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El antifeminismo no es monopolio de derechas

Las redes sociales se han convertido en el lugar propicio para que crezcan discursos de odio contra la lucha feminista. Los ataques y descalificaciones no provienen solo de los sectores políticos tradicionales, también algunos abanderados del “cambio” son autores de amenazas.

Juana Afanador*

11 de abril de 2023 - 06:00 p. m.
De acuerdo con Juana Afanador, la narrativa antifeminista se ha ido afianzando en las estructuras del Estado y el Gobierno.
Foto: Freepik
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El antifeminismo siempre ha sido relacionado con las derechas en el mundo. Con las derechas que están en contra de las reivindicaciones feministas y se oponen a la igualdad de las mujeres. Se oponen a la participación de las mujeres en la esfera pública, a la reorganización del espacio privado como público y al derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo. No nos sorprende cuando María Fernanda Cabal, senadora del Centro Democrático, hace comentarios abiertamente antifeministas: “Locas, además feas, horrorosas, en pelota, horribles (…) cogieron a las mujeres y las pusieron a odiar a los hombres. Entonces por qué la reivindicación de los derechos como mujer me la tienen que robar para quemar iglesias”. Pero resulta que en Colombia el antifeminismo no es monopolio de las derechas.

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En Colombia en ciertos sectores de izquierda, una fuerte narrativa antifeminista se ha ido construyendo y materializando. Uno de los temas más polémicos de la campaña presidencial del año pasado fue el “aborto cero”, desconociendo la imposibilidad de erradicar el aborto de cualquier sociedad. Y demostrando la incapacidad del actual presidente de pronunciarse tajantemente a favor del logro de las mujeres y feministas sobre la despenalización del aborto en Colombia. Además de los comentarios de la actual primera dama sobre los favores que les hacían en ciertos medios a las mujeres por estar casadas con ciertos hombres, desconociendo el trabajo o la trayectoria de ciertas periodistas.

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Pero estas afirmaciones antifeministas no han sido donde la narrativa antifeminista de la izquierda se ha consolidado. Una de las fortalezas del presidente Gustavo Petro son sus redes sociales. Y en el ámbito digital y principalmente en Twitter es donde el antifeminismo de la izquierda colombiana ha encontrado su nicho.

Twitter es un excelente ejemplo de cómo la izquierda ha influido y alentado un discurso antifeminista, a partir de negar cualquier denuncia de violencia basada en género hacia alguno de sus militantes. Vemos, por ejemplo, cómo los militantes en redes sociales de la Colombia Humana les siguen endilgando a las feministas la pérdida de su candidato en las últimas elecciones a la Alcaldía de Bogotá, sin rechazar en ningún momento las acusaciones de violencias basadas en género a las que se enfrenta.

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Twitter también se ha convertido en un espacio de réplica de discursos de odio, insultos y amenazas antifeministas por parte de militantes de la izquierda y del Pacto Histórico: feminazis, femichistas, sicarias morales, bodegueras uribistas, féminas sionistas, que viva la violencia contra las mujeres, taradas, brujas malparidas, mafiosas, hijueputas, brutas pandilleras, hembristas, carroñeras, falsas feministas, paramilitares, asesinas y despreciables son solo algunos ejemplos de los insultos odiosos dirigidos a las feministas en redes sociales. Hasta ahí es masticable, pero estos insultos virtuales, hechos por desconocidos pero que se reivindican seguidores de ciertos grupos y líderes políticos, se vuelven más preocupantes cuando se convierten en amenazas.

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Hace unas semanas, un militante de Colombia Humana hizo circular un artículo en el que amenazaba a un grupo de feministas con marcar sus cuerpos con una katana para vengar a su líder político del supuesto daño hecho por ellas. Esta amenaza de atentar contra un grupo de mujeres sale justo después de que el presidente de la república felicite a su amigo Hollman Morris por el archivo de una de las denuncias de violencia basada en género. El presidente confunde archivo de una denuncia con inocencia y da, una vez más, rienda suelta a los insultos, amenazas y discursos de odio, replicados por sus simpatizantes en redes sociales, sin tener mesura del poder de sus redes sociales y del mensaje enviado.

Pero esto no acaba aquí, la cereza sobre el pastelito antifeminista es el posible nombramiento de Hollman Morris a la cabeza de RTVC, quien tiene varias denuncias penales y no penales. El escrache está protegido por la corte constitucional y también es una forma de denuncia. Él podría llegar a ser la cabeza de los medios públicos y del Estado. Es decir, los medios que nos pertenecen a la ciudadanía. El primer mensaje antifeminista que estaría enviando este Gobierno con el nombramiento de Morris es que no les cree a la víctimas de violencias basadas en género y que el archivo de una denuncia es igual a ser inocente.

El segundo mensaje antifeminista, que pone en riesgo la libertad de expresión, es entregarle los medios públicos a una persona que ha intentado callar a las feministas. Un ejemplo es la tutela que le interpuso Morris a la socióloga y feminista Sara Tufano para que se retractara de un comentario en Twitter en el que lo llamaba abusador. Vale la pena aclarar que Tufano ganó la tutela en primera y segunda instancia, protegida por la libertad de expresión y de opinión.

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Tercer mensaje antifeminista: el manejo de Morris de su canal de YouTube, el Tercer Canal, ha dejado por fuera a las víctimas de violencias de género y de abuso, y en cambio les ha entregado los micrófonos a los acusados, como lo ha hecho en el caso de Fabián Sanabria.

Poco a poco, la narrativa antifeminista va saliendo de Twitter, de las redes sociales, y se va afianzando en las estructuras del Estado y del Gobierno que nos había prometido un cambio.

Y quién iba a pensar que las derechas y las izquierdas se iban a encontrar en el antifeminismo, en no creerles a las víctimas y en representarnos a las feministas como unas brujas horrorosas.

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*Socióloga de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (EHESS), fue profesora en el Instituto de Estudios Políticos de Lille, la Universidad Paris-Est-Marne-la-Vallée, la Universidad de Paris-Saclay y la Universidad de los Andes.

Por Juana Afanador*

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