Los resultados de 2007 sólo deben compararse con los de hace cuatro años, ya que se trata de elecciones similares en su naturaleza y alcances (territoriales con territoriales) y el comportamiento de los electores obedece a los mismos patrones.
En 2003, el Partido Liberal eligió 13 gobernadores. Ahora seis. No puede alegarse que algunos de los 13, después de elegidos, se pasaron al uribismo, porque cuando hubo que reemplazarlos -Magdalena y Cesar, por ejemplo- sus reemplazos fueron escogidos por la Dirección Liberal. Además, los electores siguieron siendo suyos, y, si algunos habían desertado, tocaba recuperarlos. Importa haber ganado en Santander y Cundinamarca, pero se perdieron las gobernaciones liberales de Antioquia, Risaralda, Tolima, Huila, Cauca, Quindío, Casanare, Putumayo y Vichada. En la Costa se ganó Atlántico, pero perdimos Bolívar, Magdalena, La Guajira y Cesar.
Tampoco se puede presentar como victoria haber elegido 103 diputados y 205 alcaldes, porque en 2003 elegimos 124 y 229, respectivamente. Los conservadores acaban de ganar 240 alcaldías. Y cuando se conozcan cifras definitivas, podrá verificarse si el Liberalismo conserva o disminuye los 2.780 concejales que tuvo en los pasados comicios regionales.
La debacle de Bogotá ensombrece aún más el panorama. Como no se pueden hacer cuentas alegres con el incremento de la votación registrada entre los años 2003 y 2007, porque la votación total aumentó de manera apreciable entre dichos años, debe decirse que la participación liberal en las urnas decreció porcentualmente, también de manera considerable.
Perdemos desde hace diez años básicamente por dos grandes razones: Primero, porque pagamos el precio de 12 años de ejercicio del poder (1986-1998), que no se pueden comparar con los 16 años de la República Liberal (1930-1946). El de Barco fue el gobierno de Montoya y Vasco. El de Gaviria se casó con el consenso de Washington, el neoliberalismo y sus elevados costos sociales. Y el de Samper se identifica con el 8.000. Durante esos doce años el Liberalismo tuvo el poder, pero no supo para qué. No hizo el cambio social, ni la reforma política, ni la agraria, ni la urbana, ni la judicial, ni la regional y local. No redistribuyó el ingreso ni las oportunidades. Su gestión no fue histórica. Ni siquiera memorable. El balance que le hace la opinión es más negativo que positivo.
En segundo lugar, porque el Partido no se dio por enterado cuando la ciudadanía le pasó exigente cuenta de cobro por el ‘hueco negro' de esos doce años de desgaste. Y las derrotas que ha sufrido a partir del 98 no han logrado que cambie sus criterios de aproximación a los problemas públicos. Tampoco, su organización y comportamiento político y electoral. Creyó que era suficiente con afiliarse a la Internacional Socialista y declararse social-demócrata, sin sacar las consecuencias que de ello se derivaban.
No ha encontrado su puesto y razón de ser en la Colombia de aquí y de ahora. No interpreta ni expresa la sociedad actual. Ha perdido identidad. Dejó de ser el partido del pueblo. Ya no es el de la juventud, la mujer, la clase obrera. Tampoco el de los empresarios o el gran capital. No es ‘chicha ni limoná'. Cuando el país está como está -jodido socialmente-, decide irse todavía más a la derecha. Además, oficializó su condición de cartel de congresistas, que es la que siempre han tenido nuestros partidos tradicionales.
Quienes creímos que la solución era la jefatura única del presidente César Gaviria, estamos perplejos porque él ha presidido tres de esas cinco derrotas. Recibió la ‘papa caliente' de la profunda y grave crisis liberal y la calentó todavía más.
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