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La frase la acuño el hoy expresidente Álvaro Uribe hacia finales de mayo de 2009, cuando en un foro organizado por la revista The Economist, en el Hotel Radisson en Bogotá, respondió a una pregunta planteada por el empresario venezolano Gustavo Cisneros sobre la posibilidad de una segunda reelección: “Tengo una encrucijada en el alma”, le dijo.
En seguida, agregó que lo veía inconveniente porque no quería vivir con la amargura de que las nuevas generaciones lo vieran como alguien apegado al poder, pero al mismo tiempo, expresó sus preocupaciones por lo que pudiera pasar con sus políticas: “Cuando veo todo esto en la balanza, crea eso que yo llamo la encrucijada del alma”. En otras palabras, Uribe se refería a la duda o la angustia por la decisión que tendría que tomar frente a ir o no por cuatro años más en la Casa de Nariño, en momentos en que en el Congreso se tramitaba una ley de referendo para preguntarle al pueblo si avalaba o no esa segunda reelección.
Desde entonces, la frase ha sido utilizada en el país político para referirse a situaciones en las que algunos dirigentes deben tomar decisiones fundamentales, bien sea personales o sobre aspectos que podrían influir en la ciudadanía. Por ejemplo, en la coyuntura actual, el término de la “encrucijada en el alma” aplica perfectamente para el presidente Juan Manuel Santos, el exministro Germán Vargas Lleras y hasta para el mismo expresidente Álvaro Uribe.
En el caso del jefe de Estado, en una entrevista concedida al presidente de la Cámara de Representantes, Hernán Penagos, habló claramente de su encrucijada: “Mi corazón me está, como dicen, pues por supuesto, impulsando a la reelección. A veces uno quiere que sus políticas se mantengan y además muchos de los frutos de todo lo que hemos sembrado se van a dar en el próximo cuatrienio”, dijo.
Santos tiene hasta el 25 de noviembre para decidir si va o no por su continuidad en el poder. Sin embargo, aunque desde que el gobierno Uribe impulsó la reforma a la Constitución para hacerse reelegir en 2006, el consenso general en los mentideros políticos y entre los analistas es que todo mandatario está en la obligación de buscar quedarse, seguramente las dudas que hoy tiene Santos radican en su baja favorabilidad en las encuestas.
Como quien dice, su encrucijada se acrecienta cuando los últimos sondeos muestran que más del 70% de los colombianos no quieren que se reelija. E hilando delgado, ya hay quienes dicen que por eso en las últimas semanas se viene hablando de buscar “la continuidad de las políticas”, lo que llevaría implícito el mensaje de que bien podría ser reelección en cuerpo ajeno.
Y siendo así, todos los caminos conducen a Germán Vargas Lleras, el actual presidente de la junta directiva de la fundación Buen Gobierno, que supuestamente fue revivida para apalancar la reelección. ¿Pero cuál sería su encrucijada? Para nadie es un secreto que el exministro del Interior y de Vivienda es un político con vuelo propio, es decir, con partido –Cambio Radical—y con votos. De hecho, ya fue candidato presidencial y sus deseos de llegar al solio de Bolívar nunca los ha ocultado.
Los rumores que corren son tantos, que partidos como el de la U y Liberal, cimientos de la Unidad Nacional del presidente Santos, ya han expresado su incertidumbre y malestar pues no aceptan que Buen Gobierno esté por encima de ellos y menos que, dado el caso, tengan que trabajar para Vargas Lleras en una eventual candidatura.
Por ejemplo, en voz baja hay quienes aseguran que hay políticos y hasta empresarios que le han dicho al hoy líder de Buen Gobierno que el momento para lanzarse es ya y que la opción de ser presidente está servida. Y hasta en la oposición auguran su traición a Santos, como lo señaló recientemente el exvicepresidente y precandidato del Centro Democrático Francisco Santos. Por ahora, Vargas Lleras dice ser un fiel soldado de la causa santista y solo el tiempo dirá si era el plan B o no.
En cuanto al expresidente Uribe, si bien el lunes pasado despejó una primera duda y anunció su candidatura al Senado, la nueva encrucijada para él corre por cuenta de si debe posesionarse o no, en caso de salir elegido. Que corre riesgos, eso ya se sabe y Uribe ha demostrado ser una “bestia política” dispuesta a medírsele a todos y a todo.
Las interpretaciones jurídicas explican que no perderá su investidura como expresidente, pero sobre los casos que tengan que ver o que se hayan sucedido en el transcurso de sus ocho años de mandato. Pero de ahí en adelante, al convertirse en congresista, estará bajo la lupa de la Corte Suprema de Justicia. Además, y sería un argumento más para alimentar la encrucijada, el Capitolio será un escenario en el que tendrá que soportar toda clase de debates a muchas de las decisiones polémicas adoptadas durante su gobierno. Ya se lo han advertido desde el Polo Democrático y el Partido Liberal.
La campaña política ya se abrió. Pero aún quedan cartas tapadas, que solo se descubrirán con el paso de los días. Santos, Vargas Lleras y Uribe tendrán que hacer sus cuentas o cálculos, aunque esa es una palabra que causa roncha en los políticos, pus la consideran como una alusión al personalismo y a las ansias de poder. Cada cual tendrá que resolver su propia “encrucijada del alma”.