31 Jan 2021 - 2:00 a. m.

El plan Colombia de Joe Biden

En los archivos del Congreso estadounidense encontramos referencias de por qué la presión política antidrogas de Washington frente a Colombia se intensificará por cuenta de la obsesión del nuevo presidente de EE. UU. con el tema.

Nelson Fredy Padilla / @NelsonFredyPadi o npadilla@elespectador.com

Jean, la mamá de Joe Biden, le advertía desde niño: “Joey, el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones”. Rescatando esa frase el hoy presidente de los Estados Unidos empezó una intervención ante el Senado el 21 de junio del año 2000 conminando a sus colegas a que pasaran de los discursos a las acciones y aprobaran más presupuesto para consolidar el Plan Colombia contra el narcotráfico, anunciado por el entonces presidente Bill Clinton en enero de ese año.

Les habló con la autoridad de haber recorrido los países andinos y haber completado “catorce años —desde 1986— haciendo un informe anual sobre drogas o un informe alternativo sobre drogas que establece una estrategia de drogas para los Estados Unidos”. Les insistió en la necesidad de ampliar esa política no solo como asistencia militar sino social, un paso que para él requería solo voluntad política: “Estamos debatiendo si podemos caminar y mascar chicle al mismo tiempo”.

Recordó sus 28 años en el Congreso, sus tiempos de presidente del Comité Judicial, cuando los ponía al tanto de los peligros del cartel de Medellín y de Pablo Escobar —historia que contamos la semana pasada con el caso del informante estrella de Biden, el narcotraficante norteamericano Max Mermelstein—, con lo que logró el aumento de los fondos para tratamientos de drogadictos, como su hijo Hunter. Les aseguró que no había necesidad de quitarle dinero al programa nacional antidrogas del presidente Clinton, pero que había que actuar de urgencia porque Colombia era el epicentro del fenómeno: “Durante los últimos doce años, solíamos tener que lidiar con la idea de que era un país de tránsito y un país que convertía la materia prima que solía producirse en Bolivia y Perú. Sin embargo, todo se ha mudado a Colombia. Ahora son una operación de servicio completo”. (Recomendamos: Las vidas cruzadas de Joe Biden y el narco Max Mermelstein, por Nelson Fredy Padilla).

“La buena noticia es que todo está en un solo lugar para que podamos lograrlo. Todo está en un solo lugar para que tengamos un uso muy eficaz de este dinero”. Enseguida compartió su experiencia con el gobierno de Andrés Pastrana: “Pasé dos días en Colombia, con el presidente. Terminé yendo con él en sus vacaciones de Semana Santa por accidente a su residencia de verano”, refiriéndose a la Casa de Huéspedes de Cartagena y a las Islas del Rosario. Aseguró que Pastrana estaba comprometido con el tema, a diferencia del gobierno previo de Ernesto Samper: “Está dispuesto a arriesgar su vida, no en sentido figurado, sino literalmente. Fui a cenar con él y sus hijos. Tiene siete guardaespaldas alrededor de sus hijos, debido a las amenazas de muerte. Comprende lo que está en juego para su país, a diferencia de los presidentes anteriores”.

Explicó la eficacia de haber dividido ayudas al Ejército Nacional y a la Policía. “Históricamente los matones en América del Sur han sido policías. ¿Qué hicimos? Dimos ayuda a la Policía Nacional de Colombia, US$750 millones. Y adivinen qué. Si me hubiera parado en este piso hace cinco años y dijera que la Policía colombiana va a acabar con el cartel de Medellín y el de Cali, nadie hubiera dicho que es posible. Ninguno. Adivinen qué. Destruyeron esos carteles, los metieron en la cárcel, los están extraditando. ¿Por qué? Porque entrenamos a su Policía; porque purgaron a 4.000 de ellos”.

En cuanto al Ejército, dijo haberse reunido con los comandantes para advertirles que recibirían una ayuda similar si demostraban respeto a los derechos humanos y eficacia en la lucha contra la guerrilla. “Con respecto a los paramilitares, llamé al presidente Pastrana hace unas semanas. Le dije: muchas de las críticas al plan es que tienes que estar seguro de que solo te estás enfocando en las Farc y el Eln, solo en la guerrilla. ¿Y los paramilitares? Le dije: quiero una carta que garantice que, de hecho, se moverán simultáneamente sobre los paramilitares. Deben cambiar”.

