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El ministro estrella

Por cuenta de que se mueve como pez en el agua en el Congreso, ha promovido muchas leyes.

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Ramiro Bejarano Guzmán / Docente, abogado, exdirector del DAS y columnista de El Espectador.
04 de diciembre de 2011 - 02:06 a. m.
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A pesar de ser nieto del expresidente Carlos Lleras Restrepo, Germán Vargas Lleras no nació en cuna de oro, pero siempre ha estado cerca del poder, porque su vocación ha sido el servicio público, oficio en el que ha ganado más amigos que enemigos.

Su infancia fue sacudida con la temprana muerte de su madre Clemencia, como también se llama su única hija, ante la cual se derrite con ternura. Este duelo marcó para siempre su vida y las de sus inseparables hermanos José Antonio y Enrique, con quienes comparte entrañable y sólida relación familiar, en la que su esposa Luz María Zapata —cómplice en las buenas y en las malas—, es pieza clave de la estabilidad, pero también del éxito.

Sus compañeros en los varios colegios en los que estudió o en la Universidad del Rosario, donde se hizo abogado, a sabiendas de que jamás sería juez o litigante, lo recuerdan como un estudiante desordenado, pero inteligente y hábil, dueño de aspiraciones superiores a ganarse el primer puesto o el del bello carácter, que no es su fuerte.

La vida pública de Vargas Lleras empezó desde temprano, alentado por su abuelo y prohijado por Luis Carlos Galán, a quien vio morir la noche trágica del 18 de agosto de 1989, en la plaza de Soacha. Primero fue concejal en Bojacá y Madrid, más tarde en Bogotá y luego senador. Con ese recorrido se volvió el acatado barón electoral que se hizo sentir con el talante de los Lleras. No hubo debate importante donde el joven parlamentario no brillara con carácter y conocimiento de los temas.

Llegaron los días del tempestuoso Álvaro Uribe y Vargas Lleras lo acompañó en la campaña electoral y en su primera presidencia, ello le significó abandonar su militancia liberal y asumir la presidencia de Cambio Radical, partido que hoy subsiste gracias a él. Pero Germán no estaba hecho para cargarle ladrillo al mandatario que reformó la Constitución para hacerse reelegir ni para someterse a la disciplina para perros. Muchos recordamos su actitud noble y leal cuando en una malhadada rueda de prensa desautorizó las insinuaciones de Juan Manuel Santos, con las que se pretendía vincular al senador Rafael Pardo con las Farc. Mostró su temple y su sello de buen amigo, condición que le reconocen sin vacilación sus cercanos.

Su periplo por el uribismo fue accidentado. En la primera presidencia de Uribe sufrió un atentado en el Senado, que le voló varias falanges de su mano izquierda, y en el segundo mandato, cuando ya era tratado como un enemigo, un bombazo casi lo mata a las diez de la noche al salir del programa Hora 20. De este atentado todavía hay dudas acerca de si fueron agentes del Estado o de las Farc. Fueron horas azarosas, porque el uribismo ni olvida ni perdona como la mafia.

Como buen político que tiene puesto los ojos en la “Casa de Nariño”, se autodecretó el exilió en España, donde adelantó estudios sofisticados de alto gobierno y se puso a salvo de la furia de Uribe, pero además maduró su sueño de ser precandidato presidencial. Se aventuró y aunque perdió con una importante votación, en nombre del gobierno de la Unidad Nacional aseguró su puesto como ministro del Interior y de Justicia de Santos.

Por cuenta de que se mueve como pez en el agua en el Congreso, en sus dos ministerios ha promovido muchas leyes (Víctimas y Restitución de Tierras, Estatuto Anticorrupción, Desmovilizados, Seguridad Ciudadana, Ordenamiento Territorial, Código Contencioso Administrativo y Eliminación del Incentivo Económico en las Acciones Populares) y está por lograr una reforma constitucional más otras leyes no menos importantes. Hoy ya se despojó de la imagen de parlamentario y es el gran ejecutor de las políticas del régimen.

Como líder indiscutible del gabinete, las encuestas ya lo señalan con un porcentaje superior al de su jefe, y hasta sus más enconados críticos lo ven de primero en el partidor presidencial del inmediato futuro.

Por Ramiro Bejarano Guzmán / Docente, abogado, exdirector del DAS y columnista de El Espectador.

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