matrimonio en sus primeras salidas, se sentarán hasta las 2 y 30 de la madrugada —él, casi inmóvil, con la sonrisa escondida y la mirada impasible—, a escuchar al salsero Marc Anthony entonar canciones, acompañado de un acordeón.
Un descanso de un par de horas. Y luego a madrugar para regresar a Bogotá. La agenda de campaña es apretada. Terminará en Girardot, a medianoche. Comenzará en Soacha, en una plaza inundada de recuerdos. “Llevo 25 años preparándome para ser presidente de Colombia”, ha dicho en más de una ocasión. Hoy sigue firme en sus convicciones y seguro de que algún día, más temprano que tarde, estará en el solio de Bolívar.