Y procedió a leer la carta firmada por Pastrana fechada en Bogotá, el 8 de mayo de 2000. “Estimado Joe: gracias nuevamente por su visita a Colombia y su apoyo a mi país. Disfruté mucho de nuestras discusiones y valoré sus ideas”. Allí le reitera “el compromiso de mi gobierno de atacar el narcotráfico y el cultivo en todas las partes del país” y le hace un balance de resultados. Como Biden le había pedido, Pastrana advirtió que “nuestras prioridades y la política de erradicación dependerán de los recursos que apruebe el Congreso de EE. UU.”.

Biden insistió: “¿Qué estamos haciendo? Estamos entrenando a tres batallones. ¿Por qué los estamos formando? Por la misma razón que entrenamos a la Policía. Queremos abrir los ojos a los militares colombianos, quienes en los últimos años han sido acusados de abusos contra los derechos humanos. Se les ha acusado de volver la cabeza. Oyen venir a los paramilitares, levantan el portón, entran los paramilitares, los paramilitares rematan a la gente y vuelven a salir. Luego preguntan, ¿qué pasó?”. (Le puede interesar: La burbuja de Donald Trump en Colombia, por Nelson Fredy Padilla).

Citó cifras: “El Plan Colombia no solo involucra la participación de EE. UU. Es un plan de US$7.500 millones. Los colombianos están aportando $4.000 millones; los europeos, alrededor de US$1.000 millones y las instituciones financieras internacionales alrededor de US$1.000 millones. Si sacamos nuestra pieza, todo se desmorona. No somos el único juego en la ciudad, pero somos el catalizador”.

“Hay mucho en juego. Tenemos la obligación, en defensa de nuestros niños, de mantener la democracia más antigua en su lugar, de darles una oportunidad de luchar para evitar convertirse en un narco-Estado. Amigos, si no apuestan, escuchen mis palabras, vamos a cosechar un torbellino en este hemisferio en asuntos que van mucho más allá de las drogas. Incluirá el terrorismo, incluirá temas en los que no hemos pensado”, añadió.

Puso a disposición de cada senador un informe de 51 páginas titulado “Plan Colombia: ahora es el momento de la ayuda de EE. UU.”, que un mes antes el congresista demócrata le había entregado al Comité de Relaciones Exteriores presidido por el republicano Jesse Helms, a quien desde ese momento convirtió en su aliado frente a Colombia. Si hay algo que ha caracterizado a Biden a lo largo de cincuenta años como político demócrata es su perseverancia y poder de convencimiento. Entre Biden y Helms lograron que el Plan Colombia recibiera no menos de US$10.000 millones a lo largo de 16 años. Y de su cumplimiento se ocupó después Biden cuando relevó a Helms como presidente del Comité de Relaciones Exteriores, entre 2001 y 2003, y luego de 2007 a 2009.

En la carta de presentación de dicho documento le había contado a Helms de su exitoso viaje a Colombia: “El 19 y 20 de abril viajé a Colombia para examinar programas antinarcóticos”, así como de sus largas reuniones con el presidente Pastrana, su ministro de Defensa, los comandantes de las Fuerzas Armadas, con el embajador estadounidense Curt Kamman como testigo. “Salí de mi visita convencido de que el Congreso de los Estados Unidos debe actuar rápidamente para aprobar la solicitud del presidente Clinton de financiamiento complementario para Colombia. A menos que el Congreso actúe para aprobar rápidamente la financiación de este plan, una gran oportunidad en la lucha contra el narcotráfico en Colombia puede estar perdida”.

Dedica un capítulo a hablar de la historia de la violencia en Colombia, desde las guerras civiles hasta la época del narcoterrorismo de Pablo Escobar, pasando por la violencia de los años 50 y 60 hasta el holocausto del Palacio de Justicia y cuando “sus candidatos presidenciales fueron asesinados a tiros” y “un candidato a la Alcaldía de Bogotá fue secuestrado por traficantes”. Luego de explicar cómo “el pueblo de Colombia ha demostrado una gran valentía en la lucha contra el narcotráfico”, pasa a tres capítulos en los que revisa antecedentes y cifras crecientes tanto de cultivos ilegales como del mercado de narcóticos.

Revisa la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Colombia y hace “recomendaciones claves” como “si Colombia hoy es la principal fuente de cocaína y heroína vendida, es la principal fuente de la materia prima (hoja de coca y adormidera), el sitio de los principales laboratorios y el sitio de las principales organizaciones, y si también tenemos el fuerte compromiso del Gobierno de Colombia para luchar contra el tráfico de estupefacientes, nunca antes en la historia reciente hubo tal oportunidad de atacar todos los aspectos del narcotráfico en la fuente. EE. UU. debería aprovechar esta rara oportunidad de ejecución al brindar asistencia al Plan Colombia”.

Pide concentrar las operaciones en el sur de Colombia para atacar al tiempo las finanzas de la guerrilla de las Farc, a partir del departamento de Putumayo, reactivar la “erradicación de coca suspendida a finales de marzo” y aprobar dinero para la entrega de helicópteros Black Hawk. Advierte que la Policía y el Ejército colombianos deben mejorar la comunicación y la coordinación a partir de la base selvática de Tres Esquinas y denuncia que el entrenamiento de los batallones antinarcóticos está retrasado.

Pide no descuidar el narcotráfico en el norte del país y explica en detalle cómo la Policía debe concentrarse en la guerra antidrogas mientras el Ejército debe contener a los ejércitos ilegales. Dedica un capítulo a advertir sobre la importancia y el compromiso que deben asumir las partes en el respeto a los derechos humanos. Adjunta mapas mostrando las zonas rojas de la coca y las zonas verdes de amapola y marihuana, explica cómo todos los alzados en armas, guerrillas y paramilitares, viven del narcotráfico.

Basado en documentos de la DEA, hace una radiografía de lo que llama “descentralización” de los carteles por efecto del cambio de mercados desde Bolivia, Perú y México. Luego procede a detallar en veinte páginas lo que más parece el plan de operaciones de un comandante en jefe que un documento de un senador, incluyendo presupuesto y formas de acción de varios tipos de helicópteros y tropas, así como de otras bases como Larandia. Un capítulo está dedicado al desarrollo alternativo para las comunidades afectadas y para contener el desplazamiento forzado. Al final, se concentra en los métodos de monitoreo de operaciones y contratos.

Con estos argumentos, consiguió el apoyo para “la recarga de las asignaciones para operaciones en el extranjero del año fiscal 2001”. Una solicitud del presidente Clinton para sumar casi US$1.000 millones en fondos suplementarios del año fiscal 2000 para ayudar a Colombia y sus vecinos a combatir el narcotráfico había sido aprobada en la Cámara y frenada en el Senado; pero Biden la destrabó, según los registros del Congreso. A fines de agosto del 2000, el entonces presidente Clinton y el senador Biden fueron recibidos por el presidente Pastrana en Cartagena para ratificar compromisos. Clinton advirtió en su discurso a su colega colombiano: “Permítanme aclarar un punto: esta ayuda es para luchar contra las drogas, no para hacer la guerra”.

El debate de qué salió bien y qué mal se ha hecho muchas veces. Lo que estos documentos demuestran es el grado de compromiso que el nuevo presidente de EE. UU. tiene con el tema antinarcóticos, que hace prever que, seguramente, seguirá siendo prioritario en su agenda con Colombia, así como la consolidación del proceso de paz. Su interés por el tema nunca decayó, pues convocó debates sobre el caso colombiano durante el gobierno de Álvaro Uribe y lo intensificó de nuevo entre 2009 y 2017 como vicepresidente del gobierno de Barack Obama, cuando sus visitas a Colombia se incrementaron en coincidencia con el gobierno de Juan Manuel Santos, con quien tiene una relación tan buena y cercana como la citada con Andrés Pastrana. En octubre de 2015, él mismo le entregó el premio Global Citizen Award por sus esfuerzos en pro de la paz.

Biden regresó a Cartagena, en febrero de 2016. En la Armada Nacional recuerdan la autoridad con que recorrió la Base Naval de Cartagena junto con el vicealmirante Ernesto Durán y cómo le preguntaba al jefe de operaciones navales sobre modalidades de operaciones marítimas contra el narcotráfico. Una semana antes Biden había intercedido para recibir a Santos en Washington con el fin de revisar la agenda binacional con el presidente Obama en su último año de mandato, antes de la llegada de Donald Trump, y acordar ayudas para el posconflicto en Colombia. Biden recomendó al Congreso un presupuesto de US$450 millones para lo que llamó “Paz Colombia”.

Volvió a Cartagena —a la que llama “mi ciudad preferida”— en diciembre de ese mismo año y, aunque su agenda estaba relacionada con el fortalecimiento de relaciones comerciales, en una cumbre en el Hotel Hilton repasó su trabajo de treinta años frente a Colombia en especial sobre el Plan Colombia “en momentos en que muchos hablaban de este país como un ‘Estado fallido’”. Celebró con el presidente Santos el fin de la guerra con las Farc, lo felicitó, cenaron y brindaron, pero le advirtió: “La parte difícil del proceso de paz apenas comienza”.

Seguramente Joe Biden, el hijo de Jean, quien ya se conoce con el presidente Iván Duque, regresará a ver qué tanto ha avanzado Colombia más allá del camino de las buenas intenciones.

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